Sobre monjas y conventos. Manual de buenas prácticas

El tema monjas y conventos está de moda últimamente y no solo por las de Belorado, ahí están también Rosalía y sus atuendos, Los Domingos o la genial Instrucción de novicias. Vidas del convento barroco para guiar tu presente.Aprovechando este repentino interés, y previendo que durará poco, es un buen momento para ampliar informaciones a quienes comentan, por ejemplo: “Ahora casi no se ven monjas; antes se las veía en la calle, en los hospitales, en los colegios, en los trenes, ¿dónde se han metido?”.

Intento contar “dónde nos hemos metido” empezando por aclarar términos: monjas son las que pertenecen a antiguas órdenes religiosas y suelen estar en monasterios y conventos; las religiosas pertenecemos a congregaciones -con nombres y modalidades infinitas como las arenas del mar- y, aunque no hemos desaparecido, somos muchas menos, bastantes no llevamos hábito y ha disminuido nuestra presencia en la sanidad y en instituciones educativas.

¿Qué ha pasado? Pues, que, a las generaciones tan numerosas que llenaron conventos y monasterios durante gran parte del siglo XX, ha seguido en los países del Norte un notable descenso de entradas en la vida religiosa. El momento actual requiere mucho valor y creatividad: toca reestructurarse, unir provincias, agrupar regiones, reajustar comunidades y cerrar casas; y como en casi todas las congregaciones la edad media es altísima, surge la temida pregunta: ¿Y si desaparecemos?

Podemos responder a ella haciendo tonterías: negar lo que está pasando por miedo a afrontar la situación, lanzarnos atolondradas a la captura de vocaciones, importar jóvenes de los mares del Sur para que cuiden de nosotras y sostengan nuestras instituciones… Afortunadamente suele predominar la sensatez y este sería un manual de buenas prácticas:

Afrontar con lucidez y cordura la situación y prepararnos para la visita de Doña Nostalgia, Doña Pérdida y Don Desconsuelo, que llegan con su banda sonora de lamentos, ayes y lágrimas. Dejarles pasar, saludarles educadamente y permitir que se expresen con libertad, sin prolongar demasiado su visita. Poner cerrojos y alarmas para evitar la entrada de Don Qué-hemos-hecho-mal y de Doña Culpabilidad, pareja altamente tóxica que incordia mucho, no aporta nada bueno y es resistente al desalojo.

Una vez concluido ese duelo sanante, despojar el término disminución de las etiquetas de drama o de catástrofe: mirarla sencillamente como una consecuencia de la contingencia y la finitud que nos alcanzan, tanto en lo personal como en lo institucional: la promesa de estabilidad solo la tiene la Iglesia.

En un ejercicio de visualización, esta sería una maqueta de la situación fijándome en mi propia congregación: nacidas en 1800, en los años 60 llegamos a ser 7.000 muy desparramadas por el mundo y ahora somos 2.000. Eso quiere decir que, a lo largo de 226 años, hemos pertenecido a este colectivo unas 35.000 mujeres viviendo de manera autónoma y “autogestionaria”, sin padre fundador -la nuestra es mujer-, sin autoridad de varones, sin padres ni hermanos mayores, sin “jefes”, aunque con apoyo de consejeros, amigos y compañeros.

Hemos atravesado dos guerras mundiales, varias revoluciones y guerras civiles, viviendo bajo dictaduras, gobiernos de derechas o de izquierdas, leyes cambiantes, transformaciones culturales y políticas, expulsiones y persecuciones.

Hemos atravesado crisis internas, cambios profundos en la teología, la espiritualidad, las costumbres, las formas de vida comunitaria, las relaciones, la autoridad,  la misión. Hemos tomado decisiones significativas y a veces traumáticas, hemos viajado arriesgadamente para fundar en otros países, hemos soportado una visita canónica grave y dialogado penosamentecon el Vaticano en tiempos muy difíciles. Hemos gestionado obras educativas y construido edificios, estudiando y aprendiendo lenguas, abriendo y cerrando casas, desplazándonos de grandes instituciones a pequeñas comunidades en barrios. Todo esto en medio de aciertos y errores y tratando de aprender de todos ellos.

¿Qué toca aprender ahora? Pues a gestionar creativamente el presente y enfrentar animosamente el futuro, sin perder ese tipo de alegría que, según Jesús, no nos puede quitar nadie. Hay que conjugar a la vez el prever y el confiar, el ser realistas y a la vez soñadoras, en versión adaptada de lo de las serpientes y las palomas. Aquí, cuidar bien a las mayores, ofrecer tiempo de escucha, abrir nuestros espacios; en otros países, favorecer una buena formación en sus países a las jóvenes asiáticas y africanas y dejarles paso.

Cultivar la convicción de que, si en un futuro más o menos próximo dejamos de estar en algunos lugares, no se desploman los cimientos del universo: ya de por sí ha sido un inmenso regalo haber intentado vivir apasionadamente el seguimiento de Jesús trabajando por el Reino.

Nosotras, en España y Polonia, nos preparamos ahora para formar una sola provincia, tarea que de entrada suena a demencial -y en parte lo es-, pero nos hemos puesto a ello y están pasando cosas interesantes: nos preparamos para lo diferente y hay que desentumecer costumbres, soltar prejuicios, discurrir nuevos modos de comunicarnos, intentar una paciente humildad.

Dice un salmo: “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan” (85,10). Bésame, bésame mucho, se dicen una a otra la disminución y la fragilidad.

Autoría

  • Dolores Aleixandre

    Jubilada feliz. Encajando el envejecer con cierto garbo (de momento). Convencida de la fuerza de la Palabra y de la bondad última de las personas. Adicta a la Biblia y a contársela a otros. Agradecida a la vida, al cariño de tantos amigos y al sentido del humor. Aficionada al cine, a la música polifónica y a Gomaespuma. Lectora desordenada y escritora de vuelo corto. Orgullosa de ser columnista de alandar. Tratando de callarme más, rezar más y vivir más atenta al latido del corazón de Dios en el corazón del mundo.

    Ver todas las entradas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *