¿Puede la izquierda renunciar a la utopía?

Foto. Antonio Marín Segovia.¿Puede una ideología que se autodenomine socialista o socialdemócrata no tener un objetivo a largo plazo? ¿Renunciar a la “teología del objetivo final” de la que hablaba Willy Brandt? Sin horizonte de sentido, la política degenera en clientelismo, corrupción y tecnocracia al servicio de los que más tienen. Las consecuencias de esta renuncia son la reducción de la política a mera lucha por el poder, la preponderancia del fragmento, el eslogan, el corto plazo y la mediocridad. Hoy la política como la venganza se sirve fría y en catering precocinado por expertos.

A la pregunta por el futuro, por el final, como a tantas otras cosas valiosas y necesarias le cayó encima el Muro de Berlín. La dogmática comunista del paraíso en la tierra fue sustituida por la dogmática neoliberal de “el fin de la historia”. Con el fin del comunismo comenzaba una nueva “Pax capitalista” en la que el capitalismo traería libertad y riqueza a todas las personas. Las sucesivas crisis sociales, económicas y ecológicas y el permanente deterioro se han encargado de revelar toda la falsedad interesada que encubría este planteamiento ideológico. El neoliberalismo no es capaz de articular un contrato social ni ecológico que sea deseable, viable o universalizable. Está intelectualmente derrotado, aunque su poder mediático, financiero, cultural y religioso todavía le garantiza viabilidad política. Por eso hoy más que nunca, se hace necesaria la pregunta por el proyecto político, por el destino compartido, por los proyectos a largo plazo para la ciudadanía.

La socialdemocracia consistió en una adaptación al capitalismo para desarrollar un Estado del bienestar que permitiera la cohesión social. Las condiciones de la posguerra europea junto con la presencia real de “la amenaza soviética” lo hicieron posible. En los años ochenta ese contrato social fue progresivamente sustituido por el neoliberalismo de Reagan y Thatcher. Políticas a las que se adaptaron las Terceras Vías socialdemócratas. Se acabó renunciando a planteamientos de fondo y a largo plazo y el socialismo se convirtió en liberalismo social. En una mera gestión social del capitalismo. La renuncia al marxismo y la adopción del neoliberalismo no solo significó la renuncia a las utopías cerradas, obligatorias o impuestas o a una interpretación dogmática de la historia, sino que también se evacuó gran parte del potencial crítico. Se perdió de vista algo fundamental para las condiciones de posibilidad de la izquierda: el carácter político de la economía, que pasó a ser un asunto meramente técnico y no social.

El precio a pagar ha sido la pérdida de tono político y la sensación de que la izquierda no es verdaderamente una alternativa, ni siquiera en el largo plazo. Recortes sociales y rescates bancarios jalonan hoy el cordón sanitario del Estado de bienestar. Cordón sanitario que no logra evitar la extensión de la peste. El capitalismo se ha convertido en el límite y la posibilidad del Estado de bienestar. La contradicción está servida. Y solo el keynesianismo parece capaz de resolverla, pero solo en parte. Pero ni siquiera el capitalismo keynesiano pasa la prueba del tribunal de la justicia universalista. Al fin y al cabo, Lord Keynes se veía a sí mismo como un conservador moderado, inteligente y con sentido social. Fueron sus políticas las que al lograr un capitalismo con rostro humano acabaron salvándolo. Fue para el capitalismo lo que para el bloque comunista pudo haber sido la Primavera de Praga. La posibilidad de humanizar el sistema.

Sin embargo eso es lo que hoy está cada vez más en crisis: la posibilidad de un capitalismo con rostro humano. La ciudadanía ha acabado interiorizando que vivimos en el mejor de los mundos posibles, aunque cada vez vivamos peor. Se ha configurado así un escenario de malestar, cinismo, resignación y desencanto creciente, ideal para aventuras populistas, demagógicas o xenófobas.

