Diamantino García, el cura de los pobres

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Diamantino García trabajando como jornalero en Francia. El 19 de febrero se cumplen 19 años de la muerte de Diamantino García Acosta. Muchos, los más jóvenes, no lo conocieron ni recuerdan su estilo de cura. Salmantino, de Ituero de Azaba, marcó un tiempo, dejó huella en Andalucía y en toda España.

Yo soy cura por vocación

Diamantino llegaba en el año 69 al pueblo de Los Corrales (Sevilla), su primer destino, con 26 años. No era de los curitas hechos en serie y conformado. Según escribe Esteban Tabares: “A los pocos días de llegar a Los Corrales, ve mucho ajetreo en el pueblo, camiones cargados de enseres domésticos y autobuses repletos de gente que se marchaban. La concurrida plaza que hay ante la iglesia se agitaba aquella mañana con las voces de despedida y de lágrimas. Extrañado, pregunta: ‘¿Qué pasa?’. Y le responden: – ‘Ná, que se van a los espárragos de Navarra. Aquí solo se quedan los maestros, los guardias, el médico, los viejos y el cura…’. Diamantino contesta: – ‘Eso era antes. Hoy el cura también se va’.
Desde ese día el cura se hace jornalero y temporero, decide vivir como uno más toda su vida: ‘Me interpeló tanto aquella vida, confiesa Diamantino, que yo no tenía justificación si me quedaba a la sombra de los santos, encendiendo velas o despachando papeles. Porque yo no soy cura por profesión, sino por vocación
» (Como un diamante, Escritos de Diamantino García, Nueva Utopía, Madrid, 1996, 834 pp.).

No me extraña que, aún fresco el aire del concilio Vaticano II, la actitud de Diamantino fuera criticada por una mayoría, mayoría en este caso clerical. Porque el perfil oficial del cura estaba bien trazado y él se salía del esquema.

Claro que Diamantino no procedía al tun tun ni por capricho, sabía lo que hacía. Pero un cura no era cura desligado de la misa diaria y entregado a quehaceres profanos, todo lo nobles que se quiera, pero profanos. ¿Cómo un sacerdote podía descuidar el oficio diario de la misa o subordinarlo a otras tareas temporales?

No soy un funcionario útil

Diamantino, sin embargo, caminaba claro: ”Yo era consciente de que mis ideas chocaban con la realidad y que me esperaban grandes dificultades. Pero he de confesar que el concilio Vaticano II recién terminado y todo el aggiornamento que él parecía suponer me animaban a ver con optimismo el porvenir de mi comportamiento pastoral”.

Y continúa: “En las tierras del Sur, generalmente domina una Iglesia de cristiandad. Es decir, una agencia de servicios religiosos. Y una institución preocupada por mantener influencias sociales a través de sus obras propias. Así como también ser protagonista del fenómeno religioso cultural de nuestro pueblo, especialmente en alza en una sociedad de consumo que paralelamente desarrolla el individualismo, la superficialidad y la falta de compromiso serio con el hermano. Es lógico que yo no sea considerado un ‘funcionario útil’ por los responsables de la institución eclesiástica. Al contrario, soy más bien problemático. De todos modos, mucho más problemático fue Jesucristo para los defensores del templo”.

En 1988 manifestación junto al Palacio de Justicia en Sevilla para pedir el indulto de Diego Cañamero. Para Diamantino el Evangelio era el Evangelio y la Iglesia institución no andaba en muchas cosas acorde con él: “La institución eclesiástica como tal es más un obstáculo que una ayuda -por lo general- para poder hacer creíble nuestro compromiso cristiano en medio del pueblo. El comportamiento de la institución eclesiástica, tradicionalmente, ha estado junto a los bien situados económica y socialmente. A los pobres solo se ha acercado con paternalismo y beneficencia y, a veces, con limosnas. Por eso, es muy corriente que el pueblo identifique a la gente de la Iglesia con los opresores”.

El mandato de Jesús no nos permite ser neutrales

Pienso que el cura, convertido en funcionario del culto, queda atrapado en la rueda ritualista -severamente minuciosa e impositiva- y casi se ve obligado a desestimar y abandonar la esencial dimensión ético-profética dentro de sus otras tareas ministeriales. Lo expresa con fuerza el teólogo José Antonio Pagola: “La última cena recapitula lo que ha sido la vida de Jesús y lo que va a ser su crucifixión. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento de Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino. Hemos de escuchar con más hondura el mandato de Jesús: ‘Haced esto en memoria mía”.

