Cuando yo era niño, leía historias bíblicas y admiraba las ilustraciones. Veía las murallas medievales de la Jerusalén celeste adornadas con piedras preciosas, coronadas por el cordero místico y sostenidas por ángeles. Un día, contaba la historia, esta ciudad se dignaría bajar a la tierra. ¿Quién no querría visitarla alguna vez?
El pasado octubre pisé por fin Jerusalén, la ciudad tres veces santa, eternamente disputada, un sitio sagrado que no deja indiferente. Sin embargo, volví a España con un agudo sentimiento de insatisfacción que todavía me persigue. En apariencia, Jerusalén tenía todo para colmar mis expectativas: un casco viejo abigarrado y oriental que acoge a pueblos cargados de historia, donde cada piedra es memoria y el aire rezuma espiritualidad. Pero algo la diferencia del mero zoco turístico: es la única ciudad del mundo de la que existen dos versiones, claramente antagónicas, una en la tierra y otra en el cielo.

No fue solo la fe lo que me llevó a Jerusalén. Fui en medio de un grupo de peregrinos católicos, pero con más curiosidad y deseo de conocer que animus peregrinandi. Seguimos las huellas de Jesús y diversos héroes bíblicos por Israel/Palestina; recorrimos lugares repletos de basílicas casi recién erigidas, baratijas religiosas y masas arrodilladas haciendo cola para besar piedras, maderas y otros amuletos, aderezados con pequeños conatos de intifada.
En Jerusalén intenté no ver sólo centros de devoción o paisajes circundantes. Leí todo lo que me cayó en las manos y, sobre todo, miré alrededor. Vi parejas mixtas de soldados jovencitos “en alerta” flirteando con sus smartphones; vi mujeres arrastrando pesadas carretillas por la Vía Dolorosa como si cargaran una cruz, mientras un grupo de peregrinos las adelantaba, llevando de forma voluntaria –nosotros sí, pero entre varios- una ligera cruz de madera; vi judíos ortodoxos bajo el sol cubiertos por gorros de piel y abrigos propios del invierno ruso; vi niños con tirabuzones dormidos en la sinagoga del muro de los lamentos con las salmodias de la noche del sabbath; vi tejados salpicados de cisternas negras como moscas omnipresentes… Y, elevándose por encima de todo, oí el canto grabado de los muecines marcando el ritmo diario de las oraciones.
Hubo raros, pero profundos, momentos de emoción. Al alba, paseando por las callejuelas de la ciudad vieja, antes de que sonaran los gritos de los viandantes o retumbaran las primeras detonaciones. O rodeando las murallas por un vertedero mientras los tempranos rayos de sol iluminaban la cúpula dorada de la gran mezquita que ocupa la explanada del templo judío. Instantes preciosos en los que la Jerusalén terrestre parecía elevarse al cielo, arrancarse de la tierra.
En realidad, se produce el fenómeno inverso. La ciudad de entonces, la de Jesús, está desaparecida. Quedan otras: la romana, la bizantina, la árabe, la cruzada, la otomana, la israelí actual… Y, en lugar de elevar las miradas al cielo, todos se lanzan hoy a excavar en el subsuelo, buscando pruebas de no se sabe bien qué. Unos y otros se dan codazos en las profundidades de la tierra, en túneles y cimientos, en criptas y pozos, cuya propiedad se precipitan a reclamar. A falta de poder ampliar la casa, han decidido agrandar el sótano.
En Jerusalén no hay israelíes y palestinos; hay judíos en una parte y musulmanes en otra. Separados por una frontera bien palpable, pero al menos en casa. Los cristianos, en cambio, no estamos de verdad. La inmensa mayoría vamos de paso. Los pocos que viven allí parecen extraños y, con frecuencia, mal encarados, como situados artificialmente en un sitio que no les corresponde, como hartos de esos peregrinos/turistas a los que acaban haciendo sentir a su vez esa indefinible extrañeza.
En vez de interesarnos por los que nos rodeaban –que es como me enseñaron a mí a ser cristiano-, pasamos evitando a los musulmanes el viernes, a los judíos el sábado, nadando desorientados en medio de un archipiélago en busca de islotes en los que sentirnos seguros. Vimos basílicas, huertos, santos sepulcros y ruinas de lo que fue o pudo haber sido. Miramos nuestra Jerusalén celeste. Eludimos la Jerusalén terrestre.
Y comprobamos algo sabido: en ningún otro sitio del mundo se evidencia mejor la división de los cristianos. En una tumba sin cadáver, que Santa Elena descubrió oportunamente para “santificar” y apuntalar el imperio bizantino de su hijo. Y a la que, desde entonces, han acudido millones de cristianos.
Pero yo, ante el santo sepulcro, no sólo no sentí sobrecogimiento, sino que recordé la cita evangélica: “No busquéis entre los muertos al que está vivo” y me pregunté qué hacíamos allí. ¿Qué buscamos mirando y palpando una fría losa? El cristianismo vivió sus primeros años y mucho después sin Jerusalén y se extendió por el orbe. ¿Es necesario mantener la presencia allí, reclamando nuestro trocito de pastel? ¿Sirve para que enraíce la paz en la tierra en la que Jesús fue a morir? ¿O contribuye con sus justas exigencias y sus tensiones fraternas a hacer más borroso el espejismo de la Jerusalén terrestre?
Naturalmente, regresé sin respuestas. Y con la insatisfacción que decía al principio. Creo que estoy condenado a volver. Ya les contaré.
