¿Se están haciendo las “sectas” evangélicas con los hilos del poder mundial al socaire de la corriente populista que ha provocado la crisis económica? En apenas unos meses han acabado con el gobierno izquierdista de Dilma Rousseff en Brasil; tumbaron el primer acuerdo de paz de Colombia porque, entre muchas otras cosas, hablaba de matrimonio homosexual; y ahora, dicen, han llevado en volandas a Donald Trump a la Casa Blanca.
Sí y no. Que los evangélicos blancos –caladero tradicional republicano- han ayudado va de suyo. No es extraño que el 81 por ciento de ellos le hayan votado. Pero no han sido los únicos. Del análisis de los resultados se impone una constatación: a Trump lo han elegido los cristianos. Todos confundidos: los evangélicos, el conjunto de protestantes (60 por ciento) y los católicos (52 por ciento frente al 45 de Clinton). Con el agravante, si así puede decirse, de que la mitad del electorado católico es de origen hispano…
Por contra, los judíos votaron en su mayoría (71 por ciento) por Clinton, al igual que los que se declaran sin religión (68 por ciento). Los evangélicos negros e hispanos (que no llegan al 6 por ciento de total), también apostaron por la candidata demócrata.
[quote_right]Peale admiraba a los hombres de negocios ricos. Su mensaje resuena hoy en el denominado “Evangelio de la Prosperidad”[/quote_right]
Puede parecer paradójico ese apoyo al, posiblemente, presidente menos religioso de la historia. Pero tiene su explicación. Evangélica, claro. El presidente electo fue bautizado y confirmado en la calvinista First Presbyterian Church de Queens, en Nueva York. Pero, en los años sesenta, sus padres se cambiaron a la Marble Collegiate Church, en la Quinta Avenida de Manhattan, atraídos por la personalidad de su pastor, Norman Vincent Peale, de inclinación evangélica y perteneciente a la Reformed Church in America. Trump celebró allí sus dos primeros matrimonios.

Peale, autor del best-seller The Power of Positive Thinking (Video yo no disponible) (El poder del pensamiento positivo), predicaba el optimismo y el triunfo, tanto materiales como espirituales. En su libro, desarrolló una especie de teología del éxito que preconizaba la confianza en uno mismo como filosofía de vida, lo que encajaba perfectamente con la cultura de la familia Trump: hacer todo para ganar, no vacilar nunca en saltarse las reglas y no ceder ni rendirse nunca.
“Creed en vosotros. Tened confianza en vuestras capacidades”, proclamaba el pastor al enunciar sus diez reglas para superar las “actitudes inadecuadas” y “reforzar la confianza en vuestros poderes”. Regla número uno: “Formular e impregnar el espíritu de una imagen mental de ti mismo como alguien que ha triunfado”. De ella se deriva el resto: “Mantener esa imagen con tenacidad”, “referirse siempre a ella cualesquiera que sean las circunstancias”, “no pensar jamás que eres un fracaso”, “suscitar un pensamiento positivo cada vez que uno negativo sobre tus facultades personales te viene a la mente”, “minimizar los obstáculos” o “hacer una estimación de tus capacidades y aumentarla un diez por ciento”.
El pastor Peale admiraba a los hombres de negocios ricos. Su mensaje resuena hoy en el denominado “Evangelio de la Prosperidad” que promueve un grupo de teleevangelistas, según el cual Dios elige recompensar a ciertas personas con riquezas materiales. Entre ellas, naturalmente, estarían los Trump, señalados por el dedo divino. Ni que decir tiene que estos telepredicadores, como Darrell Scott o Pat Robertson, lo han apoyado fervorosamente.
Es cierto que Trump no encarna precisamente los valores del Evangelio, durante la campaña se equivocó varias veces al citar la Biblia y hasta llegó a calificar a Jesús y sus seguidores como perdedores. Pero se rodeó de cristianos ultras reconocidos, entre ellos su vicepresidente, Mike Pence, e intentó ganarse el voto de los creyentes. Y supo manejar el comodín de la religión mucho mejor que Clinton.
[quote_right]Para la mayoría de los cristianos estadounidenses, la cuestión del aborto es central[/quote_right]
Su discurso simple oponiendo el bien y el mal, sus eslóganes como “América debe seguir siendo cristiana” o “Fuera los musulmanes” y sus declaraciones homófobas, antiabortistas y políticamente incorrectas le granjearon desde el principio el apoyo cristiano conservador. Hasta el punto de que el cardenal Burke, el principal opositor del papa en el sínodo de la familia, se ha mostrado muy satisfecho con su victoria porque “comprende muy bien los valores profundos del catolicismo”.
Para la mayoría de los cristianos estadounidenses, la cuestión del aborto es central. Al igual que la de la libertad religiosa, que Trump se comprometió en octubre a garantizar en una carta dirigida a la Conferencia anual de responsables católicos. Muchos de ellos se han sentido despreciados o, incluso, perseguidos por la administración Obama y su ley de sanidad, que obliga a los empleadores –entre ellos, las congregaciones religiosas- a financiar los métodos contraceptivos de sus trabajadores.
Las torpezas del campo Clinton hicieron el resto entre los católicos dubitativos. La revelación también en octubre de un intercambio de mails del equipo demócrata sobre la necesidad de “organizar una primavera en el interior de la Iglesia para hacer avanzar las ideas progresistas” escritos, para más inri, con tono condescendiente, acabó de inclinarles hacia el lado contrario.
Lo empezarán a pagar, pronto, los primeros inmigrantes que, al parecer, no forman parte de los “valores profundos del catolicismo”.
