Por Pedro Serrano García*

La iniciativa de la caravana de migrantes hondureños nació de la gente de base. Aunque esperaban que se unieran cerca de un centenar de personas, ya el viernes 12 de octubre de 2018 eran más de 200 concertados a través de las redes sociales. La noticia cundió y los medios de comunicación se hicieron eco de la pretensión de emigrar de forma colectiva; así, en la noche de ese día 12 la cifra de los dispuestos a marcharse llegaba a 600 personas, algunas con sus niños.

La caravana de migrantes camina desde Honduras hasta la frontera de los Estados Unidos

La caravana ha causado un revuelo diplomático tras la amenaza de Trump de frenar el apoyo financiero a Guatemala, Honduras y El Salvador si no detienen a migrantes . ANIMAL POLÍTICO

El 13 de octubre, antes de iniciar la salida de la terminal de autobuses de la ciudad de San Pedro Sula ya eran unos 1.200; dispuestos y dispuestas a correr los riesgos durante la travesía por parajes guatemaltecos y mexicanos sin saber con certeza si al final alcanzarían EEUU, esa “tierra prometida” cuya economía es la más potente de la Tierra.

Al llegar a Aguas Calientes, frontera de Honduras con Guatemala, la caravana había alcanzado los 4.000 migrantes. Consiguieron pasar el cerco policial hondureño y guatemalteco y posteriormente, al cruzar al Estado de Chiapas, México, sumaban 10.000 migrantes, la mayoría hondureños, a los que se unieron guatemaltecos, salvadoreños y algunos mexicanos. Durante el largo recorrido por la República de México hasta la ciudad de Tijuana en la frontera con EEUU llegaron, según algunas informaciones, a la cifra de 14.000.

Para los migrantes, haciéndolo en caravana se corre menos riesgos de ser asaltados, se evitan los costes de las “mordidas” que les exigen los «coyotes» y se encuentran más seguros al ir acompañados. Muchos están decididos a no volver, pues para ellos su patria está llena de hostilidades.

Efectos diversos

La noticia del éxodo en caravana la difundieron los medios de comunicación y redes sociales hondureños y de muchos otros países americanos, europeos y asiáticos. Se comentaba en tertulias particulares, políticas, sociales, religiosas y mediáticas. ¡Asombroso! ¡Espectacular! ¡Novedoso! Así se ha considerado a la idea de migrar en caravana. La opinión pública la ha ido siguiendo hasta la frontera de México con EEUU.

La migración es, además de un derecho humano, un “signo de los tiempos”. Durante décadas se migra desde países en vías de desarrollo a países desarrollados; pero siempre ha acostumbrado a ser individual, algunas veces en grupo, pero rara vez en caravana; y menos en el gran número de hombres, mujeres y niños migrantes que han llegado ahora a la frontera de EEUU.

La caravana de migrantes hondureños ha despertado muchas simpatías. Varias ONGs han manifestado su interés en ayudar a los migrantes; abogados, médicos, enfermeras y defensores de los derechos humanos se han ofrecido a aportar sus conocimientos. Comunidades con sus equipos pastorales, organizaciones humanitarias y población mexicana en general, han proporcionado ayuda alimentaria, ropa, medicinas y lugar donde pernoctar en las paradas de descanso que la espectacular caravana ha ido realizando en su éxodo hacia el gran país del norte donde tienen puestas sus esperanzas. Sin embargo, hay autoridades que criminalizan a las organizaciones solidarias

La caravana de migrantes provocó en Honduras una marcha de solidaridad (la otra caravana interior), donde participaron varios movimientos populares y comunidades cristianas de base, que, saliendo el 23 de octubre de La Barca, Santa Cruz de Yojoa, llegaron a Tegucigalpa el 26 del mismo mes de 2018. Reclamaban solidaridad con los migrantes, rechazo del ilegal gobierno de Juan Orlando Hernández y elecciones en abril de 2019 supervisadas por una comisión internacional de la ONU. Pero no se llegó a promover una gran movilización.

Los gobiernos de Honduras y de EEUU se han sentido incómodos con la caravana de migrantes -y en menor medida los gobiernos de Guatemala y El Salvador-, pues los migrantes muestran al mundo que las autoridades de estos países son incapaces de realizar políticas y reformar estructuras en defensa del bienestar de las clases trabajadoras que evitarían, en gran parte, la constante migración de empobrecidos centroamericanos hacia EEUU.

