Rescatando a Teresa de Lisieux

teresa.jpgEs para mí un doble reto escribir este artículo para una Revista que, hoy por hoy, es un referente para muchos creyentes y no creyentes que ansían una Iglesia diferente, en una sociedad diferente y en una frontera diferente. Como todos los retos, si no se ponen en marcha no pueden llegar a saberse su alcance. Este doble reto versa sobre dos puntos:

  Recuperar un espacio arrebatado a Teresa de Lisieux en la Iglesia de Base

  Y resumir, en pocas líneas, los frutos de muchos años de mi investigación sobre esta figura genial del cristianismo que ha traspasado las fronteras eclesiales.

Desde hace años me he sentido responsable de liberar a Teresa de Lisieux de las garras de una interpretación desenfocada de su legado. Esta mujer es una mujer maltratada, malinterpretada, manipulada y, muchas veces, apropiada por una espiritualidad centrada en el sufrimiento como camino de realización.

No pretendo contar su historia pero sí lo que, en esencia, es constitutivo de su visión de lo que supone “seguir a Jesús” en medio de una Iglesia complicada y una sociedad que busca su felicidad en otra dirección.

Un poco de historia

Teresa nace en una Francia republicana en la que la Iglesia se ha tornado fundamentalista y radical para mantener bien su identidad con respecto al mundo profano. La realidad parece ser percibida en una dualidad poco constructiva: lo sagrado y lo profano son los criterios que rigen la vida de muchos creyentes. Es el siglo del jansenismo, de la creencia fanática del cielo y del infierno, de una vida moral premiada o castigada, en definitiva, una religiosidad que busca la recompensa desde fuera y no desde una interiorización profunda del Evangelio del Amor. Teresa irrumpe en medio de esta marejada y aporta un nuevo tono a la vida religiosa, moral, teológica y eclesial. Frente a la espiritualidad del temor y de la sanción hace surgir la espiritualidad del amor y de la comunión. La existencia creyente no se basa en ese mercado personal-religioso sino en una percepción soteriológica universal en la que el otro, el hermano y la hermana, son amados por su dignidad y no porque la persona busque la salvación de una manera narcisista. Teresa nos muestra una ruta diferente: entrar en una fe traspasada por la gratuidad y la sanación de todo lo que atenta contra la dignidad de la persona, criatura amada y rescatada por Dios.
Teresa nos muestra la misma entraña del ser humano que se sabe abierto a la realidad divina y, por ello mismo, portadora de la absoluta dignidad que conllevan, de una manera implícita e inherente, cada una de las personas. Esta dignidad está hecha de ese derramamiento de vida que ha volcado la divinidad en el mismo núcleo humano. Este movimiento de “descenso” provoca en el fondo humano un movimiento de “atracción” para conducir a la criatura humana a esa “divinización” y a esa plenitud a la que somos llamados todos. Divinizar al ser humano es “humanizarlo”, hacerlo humano plenamente y en profunda solidaridad y comunión con todos los demás seres.

Carencias afectivas

Teresa es una mujer que se va haciendo desde carencias afectivas, heridas profundas y en medio de un entorno hostil que podría haberla sumido en una neurosis bien difícil de curar. Pero ella va reaccionando ante cada una de esas conmociones interiores y, apoyada en el mismo núcleo del ser, donde está presente la fuerza de la vida, va reorientando su vida hacia un camino de liberación muy interesante. Toda esta fuerza vital interior se convierte en núcleo amortiguador de todas las fuerzas externas e internas que la hubieran debilitado y haberla hecho a imagen y semejanza de lo que sus hermanas de sangre y convento hubieran deseado para ella.

Teresa desentona absolutamente con la Iglesia de su siglo y abre una nueva forma de vivir, estar y construir Iglesia: desde el mismo corazón. Son sus palabras: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el amor” (Ms B, 2vº) ¡¡¡¡Una mujer en el corazón de la Iglesia!!! Teresa comprende la lógica de la nueva familia de Jesús que apunta a una nueva forma de hacer ekklesia. Ella descubre que Jesús no ha querido que sus seguidores busquen y construyan una casa propia de buenos discípulos y discípulas, con fronteras de seguridad, pues al hacerlo se vuelven otro judaísmo. Teresa es consciente de su misión como Apóstol: su vida quiere ser un servicio a esa nueva familia que brota desde el mismo corazón. En este sentido, Teresa se siente vinculada a los primeros y primeras itinerantes radicales que seguían a Jesús y que se saben fermento de una Humanidad reconciliada. La Iglesia de Teresa es una Iglesia con corazón, una definición que para muchos se ha convertido en una de las grandes cursilerías dichas en toda la historia de la espiritualidad. Sin embargo, una Iglesia con corazón es una comunidad que pone en movimiento toda su capacidad para amar, para acoger, para perdonar, para reconciliar, para dignificar a todo ser humano sin exclusión…

Teresa intuye y vive una Iglesia de iguales y de carismas. Ella vive la intuición evangélica de la nueva familia de Jesús. Lo intuye desde su hondura y emerge a su conciencia como Iglesia circular, horizontal y viva, cuya esencia es el amor y no la estructura.

Audacia de las mujeres

Una mujer ardiendo en el corazón de la Iglesia, como se percibe Teresa a sí misma, es una novedad provocadora en una Iglesia más jerárquica y patriarcal que ministerial y carismática. Teresa se hace memoria de la primitiva comunidad de creyentes que, a la luz de la audacia de las mujeres, es capaz de abrirse a la explosión de vida que brota de la Pascua de Jesús y de la redención del género humano que conlleva este acontecimiento. Así, Teresa, nos ayuda a recuperar una Ekklesia que es diaconía, misión y profecía del Reinado de Dios en el aquí y ahora.

Y, todo ello, vivido desde una actitud fundamental que deberíamos cultivar todos los creyentes: la confianza. Con la ironía que caracteriza a sus escritos decía: “Mi camino es todo él de confianza y amor y no comprendo a las almas que tienen miedo a tan tierno amigo” (Cta 226, 1vº) Eso es, confianza como oposición al miedo a Dios, a lo que pueda hacer y decir. Teresa recupera esa nueva relación con Dios desde quien se fía plenamente y se deja conducir. El juicio final no juzgará cuánto has hecho por temor al castigo/infierno sino cuánto has amado por confiar plenamente en ese Dios que quiere hacer realidad su Reinado contando contigo y conmigo.

Como colofón final quisiera recordar que Teresa es una de las tres únicas doctoras reconocidas por la Iglesia.

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