El trabajo y el testimonio de Kayed Hammad ha sido clave para que en España conociéramos qué sucedía en Gaza. Guía y facilitador de decenas de periodistas españoles durante décadas, cuando Israel cerró las fronteras de Gaza a los periodistas internacionales en octubre de 2023, su voz contó desde dentro el horror genocida.

Evacuado en junio del año pasado gracias a la movilización de sus colegas periodistas, Kayed vive en Segovia y se dedica a seguir explicando por toda España lo que pasa en un territorio completamente destrozado por la fuerza y la ira militar israelí, que sigue matando gente todas las semanas, a pesar del supuesto acuerdo de paz. En noviembre nos abrió las puertas de su casa para charlar un buen rato sobre Palestina y sobre periodismo.
Kayed causa una profunda impresión. Lleva el sufrimiento de su pueblo impreso en el cuerpo: a sus sesenta y pocos años, camina con dificultad y tiene la salud quebrada por las torturas que sufrió en su juventud y el horror de una vida bajo la amenaza constante de las bombas israelíes.
Él habla de todo eso con un humor negro que posiblemente sea el único antídoto posible contra la desesperación y la rabia absolutas. Aún así, a veces tiene que pararse, inspirar profundamente e, incluso, enterrar su cara entre sus manos antes de poder continuar hablando.
Nacido en el campo de refugiados de Yabalia, militó en la resistencia palestina y fue encarcelado en varias ocasiones. Tras una excarcelación, su hermano emigrado a España le invitó a nuestro país, en donde vivió varios años a principios de los 90. Sin embargo, la llamada de la tierra y la causa palestina le hicieron volver una vez que los Acuerdos de Oslo apagaron el fragor de la Primera Intifada en 1993.
Abrió un taller de electrónica y comenzó a colaborar con ONG y periodistas hispanohablantes. En el año 2003, una incursión israelí le dejó sin nada y él hizo del periodismo su forma de vida, trabajando como productor y guía para decenas de informadores, entre ellos su gran amigo Mikel Ayestarán.
Antes del brutal ataque de Hamas contra el territorio israelí en octubre de 2023, la vida de Kayed no estaba mal, teniendo en cuenta el contexto de Gaza. Su trabajo era muy respetado y gracias a él había conseguido comprar un amplio apartamento en la ciudad de Gaza en el que vivía con su familia. Nada queda de eso. Su casa fue destruida y su suegra y su hijo mayor, Omar, murieron bajo las bombas. Su familia fue desplazada 17 veces y ha pasado multitud de penalidades, entre las que el hambre no es la menor. Él, su hija Dalia y Mikel Ayestarán lo han contado en Menú de Gaza, un novedoso y premiado proyecto periodístico en Instagram.
En junio, Kayed y su familia, como todos los supervivientes de la brutal campaña militar israelí en Gaza, estaban exhaustos. “Entre la vida que vivíamos y la muerte no había ninguna diferencia. Pensábamos que era preferible que una bomba acabase con nosotros de una vez a tener que seguir aguantando el hambre y el horror diario”.
Sus amigos periodistas españoles le plantearon la posibilidad de movilizar al Gobierno español para que él y su familia fueran evacuados. “Yo les dije que no esperaba nada, pero que bueno, por lo menos, hacíamos ruido. Al cabo de unas semanas, la cosa estaba en marcha. La verdad, no nos lo creíamos”.
La historia de su evacuación dice mucho del carácter de Kayed y su familia. Prevista para el 18 de junio, se tuvo que retrasar una semana a causa del ataque de Irán. Pero Kayed y su familia habían vendido o regalado la poca comida y ropa que tenían y tuvieron que resistir una semana más viviendo, literalmente, con lo puesto.
“Dormíamos en el suelo y no teníamos nada de comer -explica-. A mis hijos les afectó mucho el retraso. Tenían la esperanza de salir. Ellos me pusieron entre la espada y la pared. Si fuera por mí, no habría salido. Me daba igual, ¿sabes? Ahora pienso que he perdido a un hijo, pero he salvado a tres y a mi mujer”.
Kaled cuenta las cosas de una manera fascinante, como una Sherezade moderna a quien podrías escuchar durante 1.001 noches:
“En el paso de Kerem Shalom (suroeste de Gaza), nos esperaba el cónsul español con una bolsa enorme de comida para cada uno. Chocolate, bocadillos… Mis hijos flipaban. Hacía dos años que no veían nada de esto. En Ammán pudimos quedarnos unos días en casa de mi hermana. Llevaba 41 años sin verla a ella y a sus hijas”.

- ¿Cómo os sentís ahora?
Estamos muy bien, pero el corazón y la mente están en Gaza. Yo tengo allí una hermana y un hermano, sobrinos… Hay dos millones de personas y muchas, si no mueren por las bombas, mueren por falta de medicinas, por falta de comida, por falta de todo. Cuando como o salgo a la calle, me siento culpable. Todos tenemos esta sensación. Cuando nos llaman, nos preguntan cómo estamos, pero no contamos mucho. ¿Qué les vamos a decir? ¿Que aquí se puede comer chocolate, carne y pescado, cosas que allí no ven desde hace dos años? - Viajas constantemente.
