Tiempos oscuros para la paz

Las señales de deterioro se acumulan en todos los frentes. Nunca desde el final de la Segunda Guerra Mundial habían coexistido tantos conflictos activos ni había sido tan evidente la crisis del sistema internacional. Entre guerras prolongadas, rivalidades geopolíticas y desafíos globales sin respuesta eficaz, el horizonte de la paz se oscurece peligrosamente.

Si solo nos atenemos a los datos, poca duda cabe de que el panorama internacional en términos de paz resulta inevitablemente oscuro.

Por una parte, nos encontramos con 59 conflictos activos en diferentes rincones del planeta, la cifra más alta desde el final de la II Guerra Mundial, siguiendo una tendencia que se aleja cada vez más de la que caracterizaba a la última década del pasado siglo.

Se creía entonces que el final de la Guerra Fría iba a venir acompañado de unos “dividendos de la paz” que permitirían no solo reducir el gasto militar, sino también incrementar los fondos dedicados a reducir las brechas de desigualdad y a potenciar los mecanismos de mediación y negociación para evitar que los conflictos desembocaran con demasiada frecuencia en estallidos generalizados de violencia. Tal cosa, por desgracia, no ha ocurrido.

A eso se suma que, según el Índice Global de Paz 2025, al menos 78 países están implicados directamente en conflictos violentos más allá de sus fronteras, afectando de manera directa tanto al bienestar y seguridad de sus habitantes, como a la estabilidad global. De hecho, mientras que 74 países (de un total de 163 analizados) registraron una mejora en este terreno, otros 87 empeoraron su índice de paz; una dinámica que implica que hoy hay 97 países en una peor situación a la que tenían en 2007.

Mientras tanto, el gasto militar del conjunto de los Estados del planeta sigue aumentando, hasta batir un nuevo récord histórico con 2,8 billones de dólares, prolongando la senda alcista iniciada ya hace once años.

Se consolida así una pauta de comportamiento que sigue creyendo, equivocadamente, que más armas significa más seguridad, como si no estuviera suficientemente claro que el fortalecimiento de los sistemas militares no sirve para neutralizar la mayor parte de las amenazas que nos afectan.

Asistimos, al mismo tiempo, al colapso del orden internacional basado en normas, abriendo el paso a una ley de la jungla que nos aboca a una situación de inquietud e incertidumbre generalizada. Y lo más chocante es que el principal promotor de ese proceso de derribo es el que ha sido su principal beneficiario desde hace décadas: Estados Unidos, o, mejor dicho, Donald Trump.

Sin olvidar en ningún caso a Vladimir Putin y a Xi Jinping, igualmente iluminados por una visión imperialista, es el presidente estadounidense quien de manera más directa está contribuyendo a destruir el marco institucional -despreciando abiertamente a la ONU y al resto de las agencias y organismos multilaterales, como la UNESCO o la OMS- y el marco normativo -como el Acuerdo de París y tantos otros-. 

Se perfila así un escenario de creciente descontrol en el que se multiplican las violaciones del derecho internacional -con el gobierno israelí liderado por Benjamin Netanyahu como ejemplo paradigmático-, los desplantes a la ONU como legítima representante de la comunidad internacional y la lucha de todos contra todos.

Una lucha en la que los más fuertes -con Estados Unidos, China y Rusia en cabeza- pueden soñar con imponer su dictado en una competencia indisimulada por mayores cuotas de poder, y en la que el resto de potencias medias y pequeñas quedan en una posición de mayor vulnerabilidad al no poder encontrar amparo en un orden internacional disfuncional.

En esas condiciones, cuando únicamente el 4% de los conflictos armados termina con un acuerdo de paz (era un 23% en la década de los setenta del pasado siglo), no puede extrañar que estallen nuevas guerras y que las existentes se prolonguen sine die.

