Relativo y absoluto II

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En mi anterior columna afirmaba sin reservas la relatividad de las palabras, los gestos, los ritos y las acciones de la religión. Cuando uno llega a este convencimiento no dejan de parecerle curiosos -y ridículos- los desvelos de tantos curas y obispos por afirmar en la práctica su carácter absoluto. Como los del obispo de León, que prohíbe en las confirmaciones los símbolos que los muchachos han preparado (una mochila como símbolo del camino de la fe, unos libros como muestra de la formación…). Como mucho, acepta unas flores y con mucho cuidado de dónde se colocan. Una estupidez que toma tintes trágicos cuando, por ejemplo, un niño celíaco no puede comulgar con una forma sin gluten. A todos se les podían aplicar las palabras de Pablo a sus corresponsales: “¡Insensatos gálatas!: ¿todavía estáis bajo la ley?”

Así pues, y dejando aparte estas tonterías, es el momento de preguntarse: si todas sus realidades son relativas ¿qué queda de absoluto en la religión? La respuesta es evidente: absoluto sólo es Dios. Y para que esa frase no quede en su aura trascendental, como desprovista de consecuencias, es necesario añadir: eso significa que en Dios se puede confiar absoluta, definitivamente. No encuentro forma mejor de definir a un creyente sino como alguien que en su vida pone su confianza en el Señor. “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. En consecuencia, los intentos de adjudicar el absoluto de Dios a realidades humanas caen sin duda bajo la condena del segundo mandamiento: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Sólo Dios es santo y no la santa Sede ni el santo Padre ni la santa Inquisición ni la santa visita pastoral.

Pero dicho esto hay que añadir, y con igual contundencia, que también la persona humana es absoluta. No por ella misma, por sus atributos o sus méritos, sino porque Dios ha querido convertirla en lugar de su presencia: “Todo lo que hagáis a uno de estos hermanos míos más pequeños lo hacéis conmigo”. Ya Mounier decía que es típico del cristiano no amar a la humanidad sino amar al prójimo. constituido como tal por la Encarnación de Jesús.

En el centro del cristianismo se encuentra el hecho de que Dios se ha hecho uno de nosotros. Lo absoluto de Dios ha entrado en la relatividad de lo humano. Por consiguiente, toda persona posee el carácter absoluto de Dios pero sin que eso nos haga olvidar todos sus condicionamientos tan relativos, porque “aún no se ha manifestado lo que seremos”. Por eso, si frente a Dios sólo cabe la entrega total, enfrentados al ser humano no tenemos más remedio que ser “cándidos como palomas y astutos como serpientes”.

Son muchos sin duda quienes en la Iglesia temen que sea el caos quien asome detrás de la afirmación de lo relativo de sus realidades. Habría en primer lugar que recordarles que las consecuencias de lo absoluto -que no puede tolerar contradictores- fueron la Inquisición y las guerras de religión. Estoy seguro de que no quieren volver a ellas. Y en segundo término hay que convencerles de que la consecuencia de la relatividad no es el caos sino el diálogo y el debate. Quien sostiene que las cosas son absolutas no tiene más remedio que exigir y ejercer la obediencia. Quien por el contrario defiende que son relativas se obliga a decidirse por las mejores y a concordar por tanto puntos de vista distintos. El diálogo entre los diversos grupos y más aún entre las religiones sólo es posible desde esa convicción compartida. “Probadlo todo y quedaos con lo bueno”, reza atinadamente la consigna de Pablo.
Donde está el obispo de León sólo cabe la obediencia. “Donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad”.

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