Satisfacer las necesidades, no la codicia

Escribo esta columna el día 16 de octubre, el Día Mundial de la Alimentación. Soy consciente de que cuando aparezca en alandar, en el mes de noviembre, desde diversos ámbitos ya se habrá recordado la magnitud del problema del hambre, cuestión grave que arrastramos desde tiempos inmemoriales, una de cuyas consecuencias es la muerte diaria de miles de personas o, lo que es lo mismo, una catástrofe humana diaria, silenciosa y silenciada, porque no es noticia el escandaloso e injustificable número de personas que pasan hambre, unos 800 millones según apunta la FAO, sin contar las que no aparecen en las estadísticas porque ni sus vidas ni sus muertes se registran.

[quote_right]La muerte de miles de personas por hambre es una catástrofe humana diara, silenciosa y silenciada[/quote_right]

El hambre y la desnutrición traspasan fechas y días señalados. Su permanencia denuncia el absoluto fracaso de sistemas políticos, de ayer y de hoy, que han ido consintiendo el establecimiento de un sistema alimentario mundial que “está gravemente enfermo y que la cuestión central es cómo reformarlo si, de hecho, no es ya demasiado tarde para ello”.  Estas afirmaciones aparecen en el libro titulado El oprobio del hambre. Alimentos, justicia y dinero en el siglo XXI, cuyo autor, David Rieff, experto, entre otros temas, en ayuda humanitaria y desarrollo, se pregunta si, como afirman muchos optimistas, actualmente, somos capaces de poner fin al hambre. Su respuesta no es, precisamente, optimista.

La capacidad de abastecimiento de la tierra cumple para alimentar a toda su población.

Granjero Tailandés. Foto de Methee Makornkun @ Flickr

Me permito comentar este libro porque el análisis que hace en sus páginas, polémico en muchos casos, pone en tela de juicio determinadas políticas y prácticas que llevan a cabo organismos internacionales, ONG, fundaciones, filántropos… que, si bien pueden ayudar a disminuir el hambre, a la larga no lo solucionan. Asimismo, critica las prácticas de lo que denomina “las élites del desarrollo”, las cuales, haciendo gala de un optimismo sin justificación, afirman que asistimos al principio del fin del hambre.

En opinión de David Rieff, se han logrado avances en la erradicación del hambre; sin embargo, el aumento de la población, las consecuencias del cambio climático (tanto las pertinaces sequías, como las cosechas arrasadas por las lluvias torrenciales) junto con el aumento galopante de las desigualdades entre y dentro de los países son razones suficientes para el pesimismo. “Afirmar que dentro de quince años –refiriéndose al cumplimiento de los objetivos establecidos en la Agenda 2030 del desarrollo- habrá acabado el hambre en el mundo es totalmente ridículo”.

Para David Rieff el problema del hambre es un problema de acceso a los alimentos, como viene repitiendo Amartya Sen, no tanto de producción. Opina que la visión del hambre debe hacerse, en primer lugar, desde el plano de la política, de la desigualdad y de la injusticia porque la falta de comida es un problema político. Según David Rieff, para erradicar el hambre resulta imprescindible fortalecer el Estado y la democracia, eliminar de raíz las prácticas corruptas y la publicidad engañosa, al tiempo que deben producirse transformaciones importantes desde abajo, es decir, desde las bases sociales.

Confieso que la lectura de El oprobio del hambre ha supuesto un revulsivo, desde el propio título –para la RAE “oprobio” significa ignominia, afrenta, deshonra- hasta la última página del libro, que incluye una larga y documentada lista de notas. El autor habla claramente y argumenta de forma sólida sus opiniones. En definitiva, rescata la famosa frase de Mahatma Gandhi: “En la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no para satisfacer su codicia”.

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