¡No nos dejemos engañar!

Hace poco recibí por Internet una avalancha de mensajes que llevaban el mismo titular que utilizo para esta columna. Confieso que muchos los mandé directamente a la papelera; sin embargo, me entró la curiosidad y, al abrir uno de los mensajes, me di cuenta de que era un tema al que tenía que prestar atención. Me produjo asombro leer: “La sociedad dice no a la agricultura climáticamente inteligente”. Se trata de un manifiesto que han promovido organizaciones de la sociedad civil, diversos movimientos sociales, organizaciones de campesinos, agricultores y entidades religiosas en el que muestran su preocupación por las consecuencias negativas que el cambio climático tiene en la agricultura y la urgente necesidad de adaptar los sistemas alimentarios a un clima cambiante y el papel clave de la agroecología.

¿A qué se le denomina agricultura climáticamente inteligente? Para la FAO se trata de un enfoque para desarrollar condiciones técnicas, políticas e inversiones con el fin de lograr una producción agrícola sostenible y la seguridad alimentaria en el contexto del cambio climático. Y en este contexto han aparecido multitud de grandes empresas que, sabedoras de los cuantiosos fondos disponibles actualmente para combatir el calentamiento global, intentan mostrarnos sus “buenas” prácticas ecológicas y, ni que decir tiene, su apoyo a la agricultura climáticamente inteligente. Pero, ¡no nos dejemos engañar! porque, en primer lugar, no tenemos respuesta a esta pregunta: ¿a qué se puede llamar “climáticamente inteligente”? En segundo lugar, muchas de las empresas que se han subido al carro de lo climáticamente inteligente han demostrado y demuestran en sus (malas) prácticas escasa o nula sensibilidad por las consecuencias del cambio climático en general y en la agricultura, en particular.

Alrededor de la agricultura climáticamente inteligente se va urdiendo una tela de araña en la que la confusión de términos y los intereses económicos no nos dejan ver un enfoque que podría contribuir a cambios significativos en el sector agrícola. Una de las confusiones que apuntan desde la sociedad civil es el intento de identificar el citado tipo de agricultura con la agroecología, que es un enfoque integral, basado en principios ecológicos, de soberanía y seguridad alimentaria y nutricional que busca enriquecer los sistemas agrícolas, reciclar los recursos naturales y fomentar la producción local de alimentos, apoyando a pequeños productores y la agricultura familiar.[quote_right]El sistema agroalimentario exportador, junto con otros sectores económicos, buscan la generación de lucro lo más rápidamente posible[/quote_right]

No nos dejemos engañar. El sistema agroalimentario exportador, junto con otros sectores económicos, como el de los combustibles fósiles, el sector maderero o el minero buscan la generación de lucro lo más rápidamente posible y, para ello, necesitan la explotación de recursos sin tener en cuenta que la Tierra, nuestra tierra, la madre tierra no aguanta más este sistema destructor que se olvida de algo tan importante como la relación existente entre el ser humano, los recursos naturales y las diversas formas de vida. Una relación que no debe quebrarse porque está en juego la vida del planeta.

Conviene recordar, hoy más que nunca, que somos tierra, somos agua, somos aire; que los recursos naturales no nos pertenecen y ningún interés económico justifica la explotación desmedida de los recursos naturales. El papa Francisco evoca el cántico de Francisco de Asís a la hermana nuestra madre tierra en la carta encíclica Laudato si’ y nos dice: “Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a explotarla”.
No nos dejemos engañar. Escuchemos los gritos de la tierra que recoge el agua y resuenan en el aire.

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