Consiliarios de la JEC

La celebración de los 75 años de la JEC ha dado lugar a muchos recuerdos y reflexiones. Entre ellas, sobre el papel de los consiliarios.
Yo era uno de ellos y ésta es mi experiencia.

Antiguos militantes de la JEC en el encuentro. Barberá, arriba, tercero por la izquierda.

La mayor parte de mi vida pastoral ha transcurrido en parroquias. Tengo que confesar que siempre me ha gustado el ambiente de las parroquias, a las que incluso les he dedicado un libro. Es cierto que su título era La parroquia más o menos…

Más: es un lugar heterogéneo, en que hay mujeres y hombres, mayores y pequeños, sencillos e ilustrados, en el que conviven situaciones vitales muy diversas.

Menos: precisamente esa heterogeneidad obliga a un paso más lento, impide tomar decisiones radicales. Si Jesús vino a poner fuego a la tierra, de las parroquias no saldrá la antorcha que inicie la llama.

Combinándolo con esa labor parroquial he sido consiliario de la JEC. Primero de Madrid, después nacional y, finalmente, europeo.

Ya he contado muchas veces que llegué a consiliario de Madrid por sorpresa. El sacerdote que había renovado la JEC tras la crisis de los años 60 me invitó a una reunión, entró por una puerta, salió por otra y allí me dejó. Tuve, pues, que aprender todos sobre la marcha.

Lo primero, adaptarme a un movimiento eclesial en que el camino lo marcaban los laicos, estudiantes en este caso. El consiliario acompañaba, era el que aportaba una visión adulta y teológica pero las decisiones las tomaban ellos. Había un equipo permanente, constituido por dos o tres personas: justo al acabar la carrera, el presidente dedicaba tres años de su vida y los demás dos. Fue mi primera experiencia de que se podía confiar en los laicos, dejándoles la iniciativa.

Tuve que aprender que la JEC era un movimiento educativo, con la revisión de vida como instrumento y que pivotaba sobre la acción. Frente a comunidades católicas en general pasivas, la llamada a la acción era algo novedoso y en los tiempos del tardofranquismo, arriesgado. Hay que recordar que en la fricción con la jerarquía que dio lugar a la crisis se acusó a los movimientos de Acción Católica de «temporalistas». La reflexión sobre la espiritualidad de la acción me llevó más tarde a escribir un nuevo libro titulado Soy lo que hago.

He hablado de la revisión de vida. Como se sabe, tenía un primer momento en el ver. Se trataba de mirar la realidad -preferentemente aquella en que se actuaba- analizarla, comprenderla desde sus varios aspectos pero integraba también una visión más contemplativa. Es lo que se empezó a llamar lectura creyente una expresión feliz que no ha acabado de cuajar en la Iglesia. Aun poniendo el acento en la acción, se pretendía que los militantes adquirieran la capacidad de descubrir la trascendencia en la realidad cotidiana. Si el reino de Dios está en medio de nosotros, es preciso aguzar la mirada para poderlo descubrir. No se trataba, pues, de formar simplemente activistas sino contemplativos a la acción y ahí tenía un papel decisivo el consiliario.

Conozco poco la vida interna de otros movimientos de la Iglesia pero creo que es común en ellos el que haya una dirección más o menos rígida, ejercida por sacerdotes o por algún dirigente carismático. Como antes he dicho, en la JEC el camino lo marcaban los mismos militantes reunidos en asambleas anuales que trataban de tomar el pulso a la situación universitaria y al mismo movimiento. Tuve, pues, que aprender en qué consistía esa labor de acompañamiento que, según monseñor Rouet, obispo de Rouen, sería la tarea el sacerdote del futuro.

Quiero ahora volver a las parroquias. Su principal actividad es el culto, las eucaristías diarias y dominicales y los sacramentos de iniciación. En las eucaristías se solía (y se suele) impartir doctrina y, de pasada, se predica una moral. Cuando el culto, la doctrina y la moral han entrado en crisis, ¿Cúal debe ser el nuevo paradigma de la Iglesia?. En alguna parte he defendido que ha de consistir en acción y espiritualidad. La acción es absolutamente necesaria en un mundo en construcción, la espiritualidad se predica desde muchos ámbitos.

Pues bien, la JEC nos enseño -me enseñó- que éste era el camino del futuro de la Iglesia.

Carlos F. Barberá
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