Empezando a pensar en el título de este artículo he recordado que hace años, en una parroquia de la periferia de Madrid y a los pocos meses de su toma de posesión, el nuevo párroco despidió a la catequista, que llevaba años ejerciendo como tal. La razón fue que no hablaba a los niños del demonio.
Y he recordado también que de pequeños nos enseñaban un pequeño poema: “El demonio a la oreja / te está diciendo / no vayas a la iglesia / sigue durmiendo”.
El hecho es que el tema del demonio es en la realidad católica un tema paradójico: no se niega su existencia, aparece en las lecturas dominicales pero pocos se atreven a hablar de él.
Pues bien, estoy convencido de que ha llegado el momento de decir definitivamente que el demonio no existe.
En alguna otra ocasión he contado que el teólogo católico Herbert Haag publicó en los años 70 un libro que causó mucha sensación. Se titulaba Adiós al demonio. Según Haag, profesor de exégesis del Antiguo Testamento, el demonio no debe entenderse como un ser personal sino como una personificación simbólica del mal del mundo. Es cierto que el mal existe pero no hace falta atribuirlo a un ser personal que lo crea y lo difunde.
No hay que ocultar que el 26 de junio de 1975 la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó un texto afirmando la existencia del demonio. No fue un texto magisterial pero se recomendaba como base segura para reafirmar la doctrina del Magisterio.
Es preciso recordar que en esos momentos presidía la congregación Ratzinger -después Benedicto XVI- que siempre creyó en el demonio como un ser personal.
Pensemos un poco. Todos podemos imaginarnos un Dios personal, creador del mundo, con el que es posible establecer una relación a pesar de que sea el misterio absoluto. Todos conocemos la figura de Jesús, sus hechos y sus palabras. Y todos podemos experimentar el Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones.
Pero ¿podemos imaginarnos al demonio? No puede ser una figura con cuernos y rabo, no puede tener una cara -aunque si la tuviera sería parecida a la de Putin-, no puede ser solamente un espíritu que alguien -¿quién?- ha derramado en nuestros corazones. Pues, ¿qué diferencia hay entre un demonio al que no se ve, no se representa no se imagina y un demonio que no existe?
Cabe recordar que santa Teresa de Jesús, en el relato de su vida, cuenta a veces que el agua bendita es un instrumento eficaz para echar al demonio y que no vuelva. Y lo mismo piensan quienes convocan en Madrid a rezar una vez al mes el rosario. Pero eso hace poco favor al personaje, tan cobarde que huye si le rocían con agua o recitan en su contra cincuenta avemarías.
Y por terminar. El ser humano ha sido creado con libertad y en muchísimos casos la utiliza para buscar su bien, aunque sea dañando a los demás. Es el mal que nace y crece en las vidas humanas sin necesidad de la ayuda del demonio.
Lo curioso es que, como en la Iglesia hay usos que perduran siglos y siglos, en el ritual del bautismo hay una pregunta a los padres y padrinos: “¿Renunciáis a Satanás, padre y príncipe del pecado?” a lo que ellos contestan, como toca: “renunciamos”. Pero, ¿qué significa esa renuncia? Supongamos que a alguien se le pregunta: ¿renuncias a ser director del Banco de España? La respuesta sería: Si nunca lo he sido ¿cómo voy a renunciar?
Pues ¿cómo vamos a renunciar a Satanás si nunca nos hemos entregado a él? Pero ahí siguen, los oficiantes preguntando y los fieles contestando como si eso tuviera algún sentido. Como si Satanás existiera.

