Salvajes contra asesinos

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pag12_quepunto1_web-8.jpgEs curiosa la relación de la gente con las noticias: por la mañana, acompañan el desayuno con atropellados e incendios de medianoche. En la oficina, la radio e Internet resumen lo que hicieron, harán o dejarán de hacer los políticos, esos personajes tan importantes que discuten por cosas sin importancia. A mediodía, las redes sociales nos reflejan lo que hacen quienes están pegados al móvil mientras cruzan la calle y, por la noche, el telediario nos transmite los goles de la liga antes de que la farándula se apodere de la señal abierta.

Pero hay noticias que no nos dejan ni cuando vamos al baño. Noticias que se apoderan de nuestro interés y que dan vueltas en la cama, nos acompañan, porque algo nos indigna, nos preocupa, nos aterra, nos entristece y nos deleita. Las corridas de toros suelen estar entre estas noticias que se discuten mañana, tarde y noche sin dejar más conclusiones que las de la conversación anterior.

Recientemente, en Perú, un grupo de intelectuales, artistas y personajes de los que son noticia en televisión (entre los asesinatos y los suicidios del fin de semana) se expresaron en defensa de las polémicas corridas de toros. El nombre del Nobel Mario Vargas Llosa, un escritor que en su país natal hace noticia por lo que piensa, escribe, come y calla, resaltó en este manifiesto que afirma que:
Las corridas de toros no generan manifestaciones violentas, ni actos vandálicos, agresivos o de fuerza dentro o fuera de las plazas de toros. Fomentan valores y capacidades humanas como la valentía, el heroísmo, la superación ante las adversidades, entre muchas otras”.
El manifiesto, que además expresa que las corridas de toros “representan un elemento central de las fiestas patronales que, a su vez, operan como mecanismos integradores y de cohesión social y cultural”, ha sido rechazado principalmente por la juventud, que no comulga con el maltrato animal y que califica este espectáculo como cruel (utilizando en las redes sociales todo el arsenal de críticas e insultos que se pueda imaginar).
Foto. Anima Naturalis.
No es la primera vez que jóvenes —que en España, Estados Unidos y otras partes del mundo se dividen entre los indignados e indignadas (que protestan por injusticias) y los y las indignantes, que utilizan las tecnologías de comunicación para mostrar la involución del pensamiento radical y rebelde— muestran una intolerancia equiparable con la que rechazan.

En un mundo donde se venden cada vez más videojuegos de guerra en colegios donde no se denuncia el bullying, donde los estadios de fútbol se llenan de golpes, sangre, personas heridas y muertas y donde los noticieros e Internet transmiten ininterrumpidamente el teatro de la maldad política, social y cultural (léase racismo, tráfico de blancas y radicalismo religioso), las corridas de toros alarman por clasicistas e inhumanas (el maltrato es hacia animales).
Foto. Motor gráfico.
Es como si el salvajismo entre seres humanos, que ha hecho que nuestra especie tenga tantos sinónimos para asesinos (parricidas, homicidas, verdugos, genocidas, psicópatas, sicarios, criminales, homicidas) fuera peor que el de una horda de bárbaros y bárbaras que se entretiene con el sufrimiento de un animal. El ser humano, que mata con o sin ley, tiene permiso para el crimen (eutanasia, aborto, pena de muerte, legítima defensa) siempre que no se divierta con él.
Más allá de si las corridas de toros son una tradición o no, han permitido que otras artes como la pintura de Goya y Picasso, los libros de Hemingway, las películas de Almodóvar (Matador y Hable con ella, específicamente) y la habilidad de Manolete y Paquirri (muertos por los toros), así como las crónicas que se escribieron de ellos y muchos otros, dejen motivos para perdonar a los matadores de animales.
Foto. Xornal Certo.
Al igual que el boxeo, se trata de una práctica que sería menos atroz sin sangre. Al igual que la guerra, sería mejor si fuera sólo un juego de mesa. Al igual que el cine, sería mejor si todo lo que pasara sobre la arena fuera ficción. Pero los toros, como los asesinos y salvajes que lo cuestionan y justifican, existen; aunque en Cataluña se esté aboliendo su práctica como alguna vez se abolió la esclavitud.

De los seres humanos depende que esta raza de animales, que dejaría de criarse sin las corridas de toros, no deje de existir por el barbarismo que aflora en las plazas y fuera de ellas, donde la gente necesita una capa roja que los separe porque no saben ponerse de acuerdo.

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