Este año se cumplen los 75 años de existencia de la Organización de las Naciones para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Concretamente, el 16 de octubre de 1945, 42 países tomaron la iniciativa en Quebec (Canadá)- de ahí que ese día se celebre el Día Mundial de la Alimentación-.

Imagen de un mercado en Chile.. La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha pedido este domingo que se garantice el acceso a los alimentos a las personas más vulnerables pese a las restricciones de movimiento que imperan actualmente por la pandemia del coronavirus. POLITICA SUDAMÉRICA CHILE INTERNACIONAL FAO/MAX VALENCIA

La Organización de las Naciones para la Agricultura y la Alimentación (FAO) nació, según aparece en el preámbulo de su Constitución, para elevar los niveles de nutrición y vida de los pueblos, mejorar el rendimiento de la producción y eficacia de la distribución de todos los alimentos y productos alimenticios y agrícolas, mejorar las condiciones de la población rural y contribuir a la expansión de la economía mundial y a liberar del hambre a la Humanidad. Para ello, establecieron el objetivo de lograr la seguridad alimentaria para todas las personas del planeta y, al mismo tiempo, garantizar el acceso regular a alimentos suficientes y de buena calidad para llevar una vida activa y sana.

A buen seguro que ninguna de las personas que representan a los 42 Estados firmantes de la Constitución de la FAO podía imaginar que, 75 años después, en el prólogo del informe «Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo 2020», presentado por la FAO a mediados del pasado mes de julio, leeríamos la siguiente afirmación:

Resulta inaceptable que, en un mundo que produce alimentos suficientes para alimentar a toda su población, más de 1.500 millones de personas no se puedan permitir una dieta que cumpla los niveles necesarios de nutrientes esenciales y más de 3.000 millones ni siquiera se puedan permitir la dieta saludable más barata. Quienes no disponen de acceso a dietas saludables viven en todas las regiones del mundo; por tanto, estamos ante un problema global que nos afecta a todas las personas.

El estado de la seguridad alimentaria -es decir, la situación que se da, según la FAO, cuando todas las personas tienen acceso físico, social y económico permanente a alimentos seguros, nutritivos y en cantidad suficiente para satisfacer sus requerimientos nutricionales y preferencias alimentarias para llevar una vida activa y saludable-, no ha hecho más que empeorar desde 2014. En 2019, unos 2.000 millones de personas no tenían acceso regular a alimentos inocuos, nutritivos y suficientes para llevar una vida sana.

Una cifra en aumento

Actualmente, cerca de 690 millones de personas padecen hambre, es decir, el 8,9% de la población mundial. En cinco años, esa cantidad de personas hambrientas ha aumentado en 60 millones; en el último año el aumento ha sido de 10 millones. Por si todos esos datos no fueran suficientes motivos de preocupación, las repercusiones del COVID-19 han complicado más la situación actual: la FAO calcula que entre 80 y 130 millones más se sumará al número ya inaceptable de personas hambrientas. Y a nadie se le escapa que las perspectivas no son nada esperanzadoras para abordar la falta de reconocimiento de uno de los derechos humanos fundamentales: el derecho a la alimentación.

En el informe citado, tras cinco años de compromiso, por parte de la FAO, con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODS) –Agenda 2030- se presentan previsiones sobre cómo será el mundo en 2030 si continúan las tendencias del último decenio, previsiones que la FAO estima difíciles de hacer por el alto grado de incertidumbre debido a la devastadora irrupción del COVID-19 que sigue afectando a todo el planeta, con mayor o menor gravedad, según los países. Si se sigue la tendencia actual, y todo apunta a ello, sin que se vislumbre mejoría alguna, en el año 2030, las personas hambrientas superarán los 840 millones. En consecuencia, la meta 2.1 de los ODS –asegurar el acceso de todas las personas a una alimentación sana, nutritiva y suficiente durante todo el año- no se logrará, como tampoco se alcanzará la meta 2.2 –poner fin a todas las formas de malnutrición-. Las dudas relativas al cumplimiento de los ODS en el año 2030 crecen a tenor de los importantes retrocesos que se están experimentando en todo el mundo como consecuencia de las repercusiones de la pandemia, especialmente en la erradicación de la pobreza y el hambre.

La maldición de la malnutrición

Si son demoledores los datos referidos a la seguridad alimentaria, no lo son menos los que atañen a la malnutrición, definida por la FAO como una condición fisiológica en la que la ingesta de alimentos resulta insuficiente para satisfacer las necesidades de energía alimentaria. A escala mundial, la carga de la malnutrición en todas sus formas sigue constituyendo un desafío y las consecuencias para la población infantil son especialmente graves. Según las estimaciones actuales, en 2019 el 21,3% (144 millones) de los niños menores de cinco años sufría retraso del crecimiento, el 6,9% (47 millones) padecía emaciación (adelgazamiento involuntario) y el 5,6% (38,3 millones) tenía sobrepeso. La malnutrición es el primer paso que puede llevar a las personas a la desnutrición, al sobrepeso y a la obesidad, tan arraigada en todos los países del mundo.

Según la FAO, una de las principales razones por las que millones de personas en el mundo padecen hambre, inseguridad alimentaria y malnutrición es porque no se pueden permitir una dieta saludable porque es inasequible para más de 3.000 millones de personas al superar el umbral internacional de la pobreza, calculado en 1,90 dólares por persona y día. Esto hace que las dietas saludables estén fuera del alcance de las personas que viven en la pobreza o justo por encima del umbral de la pobreza. Actualmente, más de la mitad de la población de África subsahariana y Asia meridional no puede acceder a una dieta sana.

Cambios en los sistemas alimentarios

Para incrementar la asequibilidad de las dietas saludables, según la FAO, se deberían reducir los costos de las mismas a lo largo de toda la cadena alimentaria, lo que supondría grandes transformaciones en los sistemas alimentarios que deberían llevarse a cabo sin fórmulas universales sino adaptadas a las características de cada país, sin olvidar la producción y el consumo de alimentos de forma sostenible en todo el planeta y la reducción drástica del desperdicio alimentario. Se trata de un gran desafío tan necesario como ineludible para garantizar a todas las personas, especialmente las más vulnerables, el acceso a los alimentos nutritivos y a una dieta saludable.

Ante la realidad del hambre en un mundo que produce suficientes alimentos para todas las personas, los 194 países miembros de la FAO deberían redoblar sus esfuerzos para lograr los objetivos de la organización porque el hambre es un desafío multilateral. En palabras del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, “hoy tenemos un superávit de desafíos multilaterales y un déficit de soluciones multilaterales”.

Versión resumida del informe en español http://www.fao.org/3/ca9699es/CA9699ES.pdf