El presidente Trump ha puesto un segundo muro de alambradas y ha trasladado efectivos de las Fuerzas Armadas y Policía a los lugares fronterizos por donde han de pasar los migrantes. Amenaza con retirar la ayuda a los países de Honduras, Guatemala y El Salvador si no retienen a los migrantes, culpabilizados como delincuentes, vagos y aprovechados que vienen a vivir a costa de los ciudadanos norteamericanos. Trump, aunque un tribunal de justicia ha fallado en su contra, mantiene a hijos de migrantes separados de sus padres y recluidos en condiciones inhumanas, además de otras medidas violatorias de los derechos humanos.

Mientras el presidente hondureño, si en sus discursos oficiales tanto en la ONU como en otros foros internacionales y nacionales se muestra dispuesto a respetar y defender los derechos de los migrantes, en la práctica nunca ha tomado medidas que favorezcan a los empobrecidos ciudadanos de su país y menos a los que se han visto forzados a migrar.

Tremenda realidad

A la ciudadanía humilde de Honduras, hundida en la supervivencia y amenazada por las mafias, sólo les queda el camino de la migración. Según una encuesta de noviembre 2013, en Honduras el 65% de la población desea marcharse, mientras que el 28% prefiere quedarse y el 7% no sabe. El porcentaje de los que desean salir del país va aumentando.

De acuerdo con los datos obtenidos por el Foro Nacional para las Migraciones en Honduras (FONAMIH), emigran del país anualmente unas 100.000 personas, debido a la falta de oportunidades, la pobreza, el desempleo y la inseguridad. Para muchos de los migrantes centroamericanos las frustraciones aumentan, pues aproximadamente el 30% de ellos son detenidos por autoridades migratorias y el 52% por la Policía de Fronteras. Luego son devueltos a sus países de origen. Solamente un 18% del total de los que migran logran entrar a EEUU.

Según datos oficiales, de enero de 2009 a julio de 2015, 444.490 migrantes hondureños fueron retornados a su país, lo que representa un promedio mensual de 5.626 devoluciones desde EEUU y México (DICYP-UNAH, 1992-2015). Al parecer, los migrantes hondureños residentes son aproximadamente 948.587, según los informes del Buró del Censo de EEUU.

La migración no suele ser noticia, pues esta tragedia humana de miles de personas y familias empobrecidas, no mueven los corazones de los dirigentes y élites de Honduras, centrados en su propio poder, privilegios y disfrute de sus riquezas.

En su trayecto por el territorio mexicano y el desierto estadounidense, son innumerables los sufrimientos que han de pasar. Algunos son asesinados y otros atracados por las mafias. Los hay engañados por los coyotes, mientras las autoridades y policías de los países responsables hacen la vista gorda. A veces, usan el llamado «tren de la muerte» o “la Bestia”, donde muchos migrantes sufren accidentes en el trayecto.

En los cuarenta últimos años la ciudadanía hondureña ha visto frustrar en diversas ocasiones sus esperanzas de cambio para una vida mejor.

En los años 90, la presión de las organizaciones y movimientos sociales para la consecución de una democracia participativa, favoreció la creación de instituciones oficiales sobre la mujer, la juventud, la niñez, la discapacidad. Pero la escasa financiación oficial, las hacen inoperantes.

Así mismo, las estrategias para la reducción de la pobreza con motivo de la gran tragedia que ocasionó el huracán Mitch en 1998, fueron frustradas por la irresponsabilidad, la corrupción y la impunidad de las autoridades del Estado y la oligarquía.

En el año 2009, las élites que consideran a la nación hondureña como su propiedad, no toleraron las suaves medidas a favor del pueblo y el acercamiento al ALBA del presidente Manuel Zelaya, y dieron un golpe de Estado con el beneplácito de la Administración norteamericana.

Posteriormente ha habido tres elecciones fraudulentas con apoyo de la Administración de EEUU, sin que la oposición consiguiera ninguna mejora para el pueblo.

A lo largo de estos años han sido intensas las reivindicaciones de campesinos y trabajadores; destacando, entre otras, las grandes movilizaciones: contra el golpe de Estado en el 2009; contra la corrupción en 2015; contra los sendos fraudes electorales de los años 2013 y 2017. La respuesta del corrupto gobierno siempre ha sido la represión, el encarcelamiento y el asesinato de líderes populares, como el de Berta Cáceres.

Los grupos de poder político, apoyados por las oligarquías, los sectores financieros, las Fuerzas Armadas, la embajada norteamericana y las jerarquías de las iglesias católica y evangélica, apoyaron el golpe, criminalizaron las protestas y bloquearon los cambios esperados.

