Manual del cristiano

punto1.jpgViernes. 23:00h.

La agenda nos desgasta pero la vida nos alienta. Con sed de compartir el equipaje de la semana, nos reunimos una noche más. Anécdotas. Risas. Algo que picar.

No es tan fría la sala de profesores de Maristas la Inmaculada cuando, reunidos entorno la mesa, diluimos nuestras miserias y celebramos el privilegio de la fraternidad. La oferta podría ser variada. La pareja, de bares, quizá irnos a dormir. Pero esta noche apetece algo diferente. Echaremos mano del ultimo elepé de Kairoi “Caminando” para verbalizar nuestras dudas. Entre dos interrogantes plasmaremos las inquietudes que emanan por querer seguir luchando. Las melodías acompañaran el trazo de preguntas cobardes, de preguntas valientes. Quedar atrapado en ellas será cuestión de actitud.

Esta noche promete: sinergia colectiva. No esperes más y dale al play.

¿Me quiero? ¿Me perdono? ¿Me dejo querer? ¿Qué cosas materiales me hacen verdaderamente feliz? ¿Quién es María de Nazaret para mí? Como jóvenes y como cristianos muchas veces, o quizá continuamente, buscamos y dudamos. Nos rompemos la cabeza y el corazón para identificar aquello que nos inquieta, para conocer nuestras motivaciones o actuar con coherencia y sólo en ocasiones encontramos respuestas convincentes. Pero, contestadas o no las preguntas, siempre debemos seguir nuestro camino. Ésa es la gracia de la vida cristiana. A pesar de tener una guía, muchas veces no nos queda nada claro qué camino elegir. De hecho, nuestro modelo no nos dejó especificado qué equipaje necesitábamos, ni qué compañía era la adecuada, ni a qué velocidad debíamos andar. Carajo, ¡si es que muchas veces no sabemos ni a dónde queremos llegar!

punto1b.jpgEl manual del cristiano, pues, no tiene instrucciones claras. Apenas alguna pista nos puede orientar, pero puede ser todo un rompecabezas. ¿Qué significa, por ejemplo, “déjalo todo y sígueme«? ¿Pensamos en hacerlo de verdad? Y, si realmente lo pensamos y nos parece lo correcto, ¿por qué no lo hacemos? Temor, tal vez. O la eterna excusa de la sociedad y lo que se espera de nosotros y lo complicado de ser alternativo. Nada, demasiado difícil.

Pongámoslo más fácil. ¿Quiénes son mis hermanos? Jesús dice que todos, pero eso es demasiado amplio. De hecho, es inabarcable. ¿Lo son aquellos más desarraigados del mundo? Si lo son, ¿por qué no les miro o les trato como si llevaran traje y corbata? Quizá tenemos que apuntar más cerca, pero tampoco nos convence. ¿Por qué juzgo al musculitos del gimnasio que no para de mirarse al espejo y se tiene como centro del mundo? ¿Por qué me incomoda hacer cola? ¿Respeto de verdad que a mi compañero de piso no le vaya bien lavar los platos hoy? ¿Exijo a los demás (grandes corporaciones, el banco, mi jefe, mi pareja, la Iglesia) lo que yo mismo no soy capaz de exigirme?

Sigue siendo complicado. Pero ¿es que acaso hablo abiertamente de mis valores, de mi convicción cristiana en mi día a día? Claramente no. Primero, a nadie le importa. Segundo, no lo entenderían. Tercero, vete a saber si pensarán raro y me tendrán por un friki. No es plan. ¿No habíamos quedado que era lo que me movía? Vergüenza no será. Miedo, tampoco, no en un país libre. O puede que sea yo el que no es libre, pero dejemos el tema, que duele, y vayamos a la esencia: ¿Estoy amando? De eso habló el jefe. ¿A quién? ¿Cómo? Para esto sí tendremos más respuestas, o nombres, como dijo Casaldáliga. También valen, claro.

