El triunfo de la derechista Keiko Fujimori en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Perú por un estrecho margen de votos ha supuesto la confirmación del giro político que en los últimos meses ha experimentado América Latina y el Caribe. Lorena Elías, de nuestro Consejo de Redacción, analiza lo que significan estas elecciones para su país, sumido en una profunda crisis política e institucional desde hace ya varios años.

He tardado en escribir sobre las elecciones presidenciales en Perú bajo la excusa de que los resultados siempre tardan y que, quizás, en el remoto caso, lo inminente podría cambiar. La realidad es que no.
La reciente elección en Perú no ha sido simplemente un proceso de recuento de votos; ha sido, como cada cinco años, una herida abierta en el tejido de nuestra memoria colectiva. Con una victoria estrecha por 0.13%, para muchos, la victoria de Keiko Fujimori (la hija del dictador) se percibe como una derrota de la memoria viva, un golpe a la dignidad de quienes murieron a manos del Estado fujimorista y asociados, una derrota de las madres y mujeres que lucharon y siguen luchando por justicia para sus muertos y ante las vejaciones recibidas. Para otros, en cambio, es la única salida razonable.
Sin embargo, más allá de la indignación, este resultado nos obliga a observar con crudeza no solo a quién hemos elegido, sino qué partes de nosotros mismos hemos proyectado en esta elección. No se trata de repartir culpas, ni de calcular la huella digital de perversión que hemos dejado en la nube, sino de la deshumanización cada vez más habitual en la que nos acomodamos.
En Perú, donde los temores tienen más probabilidades de hacerse reales y donde la precariedad económica asfixia, la democracia empieza a verse como un lujo distante. Aunque el presente siempre es incierto, la muerte ha pasado de ser un pensamiento extraño a convertirse en la compañera cotidiana.
Es así que la victoria de Fujimori es, en esencia, un síntoma de una deuda pendiente con la vida; sobre todo cuando el país arrastra pobrezas que trascienden el bolsillo, como la falta de oportunidades, la desesperanza, la desprotección institucional y el rechazo y el desprecio a las regiones andinas y comunidades indígenas.
En esa situación, el discurso de la mano dura y la promesa de ciudades seguras, aunque suene a ficción política, surte un efecto demoledor. Cuando nos sentimos abandonados, la tentación de abrazar un autoritarismo que promete orden es, irónicamente, una salida desesperada. Como un síndrome de Estocolmo, es la elección de quien prefiere un pasado conocido y querido por muchos, aunque autoritario, antes que una incertidumbre que se siente como el olvido total.

Tampoco se puede reducir esta elección al acto per se de votar, este triunfo no ocurrió en el vacío. Durante años, hemos sido testigos de un proceso de erosión institucional sistemática. El fujimorismo actual ha actuado mediante el copamiento de espacios clave, como el fujimorismo de los 90, pero modernizado: desde la fiscalía y el poder judicial hasta instancias electorales y organismos de control.
Lo que algunos llaman “gobernar en democracia” ha sido, en realidad, una estrategia de debilitamiento institucional donde las reglas fueron rediseñadas para asegurar la supervivencia de este grupo de poder. Y, como la historia se construye sobre el sufrimiento de los inocentes, parafraseando a Reyes Mate, este fujimorismo ha vuelto a actuar como vocero de la impunidad en episodios oscuros de nuestra historia reciente: ante las muertes de los jóvenes en las protestas contra el breve y anecdótico gobierno de Merino, las más de 50 personas asesinadas en el gobierno de Boluarte o los jóvenes asesinados por fuerzas militares en Huancavelica.
La respuesta nunca ha sido la búsqueda de la verdad, sino el bloqueo constante y organizado de cualquier investigación, con el fin de construir su proyecto sobre los cimientos de la muerte y la impunidad.
Con todo eso, es incomprensible observar cómo figuras que ayer denunciaban al fujimorismo como la mayor desgracia del país, hoy se han convertido en sus voceros más entusiastas. Este transfuguismo ideológico es, quizás, la mayor traición, revelando que en la cima del poder, las convicciones pueden ser sustituibles por intereses inmediatos; como revela la famosa frase: “estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”.
Sin embargo, lo que ocurre en Perú no es una cuestión aislada, sino que es un síntoma que se repite en una Latinoamérica polarizada, donde las instituciones se acercan cada vez más a ser cascarones vacíos -y las democracias, procesos cada vez más superficiales.
Vivimos una transformación en la demanda ciudadana en la que, frente a la incertidumbre, estamos abrazando la promesa de una mano dura que, bajo la excusa de restaurar el orden, termina socavando las bases democráticas. La esperanza que nos inspira se mueve con peligro desde la defensa de las libertades hacia el anhelo de seguridad, cueste lo que cueste.
Para mi generación, este momento se vive con una tristeza densa. ¿Cómo se procesa la victoria de quien encarna, durante décadas, la corrupción y la impunidad? Keiko ha sido una constante en nuestra vida electoral que ya parecía parte del paisaje político. Más allá de las bromas, que nos han servido como un mecanismo de defensa ante su desfachatez, esta vez la realidad nos ha golpeado con una fuerza distinta. Esta vez hemos perdido.

A eso se suma una extraña soledad política, la de quien intenta explicarle a un mundo que mira de lejos que este resultado no es una simple alternancia de mando, sino la ruptura definitiva de ese hilo de cordura que, a duras penas, parecía mantenernos a salvo.
De aquí en adelante, las respuestas ya no las vamos a encontrar en las cifras de los organismos electorales, sino en nuestra capacidad para resistir y revertir la normalización de la violencia, en la lucha por la vida. Más que una elección, ha sido un examen sobre nosotros, sobre quiénes somos y qué estamos dispuestos a perdonar a cambio de un espejismo.
Este capítulo en la vida del Perú no requiere resignación, requiere paciencia. Paciencia como la “virtud de la gente que está en marcha, no de aquellos que están cerrados, quietos”, decía el Papa Francisco. Además, debemos defender la convicción de que no hay democracia ni reconciliación que pueda sostenerse sobre el olvido de nuestros muertos ni sobre la indiferencia ante la injusticia.
