Funerales de Estado

Hay ideas que rondan por la cabeza sin acabar de formularse pero que en algún momento, como en una iluminación, se concretan con una claridad meridiana. Nos preguntamos entonces con cierto asombro cómo es posible que hasta ese momento no lo hubiéramos visto tan claro.

Pues bien, las imágenes del funeral de Estado en memoria de Suárez han sido para mí ese catalizador que me han hecho ver sin asomo de duda que los funerales de Estado deben acabarse de una vez por todas.

La celebración de la eucaristía ha servido a lo largo de la historia para muchas cosas, desde escuchar conciertos de Bach hasta coronar a reyes, pero llega un tiempo -y ya ha llegado- en que las eucaristías han de celebrarse en espíritu y en verdad.

En sus orígenes -no hace falta recordarlo- se trataba de una reunión de creyentes que, en memoria de Jesús resucitado, compartían la palabra y la vida “con alegría y sencillez de corazón”. Así nos lo cuentan los primeros testimonios. Pues en verdad poco tiene que ver esa imagen inicial con el espectáculo de la Almudena. Una reunión de creyentes y no creyentes o creyentes de otras confesiones. Una reunión en que no todos son iguales porque cada uno tiene un sitio asignado según categorías. Una reunión de personas que no comparten nada. Una reunión en que destaca un ladrón y asesino sin que nadie le interpele. Y todo eso presidido por un señor que no representa bien la figura de Cristo (“yo estoy entre vosotros como el que sirve”) sino que se ha ataviado con todos los atributos del poder. Verdaderamente hay que tener mucha imaginación y buena voluntad para afirmar que ese espectáculo tiene algo que ver con las reuniones eucarísticas que nos relata el Nuevo Testamento.

Y, ¿a quién favorece una celebración semejante? No a muchos de los asistentes, cuyos rostros reflejaban una patente incomodidad. No a la familia, que, probablemente, hubiera preferido una ceremonia más íntima y recogida. No a la Iglesia, sólo hubo que escuchar en los días siguientes los comentarios y los sarcasmos del Gran Wyoming. A mi modo de ver, un funeral de ese tipo no es sino un símbolo y una reliquia de lo que en ciencia política se ha llamado “cesaropapismo”. Una reliquia interesante para contemplarla en un museo (como el cuadro de la coronación de Napoleón en el Louvre) pero no para representarla hoy.

A mi modo de ver, los funerales de Estado deberían acoger la fórmula de países como EEUU. Son ceremonias cívicas en las que se entrelazan los textos, la música y el silencio. En los que no está necesariamente ausente la religión pero sin que tenga el predominio ni la voz cantante Y sin que se celebre, por supuesto, ninguna eucaristía. De este modo todo el mundo puede verse representado y nadie sentirse incómodo.

Dicho esto, no puede dejar de hacerse una referencia a las palabras de Rouco, destacadas por todos los medios y que, en mi opinión, confirman que el principio de Peter se acaba cumpliendo siempre. Dijo el cardenal que los hechos y posturas que causaron la guerra civil “la pueden volver a causar”. No es la única frase que ha incomodado a todos. En el funeral por las víctimas del 11M ya atribuyó la matanza a “oscuros objetivos de poder”. Se trata, como puede verse, de dos declaraciones políticas (no religiosas) y bien sesgadas, además. Cuando nadie ve en el horizonte ninguna guerra civil, Rouco sí lo hace. Cuando ya se ha abandonado la fullera teoría de la conspiración, Rouco aún la mantiene. Sólo eso ya es poco sensato, pero proclamarlo ante un auditorio como el del funeral raya en la insensatez y constituye, sin duda, un flagrante abuso de su posición.

Y, si no, que venga el papa Francisco y lo vea.

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1 comentario en «Funerales de Estado»

  1. Funerales de Estado
    ¿Cómo no estar de acuerdo, de la A a la Z, con este artículo de Carlos Barberá, claro y clarificador como todos los suyos?

    Es evidente que no es solo el Estado (Gobierno central y autonómicos) el que debe tomar medidas parar modificar el actual formato de estos actos, sino también la Iglesia, que debe negarse a que los políticos y la política ( o la Iglesia misma), pretendan alcanzar cuotas de popularidad y votos a través de ellos, perpetuando el cinismo de la histórica frase «París bien vale una Misa».

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