Pepe Martínez de Velasco: La nostalgia peor

Pepe Martínez de Velasco, periodista y persona de verdad, ser humano compasivo y lleno de pasión por las historias que merecen ser contadas y nadie cuenta, falleció el pasado viernes 10 de abril de 2020 a causa de esta maldita pandemia llamada coronavirus que tanto nos está arrebatando. Dice Joaquín Sabina que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Me temo que tendré que vivir con la añoranza permanente de no haberme tomado con Pepe, al menos, un último vino.

He de confesarles que no le conocí tanto y que escribo con un cierto sentimiento de impostor. Sin embargo, algo dentro de mí se rompió cuando supe de su fallecimiento y estas letras son una manera de convocarle finalmente a ese último vino, a repasar juntos nuestra amistad y a contarnos la vida (o, en este caso, la muerte).

Pepe Martínez de Velasco en la presentación del libro "Lobos con piel de pastor". Foto: Álvaro Santos, Editorial San Pablo.
Pepe Martínez de Velasco en la presentación del libro «Lobos con piel de pastor». Foto: Álvaro Santos, Editorial San Pablo.

Pepe y yo nos vimos en tres ocasiones. Todas ellas tienen que ver con la amiga común que nos presentó, la inigualable Mariángeles López Romero, incansable tejedora de encuentros y sueños. La primera vez fue en un Consejo de Redacción ampliado de la revista 21. Editada por los Sagrados Corazones y con Mariángeles al timón de la redacción, esta publicación mensual era un cruce de caminos en donde soplaba un viento de periferia y libertad raro en publicaciones religiosas. Yo colaboraba con la publicación en esto y en lo otro, pero Pepe era uno de sus pilares. Redactor jefe de nacional en la Agencia EFE y presidente de la Asociación de Periodistas de Información Religiosa (APIR), sus ojos de mar escrutaban la vida de la Iglesia con una curiosidad tan apasionada como escéptica.

Pepe y yo terminamos la reunión como las terminan los periodistas, arreglando el mundo enfrente de un gintonic. Aquella fue la primera vez que le escuché, alucinado, relatar la aventura que fue escribir Los Legionarios de Cristo. El nuevo ejército del Papa y Los papeles secretos de los Legionarios de Cristo. Publicados cuando el fundador del movimiento Marcial Maciel era casi omnipotente, estos libros empezaron a desenmascarar el monstruo que se escondía tras una máscara de falsa santidad. Aunque no lo decía, se notaba que el proceso de investigación le estaba devorando por dentro, pero él seguía adelante, recopilando testimonios de ex legionarios cuyo paso por la congregación había transformado su vida en trauma, para publicar el tercer libro de una planeada trilogía. Nos despedimos, si no ya amigos, desde luego yo convertido en un ferviente admirador, con la esperanza de que 21 nos volviera a reunir pronto.

Las cosas se torcieron en muchos sentidos después de este primer encuentro y pasaron bastantes años antes de volver a vernos. Entonces él se había jubilado y por mi parte, había regresado a España para sustituir a Mariángeles como redactor jefe de 21. Además, yo había aceptado escribir un libro sobre la crisis de pederastia dentro de la Iglesia Católica, un tema que tenía mucho que ver con las investigaciones de Pepe sobre los Legionarios pues Maciel fue, entre muchas otras cosas, un devorador sexual de menores. Pepe y yo recordarmos con cariño nuestro primer encuentro y yo intenté convencerle de que, tras un tiempo disfrutando su retiro, volviera a aportar su talento y pasión a la revista. Él prometió pensárselo.

A mí me echaron pronto de 21, pero, afortunadamente, la semilla de nuestro tercer encuentro ya estaba plantada. Cuando a principios de 2018 entregué a Mariángeles el primer borrador del libro Lobos con piel de pastor. Pederastia y crisis en la Iglesia Católica, ella me dijo que sería bueno contar con un prologuista. El nombre de Pepe se impuso como evidente. Le llamé para planteárselo y me agradeció haber pensado en él, pero me dijo que antes de decidir nada tenía que leer el texto. Pepe era insobornable y, a pesar de estábamos hablando del proyecto de una querida amiga y un, digamos, simpático conocido, quería asegurarse de no estar participando en una operación de blanqueo de cara. Devoró el texto y al cabo de dos o tres días, quedamos a comer. Me confesó que el libro le había removido mucho, pero también me dijo que le había gustado y que escribiría el prólogo. Era una persona muy generosa.

Afortunadamente, este tercer encuentro se prolongó en sucesivas citas -incluyendo la presentación del libro algunos meses después- en las que Pepe me volvió a dar lecciones de periodismo, generosidad, compromiso y humanidad. El último de ellos fue, hace ya demasiado tiempo, en los alrededores de El Retiro. Terminamos picando algo en el jardín de Casa Árabe y prometiendo volver a vernos pronto. Sin embargo, los meses fueron pasando y lo único que se sucedieron fueron las llamadas para felicitarnos esto o lo otro, comprobar que estábamos más o menos bien y renovar nuestra promesa nunca cumplida de vernos. Así fue hasta que llegó la maldita hora en que supe que esa promesa permanecerá rota y que ni tan siquiera podré despedirme de ese amigo que fue, por un periodo tan breve de tiempo como amplio de afecto, Pepe Martínez de Velasco.

Espero que la tierra te sea leve, Pepe, pero sobre todo, espero que exista algún sitio más allá de este tiempo y de este espacio en el que algún día pueda llegar a tu mesa en el Trastevere, sentarme, pedir un vino, escuchar tus explicaciones sobre cómo es la eternidad y acabar con esta maldita nostalgia.

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