Al cerrar el segundo capítulo de su libro El Reino, y refiriéndose a san Lucas. Emmanuel Carrère escribe esta frase rotunda: “Es esto lo que ha escogido Lucas y es en esto en lo que, muy literalmente, se ha embarcado y me parece una gran gilipollez. Que consagre su vida entera a algo que simplemente no existe y dé la espalda a lo que existe realmente, el calor del cuerpo, el sabor agridulce de la vida, la maravillosa imperfección de la realidad”.
Lo había dicho de otro modo Jacques Prèvert en su conocido Padre nuestro: “Nôtre Père qui êtes aux cieux/ restez-y/ et nous resterons sur la terre/ qui est quelquefois si jolie /avec ses mystères de New York/ et puis ses mystères de Paris/ qui valent bien celui de la trinité” (Padre nuestro que estás en los cielos, quédate allí, que nosotros permaneceremos en la tierra que es a menudo tan bonita, con sus misterios de Nueva York y su misterios de París, que bien valen el de la trinidad).
Ciertamente es seductor el lenguaje literario, con su capacidad de condensar en unas frases brillantes toda una filosofía. Pero siempre he pensado que esta glorificación de la maravillosa imperfección de la realidad es un alarde de petulancia de los triunfadores y un menosprecio –por no decir un insulto– a los vencidos.
A ninguno de los condenados de por vida a galeras, de los esclavos de todas las épocas, de los asesinados en los campos de exterminio de Pol Pot, de los niños muertos de hambre en Gaza, de los fallecidos en las calles de Bombay, de los afectados desde la infancia por enfermedades mortales y dolorosas, a ninguno de ellos se le ocurriría hablar de una realidad maravillosamente imperfecta y sí, por el contrario, podrían hacerlo de una existencia cruel y despiadada.
Como se sabe, fue Walter Benjamin en sus Tesis sobre el Concepto de Historia quien planteó que “el motor de la lucha no debe ser la esperanza en un final feliz, sino la memoria del sufrimiento acaecido”. De modo que, en la Tesis IX hace esta meditación sobre el cuadro de un ángel de Paul Klee: “El ángel de la historia ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro. El ángel da la espalda a este futuro al que forzadamente se dirige, mientras que contempla desvalido cómo aumentan los montones de ruinas hasta llegar al cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad”.
Jürgen Habermas recogió el guante lanzado por Benjamin y, al recibir en 2001 el Premio de la Paz de los libreros alemanes, aludió en su discurso al intercambio de cartas entre Horkheimer y Walter Benjamin en 1937. Ateos ambos, Benjamin no podía resignarse a ese olvido de las víctimas y argumentaba que habría que postular algo así como una resurrección de los muertos. El mismo premiado, en la solemne ceremonia en la iglesia de San Pablo de Frankfurt, aseguró: “La esperanza perdida de resurrección se siente a menudo como un gran vacío”.
Hacía siglos que san Pablo lo había dicho ya, con un énfasis mucho mayor: “si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!” (1 Cor 15,19). Ciertamente el Apóstol lo decía pensando en una vida puesta en juego a una carta que sin resurrección resultaba ser truncada, pero nosotros podemos darle un alcance distinto. Si sabemos que nuestro bienestar está construido sobre sacrificios humanos y no podemos recuperar ese pasado, ciertamente somos bien desgraciados.
Tres años antes que Habermas, Martin Walser había recibido igualmente el Premio de la Paz y en su discurso afirmó que Auschwitz no podía seguir siendo utilizado “como amenaza”: “Cierro mi mente hacía las cosas malas que soy incapaz de rectificar. He tenido que aprender a mirar hacia otro lado”. He aquí uno que no quería ser contado entre los desgraciados. Que, seguramente, como triunfador que era, deseaba cantar sin escrúpulos ni reproches la maravillosa imperfección de la realidad. Al fin y al cabo ya no podía hacer nada por los judíos de Auschwitz.
Pero hay algunos que, como Pablo, creemos que Jesús ha resucitado y por tanto que hay resurrección de los muertos. No podemos mirar para otro lado porque confiamos en un valedor que quiere realizar lo que para nosotros es imposible.
Y aún más: si hacemos algo por las víctimas, si luchamos para que no se las olvide y para que su número no crezca, hasta podremos gozarnos en los misterios de Nueva York y de París y de la vida misma, que finalmente tienen sentido por el misterio de la Trinidad.

¡¡Que transformación si , como dice Carlos F. Barberá, «hacemos algo por las víctimas, si luchamos para que no se las olvide y para que su número no crezca» !!
Detrás de toda guerra y de todo proceso victimario, está la pregunta de las victimas que, como dice Simone Weil, Cristo mismo no pudo reprimir: “¿Por qué me hacen mal?”
Concluye Weil:
«La parte del alma que pregunta «¿porqué me hacen mal ?» es la parte profunda que en todo ser humano, incluso en el más contaminado, ha permanecido desde la primera infancia perfectamente intacta y perfectamente inocente» // (…) Hacer de la idea de justicia represiva el móvil central en el esfuerzo de la guerra es más peligroso que lo que nadie pueda imaginar. // (…)
Y también dice Weil que es necesario e imprescindible que cristalice en la vida pública el bien superior que es impersonal y no guarda relación con ninguna forma política y al efecto recuerda las palabras de Cristo de que el Padre celestial hace ascender el sol sobre los malvados y los bondadosos y llover sobre justos e injustos; por ello afirma que «ese orden impersonal y divino del universo tiene como imagen entre nosotros, la justicia, la verdad, la belleza».
(VER : Simone Weil: “La persona y lo sagrado”)