Salgamos de nosotros mismos y vayamos a la calle. Allí hay anuncios y tiendas, y nos encontramos de nuevo con lo material. Sabemos de sobra que poseemos más de lo necesario, pero ¿estoy dispuesto a dejar de acumular lo que sé que no es esencial en mi vida? ¿Qué relación tengo con el dinero? ¿Soy cómplice de mis deseos o esclavo de mis necesidades? En el fondo sospechamos que no somos libres para escoger, pero nos cuesta aclarar qué nos ata a nuestras jaulas particulares. Nos entristece vernos inmóviles, pasivos ante una realidad que nos desagrada, quejándonos más que actuando. Somos conscientes de que juntos somos más fuertes, pero nos cuesta dejarnos ayudar, pocas veces les abrimos la puerta a los demás a pesar de que sabemos que siempre nos acompañan.

Busquemos ahora el destino, intentemos adivinar el final de la historia. ¿Qué fin persigo? ¿Cuál es la esencia de la vida? Puede que ser feliz o puede que hacer feliz a los demás. En esas estamos, pero limitar las opciones ¡sólo dificulta más la cuestión! De todo lo que decida que debe ser mi vida, ¿cuántas cosas pospongo?, ¿cuántas opciones, cuántos sueños, cuántos propósitos dejo para mañana? Eso debe ser felicidad que postergo y aún así me levanto cada mañana tan pancho. O no. Nos podemos pasar horas arreglando el mundo de boquilla, pero nos preocupa darnos cuenta de que las palabras a veces se alejan de las acciones que realmente llevamos a cabo. ¿Cuentan sólo las intenciones o debemos machacarnos por nuestra esterilidad? La verdad está en los grises, nos decimos para tranquilizarnos, y nos quedamos sin saber muy bien cuál es el fin último de nuestras vidas.

punto1c.jpgLa pregunta clave puede ser si nos hace feliz o no el camino de Jesús. Es una apuesta como cualquier otra, porque (miles de) millones de personas tienen otra idea y bien que les va. ¿Los miro igual? Jesús habló de amar, hasta aquí fácil, pero ya hemos quedado en que hay muchos grados. Nivel aficionado: familia, amigos, pareja, e incluso aquí encontramos cada pollo que tela… Pero vaya, digamos que sencillo. Después viene el nivel profesional: vecinos que hablan del tiempo, niños con los que es fácil jugar, los jugadores del Barça, ese profe enrollado, algún negrito de Haití. Y luego está el nivel máster avanzado: el jefe que me putea, los ecuatorianos del piso contiguo que ponen música hasta las 3 de la madrugada, el maleducado que masca chicle con la boca abierta en mi oreja, el periodista o el político que va contra “los míos”, la cotilla que raja a mis espaldas…

Ahí, ahí está el percal. La teoría está chupada pero, cuando alguien me ha herido ¿perdono de verdad?, ¿creo en la reconciliación profunda con ganas e ilusión de rehacer vínculos? ¿Hay algo que sería incapaz de perdonar? ¿Me dejo perdonar? No controlamos este tipo de reacciones porque van demasiado ligadas a lo emocional y pocos nos sentimos educados en lo irracional. “Cada cual es como es”, decimos, y nos consolamos en respetar la singularidad de quienes nos rodean y saber que ellos hacen lo mismo con nosotros. Lo cierto, sin embargo, es que en ocasiones tampoco tenemos claro qué dones nos ha dado Dios al repartir las cartas ni en qué juego debemos jugarlas. ¿Qué responsabilidad tengo en el mundo? Respetar a mis mayores, buscar algún espacio para los que están peor que yo, gozar de lo que me gusta, exprimir cada instante, quizá tener un rato de silencio cada día. Servir al Señor, decía Jesús, pero ¡ay amigo!, ¿sirvo a alguno equivocado cuando trabajo?, ¿y cuando me relaciono con los demás?, ¿y el sábado por la noche con un cubata en la mano? Me niego a pensar que eso es incoherente, no si el mismo Cristo se bebió unos lingotazos de vino en su última noche. En serio, necesito un manual.

punto1d.jpgDecía el sacerdote de los niños que hacían la primera comunión que aquello no iba a ser fácil, que seguir al Cristo les iba a complicar la vida. No iba desencaminado. Por lo pronto, de momento nos quedan un montón de preguntas por contestar(nos)…

(Somos Aida, Irina, Edu, Víctor, Carles, Toni, Pau, Clàudia, Josep Mª, Laura, Marc, Ignasi y Miki)

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