Necesitamos reinventar la política, por todos lados se oye aquello de que sobran políticos, se equipara a los políticos con los banqueros y se les nombra corresponsables de todos los males. Se simplifica diciendo que “todos son iguales”. Pero ya sabemos quiénes son los grandes beneficiados de la antipolítica del “cuanto peor, mejor”. Lo comentaba Stefan Zweig en sus memorias El mundo de ayer. Memorias de un europeo refiriéndose al advenimiento del nazismo en medio de la confusión, la agitación y la conflictividad social existente tras la I Guerra Mundial. Sin embargo, se oye poco que necesitamos otra política, otros políticos. Políticos y políticas ciudadanos, que vienen de la ciudadanía, están un tiempo en la política y vuelven a su lugar en aquella.

La carencia de ideología y de pensamiento de fondo no solo contrasta con las carreras de larguísimo recorrido de los “funcionarios de la política”, sino que es una función de ella. El 15-M es consecuencia de ese malestar político de la ciudadanía pero también ejemplifica lo que cuesta superar la anomia en la que nos hemos instalado. Nos hace falta paciencia política y un pensamiento alternativo que vaya tejiendo redes desde la base. Nuestra democracia está falta de elementos regeneradores que critiquen la realidad existente desde la utopía. La fe que nace desde el Evangelio nos llama a trabajar en esa tarea, que no es ni más ni menos que la construcción del Reino de Dios en la tierra. Podemos aportar un horizonte de incondicionalidad y de respeto a la Creación.

El futuro no puede ser otro que un contrato social global, capaz de universalizar y maximizar la justicia social y la libertad en un marco de sostenibilidad y diálogo intercultural. Un contrato social que incluya a la Tierra o no será posible. La Tierra como “pobre”, nos recuerda Leonardo Boff. Frente a los recortes, que son en realidad una transferencia de riqueza a los mercados, la civilización de la pobreza de Ellacuría, que es en realidad una civilización de la sobriedad compartida, donde no se pone precio a lo más valioso sino que se es consciente del valor de lo escaso y de que los recursos naturales no son eternos. Los cristianos y cristianas no estamos llamados a imponer ninguna teocracia, ni a bautizar lo existente sino a construir con otros un mundo social y ecológicamente incluyente.

Como dijo el poeta “se hace camino al andar”; el éxito de la izquierda política dependerá de su capacidad para salirse del paradigma neoliberal e ir dando pasos que orienten los cambios hacia ese nuevo contrato social. Eso no se logrará sin líneas rojas, sin valores sólidos, sin exigencias de incondicionalidad. Como afirmaba Horkheimer, una política sin teología, es decir, una política sin objetivos más allá de lo inmediato, de lo temporal y de lo fáctico, es mero mercadeo.

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1 comentario en «¿Puede la izquierda renunciar a la utopía?»

  1. ¿Puede la izquierda renunciar a la utopía?
    Puede decirse más largo pero no más claro. Soy militante socialista que abandoné la vida activa (institucional) hace 7 años. Puede decirse que asistí tras catorce años al frente de un Ayuntamiento al nacimiento del término «sostenible» pasando a ser una cuestión mas de marketing que una realidad que digeríéramos y metabolizáramos. Pero son los codiciosos y sus instrumentos los que han provocado una mascotización del término como era su objetivo y una falsa visión de que es una cantinela más para los ecologistas. Por lo cual una vez etiquetado deja de ser un peligro. Los que quieren ganar más en el menor tiempo posible, hijos y nietos de los que realmente mandan en el mundo (ninguno es político) y a los que final les seguimos el juego. El eurocasino ,con su vergonzosa polémica autonomista de donde lo ponemos, es uno de sus mayores exponentes de fiasco y fraude general. Los bienes públicos que se acabará tragando la iniciativa lúdica/salvadora nunca lo sabremos del todo porque los que se han puesto a correr para conseguir semejante desarrollo en sus territorios lo esconderán bajo la alfombra roja de las salas de juego. Bienes públicos que deberían de ponerse al servicio de las mejores iniciativas sostenibles. Nos falta humildad para reconocer en lo que nos hemos equivocado y valentía para empezar a cambiar de verdad las cosas. La sostenibilidad en palabras mayúsculas debía de ser una asignatura desde primaria hasta la universidad y los nuevos políticos progresistas deberían ser sus predicadores e impulsores. Para ello también debemos mirarnos sin complejos y ver cuantos de los que se han llamdo socialistas no han sido más que unos oportunistas y meros imitadores de los codiciosos de éste mundo.

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