Dios a la vista

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Tengo el atrevimiento de copiar el título a un famoso artículo de Ortega y, más aún, la osadía de dedicar una columna a Dios cuando la Iglesia tiene doctores que sabrán sin duda hacerlo con más competencia. Me ha animado a ello la insistencia de Metz en su último libro asegurando que nos encontramos en un momento de crisis pero de crisis de Dios. En su opinión, el eslogan de este tiempo, con sus tintes paradójicos, parece ser: “Religión sí, Dios no”.

Pero acaso no hacía falta que Metz tematizara algo que cualquiera puede experimentar en su entorno: mientras lo religioso es objeto de atención, de debate y controversia, Dios se ha convertido en el gran ausente. De espiritualidad, de religión, hablamos sin dificultad, pero de Dios nos resulta muy difícil hablar.

Y, sin embargo, el Concilio Vaticano I había declarado que “Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de lo que ha sido creado”. Con este sencillo principio, acaso sin quererlo, el concilio convirtió a Dios en patrimonio de todo ser humano. No es una propiedad de la Iglesia ni de los teólogos ni de los místicos. Es un tesoro que hay que poner al alcance de todos. Lo que Garaudy reclamaba de Jesucristo (“hombres de Constantino, devolvédnoslo”) se puede ahora reclamar de Dios. Porque el Dios de la tradición judía es el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y el de la cristiana es el Dios con nosotros.

Por eso tiene razón Pannenberg cuando dice que “la idea de Dios carece de sentido si se la concibe separada de la realidad del mundo” y que “el ser humano pertenece a la definición de Dios”. Nuestro Dios no es el “ser infinitamente grande, poderoso…” del catecismo, sino el Dios que está presente y que actúa en la realidad humana.

Ya se ha hecho notar repetidamente que Jesús habló muy poco de Dios y, por el contrario, mucho del Reino de Dios. Poco de aquél a quien nadie ha visto nunca y mucho, en cambio, de su presencia entre nosotros. Y Pablo pudo asegurar a los atenienses que no se encuentra lejos, que se ha puesto a nuestro alcance para que le busquemos y encontremos, aunque sea a tientas.

Estamos, pues, en un tiempo en el que palabra Dios no acude, como antes ocurría, espontáneamente a nuestros labios. Acaso ayude eso a evitar la tentación de que Dios sea una realidad más, una persona entre todas las personas, un colega nuestro, aunque mejor situado.

Pero tendrá que llegar un tiempo -y seguramente ya estamos en él- en el que se podrán contar las experiencias de Dios, en el que no sea excepcional señalar la acción de Dios en su Reino, el que ha querido plantar en el mundo entero.

Y, ¿quién habrá de contar esas experiencias? La respuesta parece obvia: quien las haya hecho. Será un ámbito en el que a nadie otorgarán más competencia su clase, sus estudios o sus títulos. Será el lugar de los pobres, de los sencillos, de los limpios de corazón. Quien no se haga como un niño no podrá entrar en ese diálogo. Jesús lo había constatado a su alrededor y por eso pudo dar gracias al Padre porque sus palabras las entendían los sencillos y se escapaban en cambio a los sabios y entendidos.

Claro está que este planteamiento trae consigo una pregunta fundamental: ¿qué es hacer una experiencia de Dios? No una experiencia mística, en el sentido tradicional de la palabra, sino una experiencia “normal”, pegada a la realidad que se vive. La respuesta -o las respuestas- deberán ser objeto de una nueva columna.

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