Por Rocío Cadahía

Radio Comunitaria Izcanal (El Salvador)

Imaginen. Una pequeña estancia, seguramente calurosa. En una mesa destacan varios micrófonos, quizás alguno de ellos ya tiene el cable canon unido a la base con una cinta adhesiva negra. Acabado, como el amor, de tanto usarlo.

Si nuestro estudio de radio es de los bien dotados, tendrá también una pequeña ventana acristalada que nos enseñará otra estancia. Allí reinará el frío, ya que el único aire acondicionado de todo el edificio se reservará para proteger de la humedad a los bienqueridos equipos: la mesa de mezclas y el resto de aparatos, cables y conexiones que hacen posible que las palabras, las ideas, las luchas y los acuerdos vuelen en forma de ondas hercianas hacia toda la comunidad. Y efectivamente es ésta, la comunidad, lo que da vida, nombre y razón de ser a estos medios de comunicación: las radios comunitarias. Casi siempre precarias, algunas veces perseguidas, pero persistentemente presentes. Tozudamente afanadas en no desaparecer.

Ésta podría ser la estampa de muchas radios comunitarias en todo el mundo. Diferenciadas de las comerciales por no tener ánimo de lucro, su fin primero y último es la defensa de los derechos humanos en cualquiera de sus formas. Tampoco son radios públicas, es decir, no pertenecen a los Estados, o dicho de otro modo, al partido que gobierna en ese momento.  También bautizadas como radios libres, alternativas, populares, ciudadanas, no tienen una línea editorial más marcada que la defensa del colectivo que las creó, muchas veces minorías o comunidades excluidas, que no se sienten representadas en los medios de comunicación hegemónicos. Son Los Nadie, como diría Galeano, aquellos y aquellas a los que no les faltan voces, ni opiniones, pero sí muchas veces micrófonos para poder expresarse.

Perseguidas

Quizás es esta libertad lo que hace que en el Estado español existan pocas y muy difusas radios comunitarias, que nunca estuvieron bien vistas ni por los gobiernos ni por las empresas comunicativas. Guerra por las licencias, alegalidades, falta de financiación… son el pan nuestro de estas emisoras. Sin embargo, en América Latina, a pesar de que las radios comunitarias sufren el mismo o incluso mayor acoso (en Guatemala, por ejemplo, son completamente ilegales y los comunicadores y comunicadoras comunitarias pueden acabar en la cárcel) suponen en torno al 20% de las emisoras que operan en la región, según el  Mapa interactivo de Radios de América Latina y el Caribe.  

Las radios en la pandemia

Las radios indígenas, ambientalistas, feministas… prosperan en el continente a pesar de todo, y han tenido y están teniendo un papel destacado durante esta pandemia. En el confinamiento, las ondas radiales fueron las únicas capaces de superar la distancia para llevar la educación a muchos lugares donde internet o las computadoras nunca habían llegado. Volvió así la radio comunitaria a sus orígenes, emulando a la mítica Radio Sutatenza, una emisora colombiana que es considerada como la primera experiencia de radio comunitaria, y que ya por los años 40 se dedicaba a impartir lecciones a través de las ondas. Estuvieron haciéndolo más de 45 años, alfabetizando a miles de personas hasta bien entrada la década de los 90.

Casi un siglo después, una pandemia mundial nos vuelve a separar y, en la era de la digitalización, en muchas zonas la radio analógica se convierte en el único puente capaz de unir al profesorado con sus alumnos. Desde Argentina, conocimos la historia de la maestra Miriam Mabel Lera que dictó lecciones de lengua y ciencias sociales a través de la radio comunitaria del pueblo. Pero no fue la única, según el Foro Argentino de Radios Comunitarias, más de la mitad de esas emisoras han conectado a  docentes y alumnado para la transmisión de contenidos educativos.

En España
También en España, la radio comunitaria, esta vez a través de los podcasts, ha sido un medio de desahogo y comunicación para muchos jóvenes que necesitaban compartir experiencias. Es el caso de Radio Xuntos, una radio escolar puesta en marcha durante el confinamiento por un grupo de profesorado y alumnado de un instituto del pequeño pueblo de Escairón en Lugo, tras haber recibido varios talleres radiofónicos a cargo del proyecto de educación para el desarrollo  O Mundo que queremos.

Información contrahegemónica

Pero no solo de educación vive la radio comunitaria y muchos de estos medios, haciendo honor a otra de sus líneas esenciales, se las apañaron durante la pandemia para ofrecer información contrahegemónica.  Desde América Latina, pero también desde África o Asia, las experiencias no tardaron en sucederse, y las radios comunitarias ocupando ese terreno de servicio público que los medios de comunicación tradicionales (tanto públicos como privados) han olvidado desde hace mucho, se han afanado por informar a su gente de lo que realmente estaba ocurriendo.

Éste es el gran valor de la radio comunitaria. Un potente agente de democratización y participación ciudadana, que no ha pasado por alto para organizaciones como Agareso, Asociación Gallega de Comunicación para el Cambio Social, una de las pocas ONGDs que ponen en el centro de su labor la comunicación, entendiéndola como una herramienta fundamental para la construcción de una sociedad más justa e igualitaria.  Agareso lleva años apoyando técnica y económicamente a radios comunitarias de Centroamérica y el Caribe, gracias a proyectos de cooperación.

Y es que mientras los medios de comunicación hegemónicos sigan pregonando sin filtro ni cuestionamiento los mensajes de las empresas que los poseen, o de los grupos políticos que los dirigen, siempre habrá personas que empujadas por la sed de justicia se decidan a empuñar los micrófonos para hacer uso del gran potencial que tienen las radios comunitarias: educar, sensibilizar, informar, movilizar, con las palabras y las arengas propias de la comunidad.