Si duermo tres noches en casa, es que estoy enfermo. Para mí, es un deber contar lo que está pasando en Gaza. La guerra no ha terminado. Sigue habiendo bombardeos… Ha sido solo una batalla y lo que viene va a ser peor. - Tu vida y la de muchos palestinos y palestinas ha estado marcada por una violencia continua. ¿Cómo influye eso en la psicología de la gente?
Mi hijo de 15 años ha vivido cinco guerras. ¿Qué infancia ha tenido? - Has dicho que el ataque de Hamás no fue el comienzo de nada.
Ellos siempre buscan hacernos responsables de todo. Pero antes del 7 de octubre llevábamos 17 años de bloqueo. Vivíamos prácticamente en una cárcel al aire libre, donde entraba la comida y el material de construcción mínimo para mantenernos vivos. Cuando protestaba alguna ONG, decían: “entran las suficientes calorías”. ¡Calculaban las calorías que necesitábamos para seguir con vida! Era una vida muy parecida a la muerte. Lo que ellos quieren, desde siempre, es expulsarnos de Gaza. Esta vez lo han dicho descaradamente, pero no lo han conseguido. Ahora lo intentan con esta farsa, la trampa de Trump. Desafortunadamente, con la colaboración de muchos países árabes traidores. - Los palestinos debéis sentiros muy abandonados.
Muy abandonados por los gobiernos, pero los pueblos árabes nos tratan como si fuéramos de otro planeta. Nos ven un ejemplo extraordinario. Eso es lo que molesta a sus gobiernos. Porque creen que vamos a contagiar a sus pueblos y van a perder sus asientos y sus posiciones.
La opinión de Kayed sobre la Autoridad Nacional Palestina no es mucho mejor: “Se ha convertido en una herramienta para hacer el trabajo sucio que no pueden hacer los israelíes. No tienen ninguna autoridad. En Cisjordania son muy educados y muy bonitos. No hay resistencia armada, no hay Yihad Islámica, la Autoridad Nacional se coordina con los israelíes… Pues mira lo que están haciendo en Cisjordania”.
Pese a las pocas esperanzas de un cambio rápido de la situación de opresión brutal contra el pueblo Palestino, Kayed estima que Israel sí ha sufrido una derrota importante: “Siempre hemos perdido las batallas con Israel. Esta vez hemos perdido militarmente, sí, pero es la primera vez que Israel ha perdido algo muy importante: el relato. Israel siempre se presenta como víctima, como el ejército más moral del mundo, el único país democrático en Oriente Medio. Esa imagen la ha perdido, y es casi imposible que la recuperen”.
- Mezquitas, cementerios, hospitales destrozados… Israel no ha respetado nada.
Bueno, te cuento dos ejemplos personales conmigo. Yo tuve un ataque al corazón en la Nochebuena del 2024. Con mucha dificultad, llegué al hospital en los brazos de mi hijo y mi sobrino. Y allí me dicen que no tenían ni una aspirina para darme. “Mira cómo está la gente”, me dicen. Había gente por el suelo, operaban sin anestesia, había gente a la que se le habían podrido miembros del cuerpo porque no había antibióticos. Entonces, me fui a casa. Mi hijo y mi sobrino me preguntaban por qué y yo les decía que, así, si me moría, estaría más cerca del cementerio. Luego, mi hijo fue asesinado un viernes, en un bombardeo. Hemos tenido que esperar hasta el viernes siguiente para recuperar su cuerpo de tanto bombardeos como había. Cuando llego al cementerio para enterrarle, estaba bombardeado y los tanques habían revuelto todo. Me pasé cuatro días buscando la tumba de mi madre. Ya no estaba. Solo encontrabas escombros y huesos. Hemos pasado hambre durante dos años. En casa comíamos harina de animales mezclada con arena. Hemos comido de todo. En el mercado se vendían cosas verdes que hasta ahora no sé lo que eran y que eran imposibles de masticar.
En medio de todo este discurso dramático, Kaled bromea sobre la cantidad de animales que han muerto en Gaza porque la gente se estaba comiendo su comida, y le señalamos que nos parece increíble que en condiciones tan dramáticas pueda conservar el sentido del humor. Al respecto, comenta:
“Yo tengo un sentido del humor que utilizo para reírme y no llorar. Llevo, no sé, 15 o 20 años sin poder llorar. Tengo envidia de la gente que puede llorar. Ya nada me sorprende. Eso no es porque yo sea un héroe. El hierro, de tantos martillazos, de echarle agua y meterlo en el fuego, se convierte en acero. Lo que hemos pasado nos ha hecho así”.
