Noticia de última hora: “Eminente científica española dedicada a la nanotecnología consigue reducir un millón de libros de teología al espacio ocupado por la sílaba we. Aún es un rumor, pero parece inminente que le concedan el Premio Nobel”.
En calidad de abogada y portavoz oficial de la autora de semejante proeza, salgo al paso de las reacciones de revuelo y conmoción provocadas por la noticia y respondo en su nombre a algunas afirmaciones erróneas vertidas en los medios de comunicación:
Ante la acusación indignada de algunos miembros de la Real Academia Española de que ha preferido el inglés we al castellano nosotros, responde que el we, por su brevedad, suponía un mayor desafío a su capacidad de experimentación. Y alega también que su españolidad queda fuera de toda sospecha: en caso de recibir el Nobel, irá en persona a presentarlo como ofrenda a la Virgen del Pilar en Zaragoza.
En cuanto a los recursos interpuestos por algunos decanos de facultades de teología que sienten amenazadas sus bibliotecas, argumenta que no ha sido ella la primera en reunir conceptos en un solo término haciendo innecesarios los largos discursos, como queda demostrado en el evangelio de San Mateo capítulo 1, versículo 23. En él, el término Emmanuel, Dios-con-nosotros, reúne en solo tres sílabas al colectivo indisoluble constituido por Dios mismo y la humanidad. Y, con decir eso, ya queda dicho todo y lo demás puede resultar superfluo y hasta cansino.
Además, Nuestro Señor Jesucristo según el evangelio de San Marcos, empleó en dos ocasiones la primera persona del plural para denominar al grupo formado por él mismo y sus discípulos (estando ahí representados todos nosotros): “Pasemos a la otra orilla” – dijo- , antes de montarse en la barca en la que iban a vivir conjuntamente el episodio de la tempestad. Y en ese nosotros quedaban ya unidos los misterios de la Encarnación y de la Redención. Item más, en la víspera de su santísima Pasión, al referirse a la sala de la cena donde iba a cenar con sus discípulos, dijo: “Preparadlo allí para nosotros” (14,15). Admirable inclusión esta del nosotros, merecedora de la exclamación de la santa de Ávila: “¡Oh nudo que así juntáis dos cosas tan desiguales!”.
[blockquote]Una sílaba cambia el mensaje, pues sitúa la resurrección no en la comprensión de un anuncio sino en la lógica del amor[/blockquote]Por otra parte, Francisco de Osuna afirma en su Tercer Abecedario: “Calla Dios y el ánima como amigos que duermen muy seguros en un estrado, a los cuales el amor ha hecho tan conformes que no salgan de un parecer, en tal manera que lo que hace el uno se diga hacer el otro”. Dando a entender con esto que no son las muchas explicaciones las que crean este divino ayuntamiento entre Dios y el ánima sino, más bien, la ausencia de ellas y el desear y elegir solamente aquello que más conduce a ese nosotros que nace de no tener más que una sola voluntad.
Y aduce como último argumento un escrito reciente de otro hijo de San Francisco, Víctor Herrero, biblista y poeta, en el que demuestra de manera irrefutable cómo una sola sílaba posee la capacidad intrínseca de influir decisivamente en textos avalados por la tradición. Dice así el joven capuchino: “En la antífona pascual, cantamos: Surrexit sicut dixit!, ¡Ha resucitado, como había anunciado! Se trata de un eco de Lc 24,6: las palabras que las mujeres escuchan en el sepulcro vacío. En un manuscrito medieval encontramos una variante maravillosa cuyo origen, que desconocemos, puede ser un error del copista que ha transcrito: Surrexit sicut dilexit!: ¡Ha resucitado, como había amado! En el texto leemos “como había amado” (dilexit) y no “como había anunciado” (dixit). Dilexit en lugar de dixit: apenas una sílaba cambia el mensaje, pues sitúa la resurrección no en la comprensión de un anuncio sino en la lógica del amor: Jesús, resucitado por el Padre, está recibiendo un amor semejante a aquel amor con el cual él se relacionó con el mundo.
Con esta cita concluye la argumentación de mi defendida que, de momento, no piensa hacer más declaraciones. Buenas tardes y muchas gracias.
