Una carta para Andrés Gallego

«Andrés Gallego -a la derecha- junto a Gustavo Gutiérrez».

Hace unas semanas nos dejó Andrés Gallego García en Lima (Perú). Andrés llegó a Perú en 1975. Pasó veinte años sirviendo en el sur andino, compartiendo de cerca la vida, la esperanza y las dificultades de sus comunidades. A mediados de los años 90 se trasladó a Lima, donde continuó su misión desde múltiples espacios: formó parte del equipo editorial del Centro de Estudios y Publicaciones y del Instituto Bartolomé de las Casas, fue párroco de la parroquia Cristo Redentor del Rímac, acompañó al Movimiento de Profesionales Católicos (MPC) y enseñó Teología en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), entre muchas otras tareas y presencias.

Andrés fue y significó muchas cosas para muchas personas. Pero, por encima de todo, fue un amigo entrañable y un referente para generaciones de estudiantes y jóvenes. Andrés fue mi amigo. Nos conocimos cuando yo era niña y me colaba, sin permiso y con curiosidad, en las reuniones de comunidad de mis padres, donde él era asesor. Aun así, nuestra amistad tomó cuerpo mucho después, cuando ingresé a la PUCP y llevé con él el curso Creer en Jesucristo hoy.

Unos años más tarde, mi madre cayó en coma. Recuerdo que, a los pocos días, nos sentamos en una banca de la facultad. Mientras le contaba lo sucedido, Andrés rompió en llanto: un llanto hondo, sincero, lleno de dolor compartido. Al verlo llorar, yo también lloré —era la primera vez que lo hacía desde que todo ocurrió. Andrés me enseñó a llorar a mi madre. Desde entonces, se volvió mi amigo, mi confidente y mi acompañante. Lo buscaba en su oficina del Departamento de Teología y siempre encontraba tiempo para hablar conmigo. Su amistad —como también la de Luis F. Crespo, Rosa Castro, Consuelo del Prado y Felipe Zegarra (Pipo)— me sostuvo durante muchos años.

La empatía y la calidez de Andrés lo hacían profundamente humano. Una humanidad que recordaba a la de Jesús. En los retiros del MPC y en su curso, lo escuché muchas veces hablar con alegría y pasión sobre la humanidad de Jesús. “¿Qué significa ser humano?” —así comenzaban sus clases. En un tiempo marcado por relativismos y certezas frágiles, donde se habla de vínculos “líquidos”, Andrés nos invitaba a preguntarnos por la vida y su sentido. Después llegaban sus preguntas sobre Jesús de Nazaret: “¿Fue realmente hombre? ¿Tiene su humanidad algo que decir a la nuestra?”. Desde allí desplegaba una mirada creyente sobre el ser humano, sus luces y sus búsquedas. Esa pregunta —¿qué significa ser humano?— sigue resonando en mí, veinte años después.

Han pasado apenas unas semanas desde tu partida, Andrés, y aquí, desde este otro rincón del mundo (Australia), muchos me preguntan cómo pude tener un amigo que me doblaba la edad, que era cura, y cuya muerte lloro más que la de un familiar. Sus preguntas me hacen pensar en la importancia de tu vida y en la suerte de haberte tenido en la mía.

Buscando consuelo estos días, escuchaba a otro querido amigo, Pepe Moreno (asesor del Movimiento de Profesionales Cristianos en España), decir que la santidad está hecha de trozos de vida en personas sencillas y anónimas que van haciendo esa trama divina con hilvanes humanos. En estos días de duelo —a un año de la partida de Gustavo Gutiérrez— me preguntaba si nuestros referentes de vida se nos están yendo y me sentía huérfana en medio de una sociedad donde las claves de la felicidad y el éxito son el dinero y el placer. Pero al recordar tu vida, Andrés, vuelvo a creer y a esperanzarme en que hay otras claves posibles: la misericordia, la empatía, el servicio, la justicia… Doy gracias por los referentes santos que he encontrado en mi camino, y tú, Andrés, eres uno de ellos.

Quedamos en abrazarnos en diciembre, cuando yo regrese a Lima. Pero no hubo tiempo. Quiero pensar, sin embargo, que nunca nos despediremos del todo, porque nos seguiremos encontrando siempre en el camino… en ese camino de militancia y fe que me enseñaste a vivir.

Gracias, Andrés, por tu vida y tu amistad. Gracias por enseñarme a ser humana… y a llorar.

Autoría

  • Ana Gamarra Rondinel

    Peruana de nacimiento, pero ciudadana del mundo en la actualidad. Hace más de una década, en Perú, de la mano de Gustavo Gutiérrez - padre de la Teología de la Liberación - descubrí que debía (y podía) poner la economía al servicio de la vida. Llegué a Europa con este objetivo, pero me topé con el 15M y los grandes recortes al Estado de Bienestar. Esos años me marcaron tanto que decidí enrumbarme por el mundo de la fiscalidad. Terminé viviendo en Bélgica en búsqueda de más herramientas para poder hacer propuestas serias y reales desde el mundo de la tributación. Hace poco terminé el doctorado en economía pública y ahora me dedico a estudiar el impacto de las políticas fiscales en la eficiencia económica, el bienestar económico y la recaudación tributaria. Los nuevos aires me llevan a desempeñar estos análisis en Melbourne Institute: Applied Economics & Social Research (University of Melbourne). Creo firmemente que  los impuestos son una herramienta de transformación social, instrumentos de cambio sobre todo en los países pobres. Mi apuesta personal es ¿cómo hacer que la fiscalidad tenga rostro humano? Actualmente, soy militante en el Movimiento de Profesionales Cristianos (PX), colaboradora en la revista Páginas-CEP (Perú) y Análisis Tributario-AELE (Perú) y desde hace dos años pertenezco a este Consejo de Redacción. Contacto: www.anagamarra.com

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