Casas, áticos, buitres y tórtolas: todo estaba ya en la Biblia

Con Maricarmen desahuciada y el país patas arriba por el tema de la vivienda, hay textos bíblicos que parecen inspirados en titulares recientes: «No entregues a los buitres la vida de tu tórtola, no olvides sin remedio la vida de tus pobres» (Sal 74,19).

Sus imágenes conectan profundamente con lo que sentimos y vivimos: «Como un pájaro errante lejos de su nido, así el hombre errante lejos de su hogar» (Pr 27,8).  «Hasta la golondrina ha encontrado un nido y la tórtola un nido donde poner sus polluelos» (Sal 84,4).

Nos sorprende encontrar una concesión legislativa como esta: «Quién ha edificado una casa nueva y no la ha estrenado todavía, váyase y vuelva a su casa, no sea que muera en el combate y la estrene otro» (Dt 20,5).

Sintonizamos plenamente con las denuncias de los profetas: «¡Ay de aquellos que traman maldad en sus lechos y al despuntar la mañana lo ejecutan, porque está en poder de sus manos! Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad». (Mi 2, 1-2).

Nos alegra secretamente que sus amenazas incluyan un  augurio de psicofonías siniestras en las viviendas de los especuladores: «Las piedras clamarán desde el muro y crujirán las tablas de madera» (Hab 2,12).

Asistimos a la escena espeluznante del desahucio de Jezabel:  la perversa reina acechaba desde su palacio la llegada de su enemigo Jehú y, cuando lo oyó venir,  «se pintó los ojos, adornó su cabeza y se asomó por la ventana. Él ordenó: – Echadla abajo. La echaron abajo y parte de su sangre salpicó la pared y los caballos, y él la pisoteó. Cuando fueron a enterrarla, no encontraron más que el cráneo, los pies y las palmas de sus manos y se cumplió la profecía de Elías:  «En la parcela de Jezreel los perros comerán la carne de Jezabel; y el cadáver de Jezabel será como estiércol sobre la superficie del campo en la parcela de Jezreel, para que no puedan decir: “Esta es Jezabel”» (2 Re 9, 27 ). De haber  filmado la escena, se hubiera llevado el premio del Festival de cine de terror de Sitges.

Si tiramos del hilo mujer/vivienda, aparece un dato significativo: la casa está presente en los cuatro relatos sobre  las  mujeres de la genealogía de Jesús (Mt 1), pero  mejor que lo cuenten ellas mismas, sentadas en un corrillo de la acampada de Sol:

 «Me llamo Tamar y el capítulo 38 del Génesis  narra la triste historia de mis derechos de maternidad pisoteados por el patriarca Judá, que además era mi suegro. Pero como a mí, lo mismo que a Maricarmen, no se me pone nada por delante,  le tendí una trampa disfrazándome y conseguí que me tomara por una prostituta. ‑»Anda, vamos a tu casa. – me dijo- pues no sabía que era su nuera«  (Gn,38,16). Fuimos, me dejó embarazada, luego quería mandarme a la hoguera acusándome de escándalo público, pero casi le dio un infarto cuando pude demostrar que el padre era él. Disponer de casa fue un elemento esencial para mi trama; todo acabó bien, parí gemelos y mi suegro tuvo que reconocer que yo tenía razón».

«Yo Rahab, vecina Jericó, disponía de un local céntrico con farolito rojo para recibir a mis clientes, ya os podéis imaginar para qué. Llamaron de noche a mi puerta un par de chicos israelitas a los que perseguían por espionaje; los escondí en mi azotea bajo unos haces de lino y,  al amanecer,  les ayudé a descolgarse con una soga por la ventana de mi casa que estaba pegando a la muralla. Les arranqué esta promesa:  «Cuando entremos a conquistar el país, ata esta cinta roja a la ventana por la que nos descuelgas, reúne a toda tu familia en tu casa y se salvarán» (Jos 2,17).

«Sigo yo, Betsabé,  en vista de que la compañera ha nombrado la azotea, porque quiero aclarar que azotea no es lo mismo que ático. El rey  David sí tenía uno y,  asomado desde allí, me vio bañándome en mi azotea. Lo que pasó fue un caso claro de abuso de poder y acabó en asesinato: afortunadamente el profeta Natán se encargó de defender mi honor y el de Dios»  (2 Sam 11).

 «Yo Rut, moabita, me casé con un betlemita emigrante que murió pronto y me dejó  totalmente desprotegida. Mi suegra Noemí nos dijo a mí y a su otra nuera viuda: ‑«Andad, hijas, volveos cada una a la casa de vuestros padres. Que el Señor os trate con piedad, como vosotras lo habéis hecho con mis muertos y conmigo.  El Señor os conceda vivir tranquilas en casa de un nuevo marido«. A mí, lo de volver a casa de mis padres me sonaba a un retroceso vital insufrible, así que le dije: «No pienso dejarte: donde tú vayas, yo iré y donde vivas, viviré; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios« (Rt 1,16). Lo que sigue suena a película de amor y lujo: conocí a un tipo maduro y soltero, con casas y fincas y me casé con él; nuestro hijo, Obed, no solo heredó nuestra casa, sino que su nieto, el rey David,  fundó nada menos que la Casa de Judá».

Al llegar a María,  la  última mujer  nombrada, se impone un cambio de registro, el de la gravedad que acompaña a contemplar sus experiencias de mudanzas, traslados y desplazamientos: deja su casa para ir a la de Isabel y luego a la de José; vive el rechazo de la posada de Belén y conoce, antes que su hijo, lo que significa no tener dónde reclinar la cabeza. Quizá recordó aquella noche las palabras del Salmo que había rezado tantas veces: “¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos…”, preguntándose por qué no se cumplían sus promesas y la tórtola no encontraba nido donde colocar a su polluelo. Migrante después en Egipto y vecina de nuevo en Nazaret, experimentó demasiado pronto el vacío que deja en el hogar el hijo que se va. Realojada finalmente en casa de Juan después de la muerte de Jesús, experta ya en dejar atrás el cobijo de lo conocido para ser recibida bajo otro techo y adaptarse a otras costumbres. Orante junto a los discípulos y discípulas en la habitación de arriba de una casa en Jerusalén, espera con ellos el huracán del Espíritu.

Al recordarla, nos crece el deseo de parecernos a ella en lo de cuidar la casa común y abrirla, en reclamar derechos para los privados de techo y de asilo. Y nos sale de muy dentro el pedirle: Inquilina de nuestra tierra, sabedora de desamparos, intemperies y desarraigos, por favor,  sigue caminando con nosotros.

Autoría

  • Dolores Aleixandre

    Jubilada feliz. Encajando el envejecer con cierto garbo (de momento). Convencida de la fuerza de la Palabra y de la bondad última de las personas. Adicta a la Biblia y a contársela a otros. Agradecida a la vida, al cariño de tantos amigos y al sentido del humor. Aficionada al cine, a la música polifónica y a Gomaespuma. Lectora desordenada y escritora de vuelo corto. Orgullosa de ser columnista de alandar. Tratando de callarme más, rezar más y vivir más atenta al latido del corazón de Dios en el corazón del mundo.

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