El pasado 2 de marzo se cumplían diez años del asesinato de la activista hondureña Berta Cáceres a manos de unos sicarios que trabajaban a las órdenes de la familia Atala, una de las más poderosas de Honduras. Diez años ya del asesinato o, como se refieren desde entonces sus seguidores al día del crimen, diez años de su siembra.

Es esta sustitución de términos una poderosa demostración de resiliencia del pueblo hondureño que sobrepasa lo simbólico y cuenta con suficientes ejemplos previos como para que se pueda considerar tradición popular. Así, a la efeméride que señala en el calendario el golpe de Estado de 2009, protagonizado por Roberto Micheletti, no se la recuerda por el golpe en sí, sino por el nacimiento de la resistencia frente a este.
Resignificar el daño, cambiar el bando del protagonismo, sustraérselo al victimario para ofrecérselo a las víctimas, no regalar derrotas ni en la derrota. Una forma de levantar imaginarios que sirvan para superar la inmovilidad del duelo y generar una respuesta comunitaria.
No el asesinato, sino la siembra. No el golpe, sino la resistencia. Nunca el opresor como protagonista. Nunca el pueblo como sujeto pasivo.
Para reivindicar la memoria de Berta Cáceres una década después y para exigir una justicia que no termina de llegar se realizaron concentraciones y encuentros tanto en Honduras como en varias ciudades españolas. En concreto en Madrid nos juntamos unos cuantos sospechosos habituales frente a la embajada de Honduras ubicada en el paseo de la Castellana. Un grupo de apenas veinte personas entre activistas de Ecologistas en Acción, Greenpeace, Amnistía Internacional, parroquianos de San Carlos Borromeo y ciudadanía sensibilizada registraba un escrito en el edificio oficial exigiendo que no cese la investigación hasta que no se dé con los autores intelectuales del asesinato.
Hasta la fecha han sido condenados los dos sicarios ejecutores del crimen, así como otras seis personas relacionadas con la empresa Desarrollos Energéticos S.A. (DESA), incluido su presidente ejecutivo David Castillo. Sin embargo, para el COPINH (el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, fundado por la propia Berta Cáceres), los máximos responsables del atentado, miembros de la poderosa familia Atala, siguen sin enfrentarse a un juicio que sigue inconcluso.
DESA es la empresa responsable del proyecto hidroeléctrico Agua Zarca al que Cáceres se enfrentó y que pretendía crear una represa en el río Gualcarque, un enclave sagrado para el pueblo lenca. La defensa del río y su comunidad fue motivo suficiente para que unos empresarios borrachos de impunidad y sedientos de lucro orquestaran su asesinato. No en vano Honduras sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para los defensores de los derechos humanos y del clima.
A día de hoy continúan los cuatro agujeros de bala en el muro del dormitorio de Berta en su casa de La Esperanza y el rastro de una sangre que no quiere irse de la pared. Esa misma casa en la que entraron los dos sicarios en la madrugada del 2 de marzo de 2016 se transformará en los próximos meses en un espacio de memoria y, sin duda, en lugar de peregrinación para activistas climáticos y personas convencidas de que otro mundo sigue siendo posible.
Como respondía el activista Gustavo Castro, único testigo del asesinato, en un reciente reportaje para el diario El País: “El asesinato de Bertita representa un antes y un después. Berta se sembró en los corazones de los movimientos internacionales. Lograr justicia total en su caso es vital; si no hay justicia para ella, ¿qué nos espera a los demás defensores en América Latina? Es un mensaje para los poderes empresariales: no pueden asesinar impunemente”.

Berta murió en La Esperanza, pero la esperanza no murió con el asesinato de Berta. Tras el crimen que a día de hoy sigue sin justicia, sus familiares -con su hija Berta Zúniga Cáceres a la cabeza- y el COPINH continúan su lucha y la replican. La siembran.
Yo veo todo esto y pienso en los (no llegábamos a veinte) sospechosos del otro día frente a la embajada y me preocupa que en los últimos años estemos perdiendo a casi todos nuestros referentes y, con ellos, una cierta capacidad de movilización. Queda esperanza, sí, pero no hay ganas.
Es tal la pérdida de referentes que las declaraciones de mínimo sentido común de Pedro Sánchez apelando a la legalidad internacional frente a una guerra ilegítima (¿no lo son todas?) le convierten en poco menos que un nuevo Pepe Mujica. Tiempos extrañísimos estos en que la reivindicación de los mínimos derechos está revestida de la épica revolucionaria de otras épocas.

Pero si Berta está sembrada, si no la han asesinado, si es cierta y eficaz esa estrategia nomencladora del pueblo hondureño resiliente, entonces Berta tiene que florecer. Y, por fuerza, tendrá que hacerlo en los que nos quedamos y creemos en su lucha.
Este es el tiempo que nos ha tocado vivir y tal vez por eso sea la hora de dejar de buscar nuevos referentes y empezar a ser, a través del compromiso y la acción honesta, referentes del mañana. Referentes de cercanía, una cosa sencilla, nada muy grandilocuente. Basta con que puedan florecer las semillas sembradas. A fin de cuentas “somos ancestros del porvenir”, que decía el poeta, periodista y agitador cultural Paco Gómez Nadal.
