El potencial pacificador de las religiones

Este mes de abril en el que ha coincidido la Pascua cristiana, judía y el Ramadán, se echa de menos una declaración conjunta de los líderes de las tres religiones occidentales más importantes para pedir el cese de la violencia venga de donde venga y crear una nueva mesa para la Paz

Las grandes religiones suelen ser víctimas de los extremistas que promueven la violencia en contra del diálogo.
Imagen tomada de religión digital.

Mensajes parecidos han salpicado las redes sociales. A esta coincidencia se une el 60 aniversario de Pacem in Terris, la última encíclica de Juan XXIII, publicada el Jueves Santo de 1963, pocas semanas antes de morir. El llamamiento del papa Roncalli, pidiendo “Una paz entre todos los pueblos que se funde en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”, iba dirigido “A todos los hombres de buena voluntad”, no sólo a los católicos, y fue un aldabonazo en las conciencias de muchas personas, dirigentes incluidos.

Pacem in Terris surgió en el momento más tenso de la Guerra Fría con la construcción del muro de Berlín, la crisis de los misiles de Cuba, la guerra de Vietnam, la seria amenaza nuclear…,contribuyendo, sin duda, al apaciguamiento. No faltan voces que agoran que estamos en un punto similar de tensiones. No es sólo la agresión de Rusia a Ucrania, sino todos los conflictos que afectan a diversas zonas del mundo: Siria, Israel y Palestina, Túnez, Haití, Sudán, Myanmar, Etiopía, Yemen, Congo…, así como las amenazas islamistas en el continente africano, de China sobre Taiwán o de Corea del Norte contra todos sus vecinos.

Francisco ha seguido la estela de su predecesor y clama día tras día -en el desierto- por la paz, intentando mantener un equilibrio que no gusta a muchos. Sin embargo, los tiempos han cambiado. Los reiterados llamamientos han acabado por parecer rutinarios. ¿Tiene sentido hoy apelar en tal contexto a las religiones? ¿Escucharía hoy alguien a sus líderes? ¿Se oiría siquiera su voz? ¿Están legitimados para pedir el fin de la violencia cuando la religión es todavía un componente activo de la mayor parte de las guerras actuales?

Echemos un rápido vistazo, por fuerza superficial, al panorama interior que presentan las tres religiones monoteístas occidentales:

-La Iglesia católica vive la mayor contestación interna hacia un papa de los últimos cinco siglos, en la que empieza a valer todo.

-La Comunión anglicana, ejemplo de consenso hasta ahora, acaba de partirse por la mitad tras el abandono de diez iglesias nacionales que ya no reconocen el primado de la Iglesia de Inglaterra y han formado su propia asociación por rechazar la bendición de parejas homosexuales.

-El patriarca de la Iglesia ortodoxa de Moscú, Kyrill, referencia de las iglesias orientales eslavas, apoya con ardor la guerra de Rusia contra Ucrania, de cristianos contra cristianos, en nombre de Dios y la moral. Y se niega a reconocer como hermano a su homólogo Bartolomeos, patriarca de Constantinopla y cabeza simbólica de la Iglesia ortodoxa.

-Otros dirigentes cristianos repartidos por el mundo, como los protestantes de Irlanda del Norte o los evangélicos de Brasil, se niegan a reconocer a sus respectivos gobiernos legítimos salidos de las urnas.

-Sin mencionar a los islamistas radicales que asolan África, el Islam asiste a un enfrentamiento continuo y sin merced entre sus dos facciones: chiíes y suníes, encabezadas por Irán y Arabia Saudí.  Ahmed el-Tayeb, gran imán de la mezquita de Al-Azhar, en El Cairo, considerado la máxima autoridad islámica por la corriente mayoritaria suní, lleva años exhortando a la paz -a veces junto a Francisco- con el mismo éxito que el papa.

-En cuanto a los judíos, los más influyentes hoy son los religiosos ultraortodoxos que forman parte del gobierno de Israel y estimulan acciones como el reciente asalto a la mezquita de Al Aqsa en Jerusalén, que han provocado una nueva escalada de violencia en la zona.

Fuentes de paz

Los telediarios nos sirven cada día fanatismos religiosos de todos los colores. La religión aparece como causa de conflictos y guerras en numerosas partes del mundo: entre ortodoxos en Europa del Este; entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte; entre judíos y musulmanes en Israel; entre hinduistas y musulmanes en India y Pakistán; entre musulmanes y cristianos en Indonesia…

¿Causa de conflictos? Digámoslo alto y claro: ¡No! Las religiones son, en realidad, otras víctimas de la violencia. Es más: son, por naturaleza, fuente de paz. Lo expresó muy bien hace unos años el jesuita Esteban Velázquez: la regla de oro de la convivencia humana –“Haz a los demás lo que quieras que hagan contigo mismo”- tiene su origen en la sacralidad de todo ser humano. En esta regla de oro se basan las enseñanzas éticas de prácticamente todas las religiones: “no matarás”, como fundamento de la no violencia; “no robarás”, como fundamento de la justicia y la solidaridad; “no mentirás”, como fundamento de la verdad y la transparencia.

Para que haya paz no basta con la caridad o la tolerancia. Hay que ir contra las causas injustas que provocan la violencia. Valga para ilustrar esta aseveración lo que dijo el teólogo protestante sudafricano Alan Boesak, durante un debate de la Alianza Reformada Mundial que pretendía dar a luz una declaración sobre la paz mundial: “En este documento, la palabra “nuclear” se usa cierto número de veces, pero ni siquiera he visto una sola vez la palabra “hambre”. En mi pueblo, las personas no comprenderían la palabra “nuclear”, pero saben muy bien lo que quiere decir el hambre y la pobreza”. 

El recurso a las religiones

A partir de esta ética –que algunos llaman moral- compartida, las religiones tienen un indudable potencial pacificador y son hoy percibidas y reclamadas como mediadoras en la resolución de numerosos conflictos. La decisiva intervención de la católica Comunidad de San Egidio –auspiciadora del encuentro interreligioso por la paz que cada año reúne a múltiples líderes de todo el mundo- en las negociaciones de paz que acabaron con las guerras civiles en Guatemala o Mozambique son bien conocidas.

El recurso a las religiones se considera hoy necesario para cimentar la paz, pero no basta. Si las religiones quieren la paz, tienen que demostrarlo empezando por ellas mismas. Es la conocida tesis de Hans Küng: no habrá paz en el mundo si no hay paz entre las religiones, no habrá paz entre las religiones si no hay diálogo y no habrá diálogo interreligioso sin normas éticas globales. Es decir, no se trata de ver quién detenta más parte de la verdad o de cómo conciliar los dogmas teológicos; se trata, como dice el pensador islámico Tarik Ramadán, de “Buscar un terreno de entendimiento sobre la dignidad de todas las personas, sobre los problemas políticos, sociales, económicos que aquejan a la humanidad, sobre los retos del mundo contemporáneo”.

Entretanto, con frecuencia al margen de los líderes jerárquicos o espirituales, el diálogo entre las religiones se está abriendo paso en situaciones concretas de solidaridad y lucha a favor de las personas vulnerables en diversos puntos de la tierra. Y con esta actitud, los creyentes –de la religión que sea- se están ganando a pulso la consideración de su papel insustituible en la construcción de un mundo mejor para todos los seres humanos.

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