¿Por qué soy todavía cristiano?

En los años 70, tanto Hans Urs von Balthasar como Joseph Ratzinger y Karl Rahner escribieron sendos textos con un título semejante al que encabeza estas líneas. Eran los años en los que, a pesar del Concilio, la Iglesia empezaba a ser abandonada por muchos. Ellos, sin embargo, daban razones para permanecer en la Iglesia y en la fe que siempre habían profesado.

Esas reflexiones me han dado pie para hacerme la misma pregunta: ¿por qué soy todavía cristiano?

Miro a mi alrededor y veo a dónde han ido unos y otros. No me quiero pasar a los evangelistas. Siempre he sido una persona seria y no me va que el culto traiga consigo dar saltos, mover los brazos o hablar en lenguas incomprensibles. Y cada domingo quiero recibir la Eucaristía.

Y, ¿hacerme testigo de Jehová? A veces, cuando paso delante de algún grupito de ellos, me detengo y les cuento una historia que en general no conocen. Rutheford, sucesor de Charles Taze Rusell, fundador del movimiento, anunció que en 1925 -como quien dice, ayer- iban a venir a la tierra Abraham, Isaac y Jacob y había que construirles una casa. La casa se construyó en San Diego y se llamó Beth-Sarim. Como la profecía no se cumplió, Rutheford la utilizó como vivienda durante largos años. Así que, con esas historias, testigo de Jehová, no.

¿Y musulmán? Cada vez que veo en el autobús a una musulmana joven con el velo, me dan ganas de preguntarle -si entiende el castellano- si lee el Corán y en caso afirmativo, cómo tolera algunos textos terribles, como éstos: “Matad a los idólatras dondequiera los encontréis” (9,5); “combatid a judíos y cristianos” (9,29) o los cien azotes a los adúlteros -“y no tengas compasión porque es la voluntad de Dios”- (24,2). Con estos preceptos, musulmán, tampoco. Y además no puedo olvidar que me gustan el jamón y el vino.

Personas que conozco se han acercado al budismo. No hace mucho hablé con una de ellas y le pregunté: pero ¿qué es el budismo? Me contestó: “no es una religión, es un camino para ser feliz”. De modo que no puedo ser budista porque no quiero -o más bien no puedo- ser feliz. ¿Cómo voy a serlo en un mundo en el que tantas personas son violentadas, en el que tanta gente sufre de tantas maneras? Quiero buscar un camino para ayudar, no para ser feliz. De modo que no me haré budista.

Puedo pasarme al grupo de los no-teístas pero dejar al Dios que existe y sustituirlo por otro inventado llamado el Todo o el Ello no va conmigo. Estoy con San Agustín cuando decía: “Si crees haberlo comprendido, no es Dios”.

Lo mismo quiero decir del no-dualismo por muy de moda que esté. Quiero ser yo y no pienso que eso sea ilusorio y quiero encontrarme con los múltiples tú que me rodean.

Naturalmente, podría hacer lo que muchos a mi alrededor, abandonar la Iglesia y con ella el Cristianismo pero entonces se me haría realidad la frase de Sartre: “el hombre es una pasión inútil”. Tantos proyectos, tantos esfuerzos, tantos deseos al final acaban en la nada. Y sobre todo para quienes no han tenido proyectos ni esfuerzos porque su vida ha consistido en ser víctimas de otros.

Es decir, que finalmente me quedo en el cristianismo que he vivido siempre, pero ¿gracias a la Iglesia, o más bien a pesar de ella? No cabe duda de que de la Iglesia he recibido muchos disgustos y desilusiones y que, por ejemplo, cuando veo a un obispo con su mitra me pregunto qué tiene eso que ver con Jesús, que dijo que el mayor debía ser como el menor. Adicto a escribir cartas, he enviado muchísimas a obispos y curas sin obtener -salvo por parte del cardenal Tarancón– ninguna respuesta.

Pero a la vez, cuando redactaba historias de cristianos para la revista de Cáritas, me di cuenta de que ésta es una Iglesia de “santos”; de que, si quiero, puedo encontrarlos a mi alrededor y que de ellos me llegan palabras de vida.

Como dijo San Pedro: “¿Y a dónde iremos? Tú sólo tienes palabra de vida eterna”.

Autoría

  • Carlos F. Barberá

    Nací el año antes de la guerra y en esta larga vida he tenido mucha suerte y hecho muchas cosas. He sido párroco, laborterapeuta, traductor, director de revistas, autor de libros, presidente de una ONG, dibujante de cómics, pintor a ratos... Todo a pequeña escala: parroquias pequeñas, revistas pequeñas, libros pequeños, cómics pequeños, cuadros pequeños, una ONG pequeña... He oído que de los pequeños es el reino de los cielos. Como resumen y copiando a Eugenio d'Ors: Mucho me será perdonado porque me he divertido mucho.

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