Causas antipopulares

La economía está basada principalmente en las remesas de emigrantes, las industrias extractivas, hidroeléctricas, maquileras y del agronegocio, todo en manos de multinacionales. Ello ha causado un deterioro de las clases populares hasta el punto de que se calcula que la pobreza alcanza al 65% de la población. A lo que hay que añadir unos 20 asesinatos diarios a manos de la delincuencia y del crimen político, por lo que se considera que es uno de los países más violentos del mundo y el primero de América.

Desde el golpe de Estado al presidente Manuel Zelaya en 2009, le han seguido tres procesos electorales fraudulentos, militarización de la sociedad, corrupción generalizada de las élites económicas y políticas. El actual presidente, Juan Orlando Hernández, manipula al Tribunal Electoral, a los Tribunales de Justicia y al Congreso de la nación, aprovechándose para sus intereses del apoyo que recibe de las autoridades de Estados Unidos.

Los grupos que hegemonizan al Estado hondureño se han apoderado corrupta e impunemente de los recursos del país, impidiendo el bienestar de la ciudadanía. Son, pues, los causantes de la migración de los sectores populares (campesinos, obreros, pequeños comerciantes, vendedores ambulantes, amas de casa y jóvenes), al frustrárseles toda posibilidad de salir de la indigencia; o de la inseguridad y riesgo por sus vidas ante la violencia que ejercen las “maras” y las mafias. Esos mismos grupos se benefician de las remesas de los migrantes a sus familiares por vía bancaria. Al final de 2018 se espera que las remesas alcancen la cantidad de unos 5.000 millones de dólares. Ya en el 2015, las remesas eran el 18,37% del PIB. Así pues, los migrantes hondureños alimentan sin quererlo a las víboras oligárquicas que les muerden.

Esperanzas renovadoras

Ya están los migrantes en Tijuana, México, frontera con Estados Unidos. ¿Y ahora qué? Al parecer, se han presentado unas 10.000 solicitudes de refugiados, que pasan a engrosar las listas de espera. Algunos valientes ya han intentado saltar la valla, pero han sido capturados por la policía fronteriza norteamericana. Otros se han vuelto para Honduras o están pensando hacerlo. Muchos tratarán de quedarse en ciudades fronterizas con Estados Unidos esperando una ocasión de entrar en ese país. Puede que un número considerable se vaya integrando en ciudades del hermano pueblo mexicano.

La solidaridad de la ciudadanía y sus organizaciones tanto norteamericana como mexicana y de otros países está ayudando a mitigar los enormes sufrimientos de nuestros hermanos migrantes. Mientras, en Honduras, las reivindicaciones populares no cesarán de pedir: un adelanto electoral que ponga fin al actual gobierno corrupto, seguir con las manifestaciones ciudadanas y las denuncias a los poderes políticos y económicos y mantener y ampliar el proceso de concienciación para que el pueblo trate de resolver sus derechos de forma colectiva y no individual. Porque otra Honduras es posible.

 

Causas de la migración forzada

El sistema de dominación del Imperio norteamericano sobre los pueblos centroamericanos, a los que considera parte de su “patio trasero”. Sus intervenciones económicas, políticas y militares impiden a estos pequeños países el desarrollo de fuerzas progresistas que hagan posible una democracia participativa y una mejor distribución de los recursos económicos.
Desde la finalización de la colonización española, las élites hondureñas se han mostrado sumisas y dependientes de las autoridades y poderes económicos norteamericanos, inyectando en la población la cultura del individualismo pasivo que les incapacita para ser una fuerza renovadora del Estado en favor del bien común. A los empobrecidos solamente les queda la esperanza de alcanzar “el paraíso americano”.
En Honduras impera el capitalismo neoliberal donde los poderes políticos están sometidos a los intereses de los poderes económicos y financieros. Más que un Estado democrático-formal, se ha constituido un narcoestado, en gran parte fallido, corrupto y depredador de la clase trabajadora. Existe una alianza para enriquecerse entre las élites de las fuerzas armadas, los dirigentes del bipartidismo, la oligarquía económica, las multinacionales y los jefes del narcotráfico y de las mafias. Incluso, hay dirigentes de organizaciones sindicales que están más preocupados de obtener prebendas que de la defensa de los trabajadores.
*Pedro Serrano García, es sacerdote de Madrid, exmisionero y escribe habitualmente para comunidades de Madrid, Honduras, El Salvador
y en la web de Redes Cristianas