Le comentamos que esto nos parece un ejemplo de resiliencia, y asegura: “Nosotros apreciamos sobre todo dos cosas. Primero, la esperanza. Esa la heredé de mi padre. Él me decía: ‘Si yo no consigo ver Palestina libre, tú lo conseguirás. Y si tú no lo consigues, lo conseguirá tu hijo’. Segundo, sabemos lo que es la libertad. Pensamos como María Zambrano: ‘Una libertad peligrosa vale más que una esclavitud tranquila’. Nosotros preferimos morir de pie.”
- Hablemos un poco de periodismo. Has dicho que la causa que ha marcado tu vida es la liberación de Palestina. ¿Crees que tu trabajo ha contribuido a esa causa de alguna manera?
La única arma que tiene la causa palestina es el periodismo honesto. Israel considera a un periodista más peligroso que un miliciano. Por eso hemos sido objetivo de los israelíes, que han matado a más de 254 periodistas registrados, porque también han matado a mucha gente que grababa los hechos con sus teléfonos móviles para subirlos a Internet y documentar lo que estaba pasando. Ponerte un casco o un chaleco de prensa era como decirles: “disparadme”, como ponerse una diana.

- ¿A qué obedece esta crueldad contra los informadores?
Ellos no querían que entrase ningún periodista internacional, porque detrás de un periodista internacional hay otro Estado y eso puede causar problemas. Pero los periodistas locales… Para ellos somos solo números. - Ese esfuerzo por sobrevivir del que hablabas lo habéis contado muy bien en Instagram tú y tu familia, con la colaboración de Mikel Ayestarán, en la serie “Menú de Gaza”, que se ha convertido en una pieza maestra de periodismo.
Sin querer (sonríe). Llevo más de 20 años trabajando con Mikel y ya somos hermanos. Todos los días me preguntaba cómo estábamos. Cuando empezó la hambruna, me preguntaba si habíamos comido. Yo le decía que sí, pero no me creía, así que un día me pidió que le mandase una foto. Luego me preguntó si la podía publicar. Yo estoy en contra de la gente que publica su comida, porque me parece una falta de respeto, habiendo tanta gente que no puede comer en el mundo. Pero nuestros platos eran tan pobres… De hecho, no recomiendo a nadie que los coma (ríe). Y resulta que la gente reaccionó de manera increíble. Y ahí yo he visto que esto era otra forma de lucha. Y luchar sin una gota de sangre y sin imágenes violentas, pero contando lo que estaba pasando en Gaza al mismo tiempo. - Tú, como otros periodistas palestinos, habéis estado peleando para seguir informando al mismo tiempo que teníais que buscaros la vida para sobrevivir en unas condiciones terribles, como el resto de la población de Gaza.
Claro, lo que hacías en dos horas antes de la guerra, ahora tardabas, no sé, 26 horas al día. Desde por la mañana, mis hijos salían a buscar leña. Podían tardar tres horas, andando kilómetros entre escombros y basura y, a lo mejor, no conseguirlo. Conseguir una ración de comida, unas latas, era un triunfo. Y luego, claro, tenías que prepararlo. Y todo esto expuesto a las bombas. Pero tampoco dentro de casa estabas seguro. No había un metro cuadrado seguro en toda Gaza. Ni en el hospital estabas seguro. Médicos, ambulancias… todo ha sido blanco de ataques.
La reflexión sobre los peligros de la lucha diaria por la supervivencia le lleva a Kayed a una reflexión más íntima sobre la historia de su vida: “Yo siento que estoy viviendo de más, porque alguien como yo debería haber muerto hace mucho tiempo”. Reflexión que, por supuesto, culmina en un giro maestro de humor negro: “pero como decís aquí: ‘hierba mala nunca muere’”.
- Tu hija Dalia ha tomado la decisión de seguir tus pasos y hacerse periodista. ¿No has tratado de disuadirla?
Ella quería hacer algo relacionado con la biotecnología, pero, con la guerra, no ha podido. Yo soy muy torpe para hacer fotos. Mira mis manos como tiemblan. Se ofreció a ayudarme con las fotos y con el vídeo y me acompañaba cuando tenía que dar alguna información. Y ella ha visto en esto una forma de lucha. - ¿Cómo ves el futuro de Gaza y Palestina? ¿Crees que el alto el fuego aguantará?
No se trata solo de Palestina, Israel quiere cambiar todo el mapa de Oriente Medio. Lo que viene es peor de lo que ha sucedido. Pronto se tragarán también Cisjordania y seguirán con Líbano, Siria… Pero, si analizas la historia, todos los imperios tienen una curva y, una vez que llegan a la cumbre, empiezan a bajar. Y una cosa importante es que han perdido el dominio del relato, como te decía. - ¿Crees que la movilización ciudadana que hemos visto en España y otros lugares ha tenido una influencia en el devenir de los acontecimientos?
España hoy es la vanguardia de todos los pueblos de Occidente. Hay mucha sensibilidad y solidaridad con Palestina. Es, junto con Irlanda, el único país cuyo Gobierno está junto con su pueblo en este tema. Pero eso cambiará. Soy pesimista en el corto plazo, pero optimista en el largo. Y en cuanto mejoren algo las condiciones, yo volveré.
