Mes de los adultos mayores

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Empieza el mes con la fiesta de la Presentación y aparecen en el Evangelio las figuras de dos ancianos, Simeón y Ana. Me parece una mención suficientemente importante como para solicitar que febrero sea proclamado “mes de los adultos mayores”. Es un ejemplo típico de esas iniciativas ciudadanas que tanto se nos recomiendan hoy día.

Observarán que he empleado la terminología de la UNESCO que es la políticamente correcta y sustituye a otros términos como “viejos”, “ancianos”, “carcamales”, “tercera edad”, “jubilados”, “pensionistas” o “chicas de oro”. Y, para presentar un modelo de identificación consistente y bíblica, he elegido a un sujeto prácticamente desconocido pero ejemplar llamado Barzilay.

Paso a describir su perfil: aparece en el relato del retorno de David a Jerusalén, después de su etapa de fugitivo y perseguido por Absalón (2Sm 19, 32-38). El narrador nos informa de lo avanzado de su edad y de su buena posición socioeconómica: “Barzilay, el galaadita, siguió hasta el Jordán para escoltar al rey en el río. Barzilay era muy viejo, tenía ochenta años; había sido proveedor real de David y era de muy buena posición”.

El rey, que ahora va a recuperar el trono y está agradecido al servicio incondicional y eficaz de este miembro de su staff, se dispone a recompensarle cambiando los papeles: el que socorrió va a ser espléndidamente socorrido; el que se puso de parte del David fugitivo, será ahora retribuido por el David rey, así que le dijo: “ Vente conmigo, que yo voy a ser tu proveedor en Jerusalén”.

La reacción de Barzilay es sensata y ejemplar, revelando un sentido común y una sabiduría envidiables: comienza recordando su edad con realismo y describiendo con humor sus achaques: “Pero, ¿cuántos años tengo para subir con el rey hasta Jerusalén? ¡Cumplo hoy ochenta años! Cuando tu servidor come o bebe, ya no distingue lo bueno de lo malo, ni tampoco si oye a los cantores o a las cantoras”. O sea que había perdido el gusto y estaba sordo como una tapia. Y lo de meterse en una mudanza, aunque fuera para vivir en Jerusalén, se sentía fatigado sólo con pensarlo. Con el frío que hace allí en invierno y lo que llueve; con lo mal que le vendría cambiar de médico ahora que el que tiene le ha cogido ya el tranquillo a sus goteras; con lo que le gusta echar cada día la partida de dominó con los amigos de toda la vida…

Pero como estas motivaciones le parecen un poco rastreras y no va a confesarlas en alto, las retoca un poco hasta convertirlas en un motivo noble: va a estorbar al rey más que ayudarle. Y añade un órdago de generosa esplendidez: “¿Para qué voy a ser una carga más de su majestad? Pasaré un poco más allá acompañando al rey, no hace falta que el rey me lo pague. Déjame volver a mi pueblo y que al morir me entierren en la sepultura de mis padres”.

Eso sí, tiene a su hijo en paro y se atreve a pedir, con suma discreción, que el trato de favor que iba a serle dispensado a él pase a su hijo: “Aquí está mi hijo Quimeán, que vaya él y lo tratas como te parezca bien”. La sensatez de su demanda es bien recibida y el rey se compromete a tratarle como el propio Barzilay hubiera deseado: “Que venga conmigo Quimeán y yo lo trataré como te parezca bien. Y todo lo que quieras encomendarme, yo lo haré”. Así que el “qué hay de lo mío” le ha salido a Barzilay fantásticamente: el chico colocado de funcionario y en situación de pagar la hipoteca.

No es una historia particularmente edificante, como tampoco lo son la mayoría de las que cuenta la Biblia, pero enseña muchas cosas; por ejemplo, que nos siguen pasando cosas muy parecidas a las que pasaban entonces. Quien quiera saber más o estrechar vínculos con él, puede teclear www.barzilay.com o hacerse seguidor suyo en Twitter.

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