La semana pasada se cumplieron 15 años del 15M, el estallido social que cambió para siempre la vida política española. Los tiempos han cambiado mucho desde entonces, sin duda. Pero nuestro amigo y exdirector Miguel Ángel Vázquez, que vivió intensamente aquellos días, nos cuenta, casi en directo desde las celebraciones del aniversario, que, si nos fijamos bien, todavía es (o puede ser) 15M.

Estoy recién llegado de la Puerta del Sol de Madrid. Justo hoy se cumplen 15 años del 15M y, en parte por mi querencia al rito y en parte por curiosidad, me he querido acercar al que fuera el epicentro del movimiento de los indignados.
Como en aniversarios anteriores, quienes han hecho suyos los lemas que coreamos entonces y los han mantenido casi sin evolucionar desde entonces han convocado una asamblea replicando la estética y el simbolismo quincemayista. Pancartas hechas a mano en la ballena del metro, un grito mudo y una interminable lista de intervenciones y causas han resuelto la efeméride. No eran muchos y, aunque sí que había representantes de algunos de los movimientos que surgieron a raíz de la acampada, como la comisión Legal Sol, no estaba en esta ocasión ni la Solfónica para cerrar el acto.
Me acordaba volviendo a casa de la frase que utilizó Julián Jimeno, mi profesor de Historia de 2º de BUP (peino canas), para explicarnos cómo se llegó al Renacimiento. Decía Jimeno que en la Edad Media trataban de replicar lo que se hizo en la antigüedad clásica, mientras que en el Renacimiento comenzaron a pensar como se pensaba en la antigüedad clásica. En Grecia y Roma no trataban de copiar, sino de ir más allá.
El sentido del 15M hoy
Pensaba si tenía sentido conmemorar el 15M. Si la nostalgia no estaría transformando a la revolución de mi generación en algo inocuo, en una batallita, en un meme. Si todavía es 15M o ya se acabó todo.
No son pocas las cosas que han cambiado en nuestro país y en el mundo desde entonces. Tantas que hacen difícil la analogía en la que nos gustaría caer. No sé si cabe la pregunta “¿te imaginas un 15M ahora?”. El país -el mundo- es otro y nosotros también.
Algunas realidades, sin embargo, sí que riman, pero con matices absolutamente inesperados hace 15 años. Entonces, la acampada coincidió con la JMJ de Benedicto XVI (esa en la que la alegre muchachada cantaba lo de “equis uve palito”). Hubo protestas, cargas y persecución por las calles de la ciudad a cargo de los tan presentes en esos días antidisturbios. Muchas personas descubrieron entonces que la policía sí que te puede perseguir por manifestarte con las manos vacías.
Ahora es otro papa, León XIV, el que viene de visita a España. Lo hace prácticamente siendo el referente del antifascismo mundial. Un papa de Roma. Sus críticas directas a las políticas de Donald Trump (especialmente a la muy absurda guerra de Irán) y a la persecución de las personas migrantes le han puesto en el punto de mira de la ultraderecha internacional.
Aquí dice que quiere visitar centros de refugiados en Canarias y que va a dar un discurso en el Congreso y de pronto los representantes patrios del trumpismo no saben si estar en misa o repicando. Pobre Abascal, le crecen los monaguillos.

Sin embargo, y más allá de estas casualidades curiosas entre aquel 15M y este aniversario de hoy, la diferencia más grande entre entonces y ahora es la imposibilidad de invocar uno de los lemas principales de la protesta indignada. Decíamos en Sol -y en todas las plazas del país- que éramos el 99% y que íbamos a por el 1% restante.
Lo decíamos y era así. Las plazas se llenaron de personas de todo pelaje, formación, trayectoria, militancia, creencia y edad con unas cuantas convicciones comunes para cambiar un país que ya no les hacía caso. “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, gritábamos, y creíamos que era posible ponernos de acuerdo para crear otro mundo que no solo fuera posible sino también deseable.
El 99% frente al 1%
Hoy, que ese otro mundo posible y deseable es también profundamente urgente, la división entre el 99% y el 1% es cada vez más real y más salvaje. Los datos de la desigualdad y el crecimiento de la fortuna de los multimillonarios que ven el mundo como su patio de juegos así lo atestiguan. Sin embargo, nadie se siente ya parte de ningún 99% colectivo.
Las sociedades se han ido dividiendo paulatinamente de forma artificial cuando no interesada siguiendo las directrices de quienes crean las tecnologías que median entre nuestras relaciones. Las redes sociales han abonado el odio y el odio ha dejado de ser mal visto socialmente.
La maldad se premia y siempre hay quien encuentra argumentos en internet para cuestionar los consensos mínimos sobre los que cimentábamos nuestra visión del mundo y del futuro. Todos queremos brillar por nuestro ingenio individual. Todos queremos tener razón. Razón sobre el otro, aunque eso suponga negar incluso la esfericidad de la Tierra.
Y, pienso yo, qué oportuno esto. Qué cerca estuvo tal vez el 15M de unir al 99% de un planeta al borde del colapso ecosocial. Qué prontísimo fue global, lleno de réplicas en distintas capitales de todo el mundo, al punto de convocar para el 15 de octubre de 2011 la primera manifestación mundial.

En muchos resúmenes de prensa queda la caricatura de los perroflautas y su papel como previa de Podemos y todo lo que vendría después en la política española, pero el 15M no fue la “previa” de otra cosa. El 15M tuvo sentido en sí mismo.
El 15M, en un momento de crisis arrolladora, la que lo cambiaría todo, nos dio esperanza. Era emocionante ir a las acampadas. Padres e hijos, madres e hijas, asistían a las asambleas de barrio y no se cansaban de hacer propuestas y de echar una mano para llevarlas a cabo. El CIS de junio de 2011 afirmaba que el 81% de la población estaba de acuerdo con el movimiento y sus reivindicaciones.
Y, sí, ya lo he dicho. El país es otro. Somos otros. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya, pero ¿y si fuéramos capaces de descubrir la trampa y volviéramos a las calles? ¿Y si ese impulso ciudadano global siguiese vivo? ¿Y si siguiéramos a las nuevas generaciones como nos siguieron a nosotros entonces? ¿Y si no nos conformásemos con seguir desde casa el espectáculo de la política institucional? ¿Y si todavía es 15M?
