ENTREVISTA A CARLOS GARCÍA DE ANDOIN. MORAL Y POLÍTICA. Enero 2024
¿Está la democracia en peligro? A eso apunta el auge de la extrema derecha y la desilusión de parte de la población sobre la política. ¿Tiene la Iglesia una aportación que hacer en el terreno político en este momento difícil? De todo ello hablamos con Carlos García de Andoin, doctor en Ciencia Política y con un largo compromiso político y eclesial en su itinerario. Fundador de Cristianos Socialistas, actualmente es segundo Teniente de alcalde del Ayuntamiento de Sestao.

Pregunta. – ¿Qué amenaza hoy la democracia?
Respuesta. – Hace 40 años vivíamos en la confianza de que la democracia, el sistema político de estándares morales más altos, acabaría expandiéndose e imponiéndose en la mayoría de los países del mundo. Sin embargo, sólo el 6,4% de la población mundial vive en los 21 países que son denominados democracias plenas y hay un retroceso democrático en sistemas consolidados. Proliferan líderes, partidos y movimientos nuevos, que desafían las normas e instituciones fundamentales de la democracia liberal.
En la base, nos encontramos con una ciudadanía hondamente insatisfecha con la política por la frustración económica, la creciente desigualdad y la percepción de que las élites políticas son corruptas, a las que sólo importa su propio beneficio. Como consecuencia, en Europa crece una visión más nacionalista, euroescéptica y xenófoba, la que caracteriza a los movimientos de ultra-derecha.
P.- ¿Cómo llegamos, en democracia, a establecer unos principios éticos que podamos invocar todos?
R.-Para afrontar la crisis de la democracia no hay recetas mágicas. Proliferan propuestas de atajos. Las propuestas tecnocráticas ponen el énfasis en el éxito del resultado y prestigian a los expertos. Otro modelo defiende procedimientos mayoritarios y desconfía de los procesos deliberativos para resolver los desacuerdos profundos. Es el propuesto por el procès soberanista. Rehúye el diálogo y el acuerdo en el proceso de construcción del nosotros.
El compromiso de los ciudadanos por el diálogo, por convencerse de unos a los otros, es crucial
Frente a estas propuestas, el ideal democrático sostiene que la solución está en más y mejor democracia. Ante el alejamiento de la ciudadanía respecto del sistema político se trata de recuperar el control ciudadano de la política. Es uno de los requisitos de una sólida democracia. Se trata de mostrar a los ciudadanos que tienen la capacidad efectiva de configurar las políticas a las que están sujetos, mediante más participación y más deliberación para alcanzar acuerdos. El compromiso de los ciudadanos por el diálogo, por convencerse los unos a los otros, es crucial para la legitimación de las leyes y políticas resultantes.
Ante el alejamiento de la ciudadanía respecto del sistema político se trata de recuperar el control ciudadano de la política
P.-Pero muchos en la Iglesia acuden al “derecho natural” como fuente de legitimidad democrática…
R.-El derecho natural, al que se ha recurrido para negar la legitimidad al legislador en la regulación del aborto, el matrimonio homosexual o la eutanasia, presupone la existencia de unas normas previas a la ley positiva que se nos imponen a todos, tengamos una u otra religión o ideología. Pero hay visiones muy contrapuestas sobre lo que es y no es natural. Las democracias necesitan un marco de valores compartidos, pero estos no vienen dados, sino que se construyen por convención, por acuerdo. El ejemplo es la Carta de los Derechos Humanos o la Constitución. Frente a la polarización política creciente es importante aceptarlos y utilizarlos como marco ético común.
Las democracias necesitan un marco de valores compartidos, pero estos no vienen dados, sino que se construyen por convención, por acuerdo
P.-Dices que no se puede reducir la política a la moral, pero necesitamos ética en la vida pública…
R.-Mounier advertía a los cristianos contra la pauta de juzgar las cosas en nombre de principios muy generales sin tomar en serio las contradicciones de la realidad, las resistencias.
Sin duda, una de las fuentes del saber político es la ética. Señala el horizonte, el ideal, y también los límites, lo que no debe hacerse. Pero la política es un saber práctico, pegado a la realidad, en estado permanente de discernimiento e intervención, casi siempre en condiciones de conflicto, de incertidumbre, de limitación y escasez de medios.
Identificar política y moral reduce las decisiones a buenas o malas. Distinguir política y moral abre el campo a decisiones oportunas, discutibles, negociables, provisionales o deseables. En un contexto de antagonismo y confrontación, nos dice Innerarity, “hablemos más de lo mejor y lo peor y menos del bien y el mal” pues “lo peor y lo mejor están menos alejados entre sí que el bien y el mal”. Una reflexión que suena a tradición sapiencial y a discernimiento ignaciano.
La política es un saber práctico, pegado a la realidad, en estado permanente de discernimiento e intervención
P.- ¿Cuál ha de ser el eje de la aportación cristiana hoy en este momento social y político en nuestro país?
