Nada mejor para ir abriendo el apetito que hablar sobre la comida. El tema en principio es atractivo, ¿no? Mientras ello no nos lleve a hacer dieta, no hay ningún problema, ¿cierto? Tampoco voy a redundar en la cuestión del hambre en el mundo y de las desigualdades que lo provocan. Prefiero no ahondar en la herida ni remover conciencias, al menos, hoy no.

Por suerte, algunos vivimos en países donde tenemos abundancia de alimentos y solemos estar bien abastecidos. La mayoría podemos comer dos o tres veces al día. Por desgracia, otros, aún viviendo en países con suficientes recursos, no pueden comer casi ni una vez al día.

Desde pequeños recibimos un tipo de alimentación conforme a la edad en la que estemos, ya de adolescentes y después, en la edad adulta, seguimos teniendo en cuenta unas pautas para alimentarnos de forma adecuada. Con el paso de los años, los médicos y nutricionistas nos dirán que hay que revisar lo que ingerimos porque al cuerpo le faltan vitaminas de un tipo u otro o le sobran kilos. Pero, ¿qué pasa con la alimentación del alma?

Hay un fenómeno que se llama desnutrición emocional. Es la carencia de afecto, cariño y amor. Este tipo de nutrientes son fundamentales para el desarrollo personal. La ausencia de los mismos provoca desajustes en las etapas posteriores y nos hace más vulnerables al estrés, a la capacidad de relación o a la pérdida de la autoestima.

Hay una dimensión del ser humano que no debemos olvidar: la transcendental. De ella hablan también los psicólogos y terapeutas. Los creyentes, la vinculamos con alguna divinidad. Lo cierto es que a los niños que se les ayuda a crecer en este aspecto suelen tener un desarrollo más armónico y equilibrado. Algo tendrá que ver Dios en todo esto ya que nos quiere sanos de cuerpo, mente y espíritu. Así que, habrá que replantearse algunos de los desequilibrios que provocan la política, la religión, las circunstancias sociales y familiares, además de las personales.

No nos vendría mal revisar lo que aportamos y recibimos emocionalmente. Sin darnos cuenta, la malnutrición emocional forma parte del menú de cada día. Ante la falta de afecto, cariño y atención recurrimos a otros placebos que llenen esos vacíos, desde comida, relaciones, emociones… Confundiendo alimentos con sentimientos, damos al cuerpo lo que deberíamos dar al alma, y esta se va quedando raquítica. Mientras, Dios llora viendo como unos mueren de hambre y otros, que tienen para comer, están desnutridos de la piel para dentro.

La mayoría solemos conocer y hablar de conceptos morales y éticos como la paz, el amor, la no-violencia, la verdad, el sentido del humor. Sin embargo, la práctica de los mismos está condicionada por la vivencia a nivel personal y cómo los hemos ido integrando en nuestra vida. Los alimentos, igual que los valores, los van asimilando el cuerpo y el espíritu poco a poco. Es hora de cuidar también el interior para seguir estando guapos también por fuera.