Por un lado, se generaliza la sensación de que quebrantar la legalidad internacional y violar sistemáticamente los derechos humanos no acarrea costes, sobre todo si se cuenta con el respaldo de alguna de las potencias globales. Por otro lado, se constata que las instancias creadas para prevenir esos estallidos violentos, empezando por la propia ONU, sumida en una profunda crisis presupuestaria, no cuentan con los recursos humanos y financieros necesarios para poder cumplir su labor.

De hecho, basta con recordar que el presupuesto total de la ONU -incluyendo todas sus agencias, fondos y programas, así como las operaciones de paz- apenas supera los 30.000 millones de dólares anuales, infinitamente por debajo de lo que el conjunto de los Estados del planeta dedica a prepararse para la guerra.

A esto se suma la percepción de que no se han articulado respuestas adecuadas a las principales amenazas existenciales. En relación con las armas nucleares no solamente se han eliminado tratados como los que ponían freno a los misiles antibalísticos (ABM) y a las armas de alcance intermedio en Europa (INF), sino que, desde principios de este año, ha quedado sin validez el que limitaba las armas estratégicas de Rusia y Estados Unidos (Nuevo START o START III).

Entretanto, las nueve potencias nucleares existentes se empeñan en modernizar sus propios arsenales, algunas de ellas incluso plantean transformar esos ingenios en armas de batalla y otros países tratan de hacerse con ellas, complicando así hasta el extremo cualquier intento de evitar la proliferación en este terreno.

06.11.2025 – Plenária Geral dos Líderes Conferência das Nações Unidas sobre Mudanças Climáticas COP 30. Foto: Antonio Scorza/COP30 11.6..2025 – General Plenary of Leaders, United Nations Climate Change Conference COP 30. Photo: Antonio Scorza/COP30

En cuanto a la crisis climática, la reciente COP30 vuelve a confirmar que nos alejamos del cumplimiento de los compromisos adquiridos en diciembre de 2015 con la firma del Acuerdo de París. Incluso la Unión Europea apunta a una pérdida de relevancia de la transición energética en la agenda de los veintisiete, acuciados por la urgencia en responder a la guerra en Ucrania, a la crisis desatada por la agresión ilegal de Israel y Estados Unidos contra Irán y, en el fondo, a la percepción de que la insistencia en dicha transición supondría unos costes difíciles de asumir a corto plazo y una pérdida de competitividad frente a otros actores, como Pekín y Washington, menos inclinados a apostar por el fin de los combustibles fósiles.

La tercera de las amenazas existenciales, la disrupción tecnológica, tampoco está recibiendo la atención necesaria, a la espera de ver cuál puede ser el impacto de la reciente encíclica papal, Magnifica Humanitas.

A diferencia de los otros dos casos, en este terreno no existe ni siquiera un acuerdo internacional para tratar de regular estas tecnologías con un potencial tan potencialmente positivo y esperanzador, por una parte, como devastador e inhumano, por otra.

A pesar de algunos intentos, como el todavía inconcluso de la Unión Europea, de momento lo que destaca es la aceleración de una competencia en la que Estados Unidos y China buscan abiertamente posiciones de ventaja, más que un entendimiento para evitar que el desarrollo de la inteligencia artificial pueda suponer un desastre apocalíptico. Desarmar la inteligencia artificial, como demanda el documento impulsado por León XIV, no significa tecnofobia, sino un intento por evitar que un desarrollo descontrolado suponga eclipsar la dignidad y la inteligencia humana.

En definitiva, y aunque siempre se podrá encontrar algún dato puntual que transmita una imagen aparentemente menos inquietante, son demasiados los datos que definen un panorama oscuro para quienes aspiran a un mundo más justo, más seguro y más sostenible

Queda por ver si, al acercarnos tan peligrosamente al abismo que esto supone, somos capaces de activar las enormes capacidades acumuladas tanto en los gobiernos y organizaciones internacionales como en el ámbito empresarial y, cómo no, en la sociedad civil.

*Jesús A. Núñez Villaverde – Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

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