El enemigo en casa

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Mucho es lo que se ha escrito y lo que se escribirá sobre la pasada huelga del 29 de septiembre, sobre la reforma laboral o sobre la dificultad que tienen los jóvenes para acceder al empleo (nuevo tema de moda en periódicos de tirada nacional) y, aunque quizá nada de erudición pueda yo aportar al asunto, en estas breves líneas quisiera exponer una de tantas situaciones reales, de ésas para las que ya nos hemos anestesiado.

Por circunstancias y por retomar lo que viene a ser ley de vida, cuando llegué a la universidad tuve que empezar a trabajar para pagarme la carrera y, como durante el curso estoy más bien dedicada a estudiar, empleo los veranos para ahorrar dinero y así cubrir gastos durante el resto del año.

Sin ir más lejos ni más cerca terminé trabajando en un hotel de la costa (con bastantes estrellas), en ésos donde los clientes se las ingenian para bañarse en una piscina que desafía el principio de Arquímedes y donde se llega a engordar una media de 3 kilos por semana para rentabilizar la oferta del “todo incluido”.

A primera vista, esto puede sonar a “típico trabajo de verano de estudiante” y sí, lo es, pero, por ponerles en situación, quisiera contarles un poco mejor los entresijos de este mundo. Para empezar, uno de los shocks más gordos que sufres es cuando ves el lugar donde vas a vivir. La palabra “habitación” no es correcta para definir el espacio en el que duermes y dejas tus cosas, puede que habitación-patera o “zulo”, que es como llamamos nosotros a las habitaciones del personal, les sitúe mejor en un espacio en el que a duras penas caben tres literas, un par de armarios y una ventana.

La convivencia, la higiene, el descanso, la seguridad, etc., están condicionados a los compañeros que te toque en ese verano, ya que habitualmente uno no lleva en su equipaje una caja fuerte para guardar sus cosas y por probabilidad, entre seis personas, sólo coincides en el turno con una de ellas por lo que los biorritmos suelen ser muy distintos y al final se solapan tiempos de descanso y de trabajo de unos y otros. Los baños es un tema que, por no herir sensibilidades, no voy a tocar, pero bueno, eres muy afortunado si has conseguido quitarte los hongos de los pies para la Navidad. (Y que conste que el alojamiento en el propio hotel no es gratuito, es una módica cantidad, pero es cantidad).

El segundo shock ocurre en la primera semana de trabajo, ya sea tu primer o quinto verano, cuando después de haber firmado un contrato de 40 horas comienzas a trabajar entre 51,5 y 53 horas a precio de 40, que no llega ni de lejos a un sueldo de mileurista o, cuando haciendo unas determinadas funciones, nunca cotizas en un grupo superior al de “ayudante”.

El tercer shock llega cuando te das cuenta de que el horario de trabajo no te permite “litralmente” vivir. Tres turnos repartidos en dos horas – cinco horas – cinco horas, a penas siete horas para dormir cuando te toca cerrar y al día siguiente abrir y buenas caras cuando te tocan a la puerta de la habitación diciendo que fulanito está enfermo y que vayas a sustituirle. ¿He mencionado el día libre? ¡Ah, si es que no hay! ¡Qué cosas tengo!

Si has sobrevivido a esto ya sólo te queda aguantar a una masa de turistas en su mayoría impertinentes, exigentes, cargantes y hasta cierto punto desalmados, ya que el hecho de ver a siete camareros para 1.000-1.200 personas, es como para sentir un poco de compasión por ellos.

Lo primero que uno puede pensar es que, como trabajo temporal, “tampoco es para tanto”, pero me gustaría recordarles a todos los que piensan así que estamos en el siglo XXI y que vivimos en España, un país donde, por ser trabajadores, adquirimos una serie de derechos y deberes que deben ser respetados.

El punto de partida para la reflexión lo podemos situar entonces en qué nos “obliga” a aceptar esto. La respuesta es muy sencilla: la necesidad económica y la ausencia de otra cosa mejor. Cualquier empleo es siempre mejor que estar parado, aun si tu dignidad como persona y como trabajador está comprometida. Y si seguimos en esta línea podemos preguntarnos ¿qué es lo que ha pasado para que los empresarios se salgan con las suya e impongan estas condiciones laborales? ¿Qué ocurre para que los trabajadores no se atrevan a reclamar los mínimos acordados en los convenios laborales? ¿Por qué los sindicatos consienten estas formas encubiertas de esclavitud?

Como ahora está de moda culpar a la “crisis”, al capitalismo (y a la reforma laboral) de todo, pues digamos que los jóvenes trabajadores precarios somos “unos más” de tantas víctimas del sistema. Que el deterioro de las condiciones laborales es sólo un efecto de la disminución de riqueza de otros, las amenazas constantes de despido son sólo una lícita coerción para que aceptes lo inaceptable sin oposición. Es curioso que en toda esta historia cualquier presencia sindical en estos hoteles sea inexistente o, por qué no, más corrupta que quien la promueve.

Por eso siento una profunda decepción cuando los sindicatos mayoritarios ponen el grito en el cielo ante el despido en previsión de futuras pérdidas, cuando esto ya es una práctica más que habitual en determinados sectores. O que clamen contra la temporalidad, cuando la media de duración de los contratos de hostelería en determinadas zonas no supera los sesenta días. Indefensión, inseguridad e impotencia es lo mínimo que sientes cuando un día tras otro, un verano tras otro, tienes que vender tu tiempo a tan bajo precio sin que nadie se atreva a denunciar las injusticias.

Bien mirado no hay que ir mucho más allá para darnos cuenta de que el enemigo lo tenemos en casa, bajo distintas apariencias: la falta de iniciativa de los trabajadores (esto es autocrítica personal), prácticas abusivas de los empresarios o sindicatos vendidos al mejor postor, llamémosle como queramos, el caso es que el saneamiento del sistema requiere de ciertas medidas que aún están lejos de tomarse. La concienciación social, la introducción de una cierta ética en los mercados o, simplemente, la garantía de derechos quedan a años luz siempre que esto implique menos beneficios para unos pocos.

A pesar de todo, esta historia tiene algunos finales felices que me han hecho madurar en muchos sentidos. La superación de múltiples adversidades, el haber tenido contacto con el mundo laboral en sus bajos fondos, la conciencia del valor del dinero y, sobre todo, la oportunidad de haber conocido a muchas personas (unos estudiantes y otros no) que día a día luchan por una existencia más digna y mejor. A todos ellos les doy gracias por haberme dejado entrar en tantas historias reales, esas para las que ya estamos anestesiados y que algún día deberían darse a conocer.

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