¿Anorexia de Dios?

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pag12_quepunto1_web-15.jpg«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo
» (Jn 6,51)

Hace un tiempo, hablando con una joven sobre sus dificultades para la oración y para dejar que Dios tenga “hueco” en su vida, me definía su actitud interior con estas palabras: “Es como si estuviera anoréxica de Dios”. Aquella expresión me pareció muy sugerente y, desde entonces, la he traído a la memoria varias veces. Es posible que esa “anorexia de Dios” esté más extendida de lo que creemos, especialmente en nuestra Iglesia, entre las mismas personas que nos decimos creyentes.

Me explico. Sabemos que la anorexia es un síntoma de inapetencia que puede ocurrir en circunstancias muy diversas. La más común es la que va asociada a una pérdida autoinducida de peso y acompañada por una distorsión de la imagen corporal. La anorexia a la que yo me refiero no está en ningún manual de medicina, pero tiene muchos paralelismos con la que acabo de definir.

La “anorexia de Dios” vendría a ser la inapetencia o falta de apetito espiritual. Es vivir sin necesitar a Dios, sin que nos apetezca o deseemos acercarnos a Él. A veces porque nos da reparo y otras, porque “hay muchas otras cosas más importantes que hacer”. Creo que también sucede porque este alimento que Dios nos da a veces tiene un regusto amargo y comulgar con Él nos complica ciertamente la existencia. No cabe duda de que el trago de asumir el cáliz de Jesús no es fácil de digerir.
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En foros de discusión o en conversaciones más o menos informales con “personas cristianas comprometidas” o agentes de pastoral (sacerdotes, personas religiosas o laicas), suele surgir el tema de por qué la juventud tiene tanta dificultad o reparo en acercarse a Dios, en estar abierta a la experiencia de fe. Y, a menudo, se concluye responsabilizando de esta situación al ambiente social y familiar, a la superficialidad de nuestra cultura y de esa misma juventud —un bando— o tal vez a la rigidez o incoherencia eclesial, a la intransigencia de la jerarquía —otro bando. Quienes vivimos y trabajamos diariamente con jóvenes, en el fondo, sabemos que esto es algo más complejo y que nos implica, pero estas explicaciones a menudo nos vienen muy bien para justificarnos y tener más tranquilidad.
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Tengo la impresión de que también en la tarea de evangelización podemos tener “anorexia de Dios”. Ahora que nos pasamos el día hablando de nueva evangelización me resulta preocupante no solo que nos pueda faltar ese apetito a las personas cristianas comprometidas, sino más aún que creamos que los demás hombres y mujeres tampoco tienen hambre de Dios, que eso es lo último que necesitan. Por unas razones o por otras, muchas veces les ofrecemos de todo, menos a Dios… Nos quedamos a las puertas, pero no nos atrevemos a despertar en ellos el apetito ni la sed más profundas, a suscitar el encuentro personal con Jesús y su Evangelio.

Es como si el “menú” de nuestro “restaurante” solo tuviera “entrantes”. O como si pusiéramos la experiencia de fe únicamente como la “guinda del pastel”. Unas veces porque nos centramos —y a veces nos conformamos— en transmitir valores, en promocionarles humanamente sin abrirles a una experiencia más honda y otras, porque queremos que “practiquen” la fe sin asumirla ni interiorizarla, o que “militen” en la Iglesia para que se vea que somos muchos y muchas, aunque sea de manera acrítica y poco madura. Yo creo que unas y otras actitudes, en el fondo, denotan falta de fe. Porque ponemos la fuerza de nuestra evangelización en nosotros mismos, no en Dios. Creemos que solo con nuestras acciones vamos a transformar la sociedad y el corazón de las personas o que la fuerza de la masa y los ritos van a producir automáticamente creyentes con convencimiento y compromiso. No les tiene que gustar lo nuestro; les tiene que gustar la persona de Jesús y su Reino.
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Hoy sigue habiendo jóvenes, aunque mucha gente no lo crea, que buscan “algo más” en su vida. Jóvenes que agradecen la oportunidad de tener espacios de silencio, de interioridad, de encuentro profundo con el Dios que habita en nuestra vida. Y esperan de nosotros y nosotras que les ofrezcamos, sobre todo, caminos para hacer esa experiencia personal y comunitaria de la fe. Ojalá sepamos incluirla como “plato principal” de nuestro menú. No vaya a ser que crezca más esa “anorexia de Dios” por nuestra inapetencia o falta de fe. No privemos al mundo —y sobre todo a los y las jóvenes— de probar y aprender a saborear el manjar más suculento que nos ha sido dado: Jesús, el pan de Vida.

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