Cuando yo era pequeño tenía que tomar el metro para ir al colegio cuatro veces al día. En aquel tiempo -hablo de los años cuarenta- se permitía fumar en los andenes pero no en los vagones, de modo que, cuando llegaba el convoy, muchos tiraban la colilla -sin filtro, claro está- aun no consumada del todo. Había entonces algunos avispados que, con una caja de betún unida a una cuerda recuperaban de entre las vías esas colillas que, desmenuzadas, se vendían en la calle como tabaco para liar.
He recordado esta anécdota como muestra del clima de pobreza en que muchos vivían. Y ésta me parece que era la razón de la presencia de los pobres pidiendo a la puerta de las iglesias.
Pasó el tiempo, llegó otro de mayor nivel económico y los pobres desaparecieron de los atrios parroquiales.
Sin embargo, paradójicamente, ese espectáculo de los pobres en la puerta volvió a producirse y ha llegado hasta hoy. A mi modo de ver, como una consecuencia no tanto de la pobreza sino de la desigualdad.
Tengo que confesar que ese espectáculo me ha producido siempre una cierta desazón. Los “ricos” dentro, celebrando sus ritos y los pobres fuera, esperando una limosna de los fieles practicantes.
A veces he narrado una historia que me contó un cura de Madrid ya fallecido, Julio López Sainz de Rozas. Estaba sentado al fondo de una iglesia en la que se celebraba una ordenación. De pronto un hombre mal trajeado entró en el templo y empezó a caminar por el pasillo central en dirección al presbiterio. Cuando ya casi lo alcanzaba alguien salió de los bancos, le tomó del hombro, le fue conduciendo hacia la salida y le echó. Julio le invitó a sentarse a su lado y charló con él algún tiempo. Se trataba de un mendigo portugués que se llamaba Emmanuel. Toda una parábola.
Hace unos meses, en una parroquia cercana a mi casa trabé una pequeña relación con una chica rumana que pedía a la puerta. Decidí entrar y procurarme acaso más información sobre la historia que había contado. La cosa empezó mal porque al cura que me recibió, al que tenía que conocer, no lo reconocí porque cada vez veo peor y cada vez soy peor fisonomista, pero sobre todo porque estaba más viejo y más gordo. Me dijo que las rumanas iban y venían, me acusó de ir a espiarlos y me echó con cajas destempladas. Me di cuenta de que aquel asunto de los pobres en la puerta no le interesaba en absoluto.
Pero en el caso contrario, si el hecho se vive como algo evangélico, ¿qué se debe hacer? Mi opinión es que la parroquia debería tomar a cargo a esas personas. Es decir, acogerlas, conocer su historia, buscar soluciones, ayudarlas si es posible o derivarlas a organismos más competentes.
No cabe duda de que la picaresca existe. En una parroquia en la que yo era párroco, cercana al hospital Gregorio Marañón, hubo una temporada en que un hombre que estaba ingresado bajaba en pijama a pedir a la puerta. Supimos que vivía en un piso muy barato de protección oficial y le animamos a que lo compartiera. Nos contestó muy digno que él no iba a meter a nadie en su casa, de modo que anunciamos en las misas que nadie le diera nada.
En otra ocasión, en cambio, logramos colocar a otro como jardinero de la colonia en que estaba enclavado el templo.
En la película Sabrina el padre de la protagonista, chófer en una casa de ricos, le repetía: acuérdate de que hay asientos delanteros y traseros y un cristal que los separa. En cambio, San Pablo predicaba a los romanos que todos formamos un solo cuerpo, una frase con múltiples aplicaciones. Una de ellas es evitar que formemos dos cuerpos separados por la cancela de los templos: los de dentro y los de fuera. Los piadosos que celebran y los que confían en esa piedad que realmente nunca suele ser muy grande.
