Todo el mundo ha valorado como un éxito la visita del papa León XIV a España. Todas sus alocuciones, discursos, sermones, han tenido gran profundidad en su fondo y en su forma y hay palabras que se han repetido una y otra vez: periferias, pobres, empobrecidos, vulnerables, inmigrantes, acogida, atención, integración.
Pues bien, a las pocas semanas de su visita, la Comunidad Autónoma de Madrid ha decidido retirar el abono transporte a todos los que no estén empadronados en ella.
Quiero contar una historia personal: hace unos meses me paré en la calle de Goya a hablar con un señor que pedía limosna de forma muy organizada -por ejemplo, daba un número para poder enviar un bizum-. Me dijo que su problema era que no encontraba trabajo porque no estaba empadronado.
Allí le dejé entre sus cartones, pero más tarde me lo pensé mejor y le llamé para comunicarle que había decidido empadronarle en mi casa. Me costó llamar quince mañanas al Ayuntamiento para poder lograr una cita que al final me emplazó a las 8:30 de la mañana en el barrio de Usera. Le llamé el día antes para que acudiera puntualmente, pero me dijo que había encontrado un trabajo en Valencia y que se iba para allá. La verdad es que respiré con cierto alivio. Nunca es seguro en qué te metes empadronando en tu casa a un desconocido.
Una de las moralejas de la historia es que en Madrid es difícil empadronarse y para muchas personas es literalmente imposible.
Parece que la medida ha afectado a unas 20.000 personas de diverso tipo, entre ellas estudiantes, trabajadores que viven fuera de Madrid, pero sobre todo a pobres que no tienen posibilidad de lograr un empadronamiento: personas que viven en la calle, inmigrantes sin papeles, residentes en habitaciones en pisos subarrendados…
¿Y por qué se penaliza a esas personas? Sencillamente porque son pobres.
Ya se sabe que la teoría neoliberal sostiene -dicho muy en resumen- que la sociedad moderna ofrece muchas oportunidades. Quien no quiere o no sabe aprovecharlas, él es el culpable. Quienes son pobres tienen la culpa de serlo. Tratar de ayudarles es favorecer la incuria o el desinterés. Y es, además, contraproducente. Ayudar a los pobres es mantenerlos en su estado de dependencia. Por el contrario, si no se les ayuda se les está obligando a salir por sus propios medios. Esa es la ayuda verdaderamente eficaz.
Naturalmente, todo es una falacia. Frente a una serie de avances técnicos y económicos, la sociedad moderna produce pobres. EE.UU, la mayor potencia del mundo, tiene unos 50 millones de pobres. Como ya argumentó Walter Benjamin, ellos son el subproducto del progreso.
Una cultura humanista y cristiana luchará a favor de los empobrecidos para integrarlos en una sociedad más igualitaria. El baremo de esa sociedad es que se dé de comer a quien tiene hambre y se acoja a quien es forastero. Por suerte, la medida que comentamos ha provocado el rechazo de numerosos grupos, más de treinta de talante católico.
Los liberales que nos gobiernan no lo ven así y añaden además un tono de sarcasmo: en el transporte público hay rebajas que pretenden ayudar a determinadas personas, con la condición de que estén empadronadas. Una condición que muchos no pueden cumplir aunque quieran. Pues bien, que se aguanten y se espabilen, que bien merecido se lo tienen. Es que son pobres.