R.-Ante las graves fracturas que atraviesa la sociedad española, la comunidad cristiana, en una sociedad plural, como una subcultura importante de esta sociedad, puede ser un agente más de tensionamiento y polarización o, por el contrario, ser un actor constructor de comunidad, de fraternidad y de bien común. La encíclica Fratelli tutti (FT) invita, precisamente, a favorecer una cultura del encuentro y la amistad social.
Esta “cultura del encuentro” requiere capacidad para “integrar, dialogar y construir” y “significa que -como pueblo- nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos” (FT 216). No se trata solo de reaccionar, denunciar o exigir, por legítimas y necesarias que sean dichas acciones, sino de tener la capacidad de generar puentes y de promover pactos, no de levantar muros. El paradigma del encuentro es el que debe inspirar la aportación de criterios éticos en la vida pública en esta hora.
El paradigma del encuentro es el que debe inspirar la aportación de criterios éticos en la vida pública en esta hora
Es el momento de aportar la sensibilidad humanista del cristianismo, la centralidad de la persona, por ejemplo, en el caso de la inmigración, o de la guerra. Pero, básicamente, urge más presencia pública de las y los cristianos en la sociedad para propiciar un reencuentro entre representantes políticos y ciudadanía. Los cristianos debemos de recordar que la ciudadanía debe ser más activa en la censura de la mala política, más comprometida con la vida pública. La clase dirigente no puede usurpar los bienes públicos en provecho propio sino servir al bien común. También necesitamos ejemplaridad personal, ley interior -que decía San Pablo-, basada en el cultivo de la humildad, el servicio, la honestidad y la generosidad, entre otras.
P.-Y ¿qué decir a quienes creen que la religión ha de recluirse en lo privado y que no tiene papel alguno en la vida pública?
R.-Son muchas las voces que reducen la influencia de la religión a la vida privada, excluyendo toda suerte de papel en la vida pública. Francamente, es una posición poco democrática. Las religiones y los ciudadanos creyentes tienen el mismo derecho que los demás actores sociales a participar en la vida pública con su opinión, con sus propuestas, con sus valores, desde su sensibilidad específica. Excluir al actor religioso de la deliberación es poco compatible con el principio democrático. Eso sí, ha de concurrir en igualdad de condiciones sin una pretensión superior y excluyente de verdad. Los católicos, por ser mayoritarios en España tenemos una especial responsabilidad en hacer hueco a las religiones minoritarias en la vida pública. Por otra parte, la legitimidad del actor religioso se decide en la imagen que proyecta. Frente a una imagen de la religión asociada a la intolerancia excluyente y a la violencia, es decisivo ofrecer el testimonio del diálogo y la cooperación tanto interna como entre religiones.
Excluir al actor religioso de la deliberación es poco compatible con el principio democrático
P.- ¿Por qué Vox se apropia con facilidad de la etiqueta “católica”?
R.-El surgimiento de la ultraderecha tiene un componente reaccionario ante las transformaciones sociales que se están produciendo en el mundo occidental como son la igualdad de género de la mano del feminismo, las políticas contra el cambio climático de la mano del ecologismo y la formación de sociedades diversas de la mano de los movimientos migratorios y de las nuevas visiones sobre identidades y roles sexuales reivindicadas por el movimiento LGTBIQ+. Entre estos cambios también destacan la secularización y el pluralismo religioso, frente a los cuales afirman el catolicismo ideológicamente, no en términos de seguimiento de Jesús ni de participación en la comunidad cristiana. Pero, además, la ultraderecha, en el contexto español bebe del pensamiento tradicionalista español. Patria, familia y religión católica, forman el trigémino de un pensamiento conservador que forja el sentimiento nacional español en el s. XIX. La ideología y praxis de VOX exhibe asertivamente una identidad católica, sin embargo, tiene serias dificultades para aprobar un contraste elemental con el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia. Los obispos y el conjunto de las comunidades cristianas tenemos un serio desafío para evitar que, ante la sociedad española, VOX se erija en la voz del catolicismo en política, incluso frente al Papa.
P.-Mirando hacia adentro de la Iglesia hoy, en este año decisivo en el proceso sinodal, ¿qué cambios ves más necesarios y cuáles más urgentes?
R.-La reforma sinodal de la Iglesia que propone el papa Francisco es la aplicación a la Iglesia de lo que aquí se propone para la política. Si acaba por hacerse verdad, la propia práctica de la Iglesia puede ser una buena contribución a la cultura democrática.
En el debate democracia versus autocracia, es crucial no sólo el apoyo de la Iglesia y de las religiones a la democracia, sino que estas mismas -en su organización interna- den pasos decididos hacia formas y hábitos democráticos.
La vida de la Iglesia debe servir a la promoción de la vida social bajo el signo de la justicia, la solidaridad y la paz.
Es crucial no sólo el apoyo de la Iglesia y de las religiones a la democracia, sino que estas mismas den pasos decididos hacia formas y hábitos democráticos
