Para la mayor parte de nuestros conciudadanos, la imagen de la esclavitud va ligada a la antigüedad de Grecia o de Roma o, en los tiempos modernos, a las grandes fincas del sur de los Estados Unidos. A cualquiera a quien se le interrogue, le vendrá a la mente la imagen de Espartaco o la de las plantaciones de algodón mantenidas por esclavos negros importados de África.
Puede que alguien se quede sorprendido si se le informa de que España fue uno de los más importantes países esclavistas.
Contemos, para empezar, una historia poco conocida. Cuando en 1649 emprendió Velázquez su segundo viaje a Roma, le acompañaba su criado Juan de Pareja, de quien pintó un famoso retrato, con el que le expuso, en un ejercicio de marketing avant la lettre, en el pórtico del Panteón. Hemos dicho “criado” y como tal se le ha denominado normalmente, pero, en realidad, se trataba de su esclavo.
Su historia es bien curiosa. Entrado al servicio del pintor sevillano, su tarea consistía en moler los colores y preparar los lienzos para su amo, sin que éste le permitiese ocuparse de cosa alguna que tocase el dibujo o la pintura. Según el relato que nos ha llegado de Palomino, Juan de Pareja aprendió a pintar a escondidas sin atreverse a revelárselo a Velázquez. Se le ocurrió, sin embargo, la siguiente treta: sabiendo que Felipe IV visitaba a menudo el taller de su pintor de cámara y pedía que le mostrasen los cuadros en que trabajaba y que estaban vueltos contra la pared, colocó Pareja uno pequeño suyo. Cuando el rey quiso verlo, se arrojó a sus pies, “y le suplicó rendidamente le amparase para con su amo, sin cuyo consentimiento había aprendido el arte, y hecho de su mano aquella pintura”. Felipe IV no sólo le concedió lo que le pedía, sino que ordenó a Velázquez su completa liberación, pues “quien tiene esta habilidad, no puede ser esclavo”. Finalmente fue en Roma cuando Velázquez le otorgó ante notario la carta de libertad con validez también para el reino de España, que había de hacerse efectiva a los cuatro años, a condición de que en ese tiempo no huyese ni cometiese actos criminales. Desde entonces pudo continuar libremente su carrera de pintor, especialmente de retratos, a la manera de Velázquez, pero también de cuadros religiosos, ajenos ya a su influencia.
Aquello ocurrió a mediados del siglo XVI pero hubieron de transcurrir tres siglos para que la esclavitud fuera abolida en España. Intelectuales como Jovellanos o Blanco White en el siglo XVIII, o Concepción Arenal o Castelar en el XIX, encabezaron movimientos abolicionistas y las Cortes de Cádiz tocaron el tema, pero no abolieron la esclavitud porque las plantaciones de azúcar de Puerto Rico y Cuba necesitaban mano de obra gratuita para subsistir. Por fin en 1886 se abolió la esclavitud en Cuba y por tanto en España.
Naturalmente, la esclavitud requiere negreros, como los que contribuyeron a la prosperidad de Cataluña, y en especial de Barcelona. Hoy subsisten dirigentes con alma de negreros: los que deciden el destino de los demás, los que abarrotan edificios sin ofrecer ninguna salida a sus ocupantes, los que están dispuestos a deportar a millones y mejor si se ahogan en el Mediterráneo. Y todo eso no para ganar dinero como los antiguos negreros, sino por pura afición esclavista. Seguro que lamentan no haber nacido dos siglos antes.

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