“Gracias a que somos diferentes, hacemos lo que hacemos”

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pag12_quepunto1_web-14.jpgPeregrinación de Confianza a través de la Tierra. Eso es lo que la Comunidad Ecuménica de Taizé lleva haciendo durante 35 años en diferentes ciudades europeas para celebrar juntos el cambio de año: París, Londres, Praga, Budapest, Viena, Varsovia, Lisboa, Zagreb, Ginebra, Bruselas, Rotterdam, Berlín… y en 2012, Roma.

Me llamo Esther, tengo 26 años y he preparado el Encuentro Europeo de Jóvenes en Roma organizado por la Comunidad de Taizé. Taizé es un pueblecito de la Borgoña francesa donde esta comunidad de hermanos vive y comparte su oración con jóvenes de todo el mundo desde 1940. Conocí a los hermanos en Sevilla, en un encuentro que se celebró en mayo de 2009. Desde entonces he estado en Porto, en Berlín y, por supuesto, en Taizé.

Hay unas palabras que el papa Juan Pablo II pronunció cuando les visitó que creo que reflejan muy bien su significado. Habló de que se pasa por Taizé como por una fuente: bebes, descansas y continúas tu camino. Una de las cosas que los hermanos piden a los y las jóvenes es que, cuando vuelvan a sus países de origen, continúen viviendo lo que han descubierto en sus ciudades, en sus parroquias, en sus movimientos, en sus familias…

En 2011 estuve en Taizé tres meses ayudando y, a finales de julio de 2012 decidí que necesitaba tomarme un año en mi vida para discernir cómo afrontar mi futuro. Tras dos meses allí, me preguntaron sobre la posibilidad de ir a Roma para preparar el Encuentro Europeo. Junto con veinte jóvenes de diferentes países de Europa y Latinoamérica hemos estado preparando este encuentro durante cuatro meses. Muchos momentos compartidos con los voluntarios, momentos de risas, momentos duros… Los que más están grabados en mí son los momentos de oración, de cantos, de poder presentar ante Dios nuestros miedos y nuestras ilusiones.
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¿Por qué Taizé? “Conocer al otro es el primer paso para la paz”, hablaba un día con otro voluntario. En un mundo lleno de divisiones entre países, entre ciudades, en las familias, entre personas cristianas, esta comunidad y quienes la acompañamos rezamos en unión, sin fijarnos en nuestras diferencias, sabiendo que el que nos une y nos reúne, al que dirigimos nuestras oraciones, es el mismo: Cristo. No se nos pide que olvidemos nuestros orígenes, solo que descubramos la riqueza de la variedad y de conocer a quien tenemos al lado.

Esta comunidad me hace comprender de un modo nuevo la multiplicación de los panes y los peces. “Entonces les dijo que hicieran sentar a la gente en grupos sobre el pasto verde. Se acomodaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomó Jesús los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los iba dando a sus discípulos para que los sirvieran a la gente.” Mc 6, 39-41

Dos cosas me dejan sin palabras. La primera es que una mínima organización es necesaria. Allí en Taizé parece que todo surge espontáneamente, sin mucho esfuerzo. Pero cuanto más conozco a los hermanos, más me doy cuenta de que todo está organizado, mínimamente, pero organizado. La segunda es ese agradecimiento de Jesús a Dios por lo poco que tiene. Lo que, desde el principio, más me atrajo fue su simplicidad. No tienen muchos recursos materiales, pero acogen a tanta y tanta gente…
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En Roma nuestra misión es visitar las parroquias y las comunidades religiosas (sin haber estudiado italiano antes) para presentarles Taizé y explicarles que para que el encuentro se produzca les necesitamos: no solo para el alojamiento (sobre todo en familias), sino porque una de las partes más importantes es el programa de la mañana en el que jóvenes que han peregrinado comparten oración y grupos de reflexión con las personas de la parroquia que les ha brindado acogida.

Para mí ha sido muy interesante poder conocer la diócesis de Roma de manera diferente. En Madrid, mi ciudad, solo conozco cuatro o cinco parroquias de mi arciprestazgo, alguna en el centro… pero poco más. Aquí, en Roma, he visitado más de 30 parroquias de zonas muy diferentes de la ciudad. Conocer párrocos, catequistas, “oratorios” –espacios de encuentro de las parroquias italianas–, grupos de jóvenes… Creo que he recibido mucho más de lo que he dado y sé que me he dado por completo.
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Mi experiencia personal está llena de alegrías y desilusiones y de mucho cansancio, pero el ver a decenas de miles de jóvenes de diferentes países, de diferentes confesiones cristianas, reunirse para rezar y para conocerse mutuamente… ¡Merece la pena el trabajo realizado! También hay momentos en los que hay mucha frustración: las parroquias deciden no participar o ni siquiera te reciben a ti, llegando a ser desagradables. Es una de las realidades de la Iglesia: las personas cristianas no siempre estamos dispuestas a acoger al diferente, a quien no conocemos, a quien nos encontramos en el camino. Descubrir esto también me ha enseñado mucho.

En Taizé he descubierto que el conocimiento de la otra persona hace que te cuestiones el porqué de tus ideas. Me parece de una riqueza incalculable. Este conocimiento no para convencer a esa persona o para cambiar a las demás, sino como regalo de saber que todos y todas somos diferentes.

Hablaba con un hermano que “gracias a que todos somos diferentes, hacemos lo que hacemos”. Le dije que si todos fuéramos como yo, el encuentro no saldría adelante. Necesitamos gente organizada, que pueda hablar italiano, que pueda dar cierta imagen de seriedad ante los párrocos. Pero también gente un poco loca, extrovertida, imaginativa. Me imagino un canto de Taizé solo con sopranos: puede ser una melodía bonita, pero ya con bajos, tenores, contraltos, ¡se disfruta mucho más del canto!
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Invito a todo el mundo a ir a Taizé. Los motivos son tantos como personas: algunas de las más jóvenes van para conocer a jóvenes de otros países, otras acuden para saber qué quiere Dios en sus vidas, otras para descansar tras un año “peleando” en sus lugares de origen, otras para volver a ver a sus “amigos de Taizé”. Creo que lo más importante es, una vez allí, dejar que Dios actué en cada uno de nosotros.

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