Inocencia original

He conocido personalmente hace poco a Andrés Aberasturi, el escritor y periodista. Es también miembro fundador del centro de rehabilitación, educación especial y residencia El Despertar, de la Fundación Nido para personas con parálisis cerebral (lleva funcionando ya treinta años). Ha sido en vísperas de Navidad y todo el edificio era una explosión de animación, colores, cintas, bolas, guirnaldas y un sinfín de adornos originales y creativos. Los catorce residentes (dentro de poco se ampliará el número…), necesitan la asistencia individualizada de uno o dos adultos las veinticuatro horas del día y en todos los hábitos y conductas de su vida diaria. Cuánta gente girando en torno a esas vidas frágiles, qué exquisitez y profesionalidad en los cuidados, qué derroche de afecto, de imaginación y de empeño por sacar adelante el proyecto.

Hablo con Aberasturi y le cuento las muchísimas veces que he citado su forma de despedirse cuando conducía los telediarios de fin de semana de la 2 TV: “Sean moderadamente felices”. Hablamos de la felicidad y de la fe y me dice que él es “humildemente agnóstico”: “Me gustaría ser ateo militante o creyente absoluto, pero no puedo y se me escapa ese concepto de un Dios personal, creador y padre. Puede que tenga algo de panteísta, puede que la divinidad sea la armonía, la inocencia, la mirada de Cris, puede que dios sea mi hijo”.

[quote_right]Qué exquisitez y profesionalidad en los cuidados, qué derroche de afecto, de imaginación y de empeño por sacar adelante el proyecto[/quote_right]

Me regala su libro de poemas Un blanco deslumbramiento (Palabras para Cris).  “Lo comencé una madrugada fría en la que, de vuelta a casa, pasé como siempre por el cuarto de Cris –mi hijo con parálisis cerebral-, que medio se despertó, me miró, me dedicó una sonrisa un poco de cumplido y se dio la vuelta para seguir durmiendo con sus manos entre la almohada y la mejilla”.

Como  el libro me deja enganchada, después del encuentro sigo la pista a su autor por Internet y leo: “No sabemos cómo enfrentarnos al sufrimiento del otro, qué palabras usar que no suenen a mentiras piadosas ni hurguen en la herida. Uno llega a una edad en la que cree que tiene todas las respuestas y luego se da cuenta de que ninguna respuesta es válida«. Veo en un vídeo escenas de su relación con su hijo: «Vivir es una fiesta con él» y reconoce «la enorme alegría que da a la familia y el convencimiento de que él sabe que somos suyos».

Sigo dando vueltas a lo de “humildemente agnóstico” y recuerdo algo leído en Penúltimas noticias acerca de Yeshúa/Jesús, de Erri de Luca: «Amarás en todo tu corazón, y en todo tu aliento, y en todas tus fuerzas». (…) El corazón es el centro de mando, la capital de la persona humana. Dentro de ella, «en», se libera la fuerza centrífuga del amor a la divinidad. Tres veces se reclama aquí la totalidad de las energías físicas, su consumo y agotamiento. Falta en el listado, porque resulta inservible, el requisito de recurrir a la inteligencia de la mente, a su búsqueda e indagación. Aquí, en este asunto del amor a la divinidad, no se incluye, ni siquiera al final de la lista, una ciencia, un estudio, una teología. Aquí el amor reclama otras fuerzas totalmente distintas, plantadas en todas las criaturas como la savia en el árbol. Aquí se pide a la linfa que suba”.

[quote_right]“No sabemos cómo enfrentarnos al sufrimiento del otro, qué palabras usar que no suenen a mentiras piadosas» [/quote_right]

Y pienso qué poco necesitan de razones teológicas o de indagaciones mentales los que se mueven en torno al mundo de la discapacidad. Su contacto con esas vidas en estado de inocencia original pone en movimiento la totalidad de sus energías físicas, libera las fuerzas centrifugas del amor y la linfa sube en ellos palpitando. ¿Y no son esos otros nombres de la fe…?

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