Quienes, como Diamantino, habían tomado la opción por las personas pobres, denunciaban el juego alienador de la religión dominante y se tomaban en serio el mandato de Jesús:

Quienes nos comprometemos con el Evangelio de una manera seria tenemos que optar por los pobres y, consecuentemente, denunciar a los que causan el dolor de los oprimidos. Hay pobres porque hay ricos que ocasionan y provocan la pobreza del pueblo, la emigración, la ignorancia de la gente, el miedo y la humillación. En una sociedad dividida tenemos que definirnos. No podemos ser neutrales. No se puede ser amigo del que causa el dolor y del que lo sufre. No se puede servir a dos señores. Con el Evangelio en la mano no nos queda otra opción. Esto no va a ser fácil, ni cómodo, ni comprendido por muchos”.

Junto al sacerdote salvadoreño Rutilio Sánchez en 1992.En la Eucaristía recordamos a alguien que fue capaz de revolucionar la historia, que sedujo con su anuncio a millones y millones de seres humanos y cuando lo recordamos se nos enciende el deseo de asemejarnos a él de alguna manera. La eucaristía no es, al estilo de las religiones, un sacrificio ritual, descomprometido, protagonizado por el cura.

Diamantino ponía en cuestión una religiosidad centrada en determinados momentos y actos de la vida: “Hemos de ser conscientes de que muchas veces el templo, las misas, las procesiones, los actos religiosos…difícilmente son lugares donde proclamar y celebrar el amor de Dios por su pueblo. De las palabras sagradas como Dios, Virgen, misas, santos… se ha abusado tanto, desde posiciones interesadas de clase, que los pobres no esperan de eso ninguna liberación. Muy a menudo significan sentimentalismo y no poca magia para un pueblo con escasa información”.
Diamantino, cuando escribía “Yo no tenía justificación si me quedaba a la sombra de los santos, encendiendo velas o despachando papeles”, coincidía plenamente con el buen sentir del teólogo José Antonio Pagola: “La crisis de la Misa es, probablemente, el símbolo más expresivo de la crisis que se está viviendo en el cristianismo actual… Un día, quizá no tan lejano, una Iglesia más frágil y pobre, pero con más capacidad de renovación emprenderá la transformación del ritual de la eucaristía y la jerarquía asumirá su responsabilidad apostólica para tomar decisiones que hoy no nos atrevemos a plantear”.

Misericordia quiero, no sacrificio

Sería interesante un estudio histórico-teológico que nos mostrase cómo se llegó a establecer la creencia y norma de que la vida del clero –y, bajo él, la del pueblo- tenía que girar en torno a la repetición constante, ritualista e ilimitada del Santo Sacrificio de la Misa.

Diamantino apunta acertadamente a lo que debe ser objeto de una renovación radical de la Misa, porque todavía es habitual en nuestros templos ofrecer a Dios un sacrificio (orad para que este sacrifico mío y vuestro…), algo de lo que poseemos, para alcanzar su reconocimiento. Jesús fue muy crítico con el culto sacrificial: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,13). Debiera quedar claro de una vez por todas que la muerte de Jesús no se la puede seguir interpretando como un sacrificio y menos como un sacrifico de expiación. La sangre de Jesús no es el precio de rescate exigido por Dios. La eucaristía no es la representación incruenta del sacrifico de la cruz ni tiene un valor infinito. Si es una representación no es un sacrificio verdadero, pues un hecho histórico es irrepetible. La muerte de Jesús ni se repite ni se la sustituye.

La eucaristía no es, por tanto, un sacrificio porque ni hay víctima (la cual sería Jesús), ni él es el sacerdote que la inmola (sería autoinmolación). Jesús es víctima, ciertamente, pero “víctima de la alianza entre la razón de Estado romana y el odio de la casta sacerdotal judía”. No obstante, como indica Roger Laeners en Otro cristianismo es posible, “Una manera de pensar y de hablar cercana a la sacrificial no solo revivió con fuerza en la Iglesia y penetró toda la piedad, sino que se impuso como interpretación oficial y exclusiva incluso de la muerte de Jesús, así como del culto central de los cristianos, la eucaristía”.

El secreto que dio sentido a la vida de Diamantino

Diamantino, unido al pueblo, pasó a vivir como uno más, sin privilegios ni protagonismos, pronto a analizar las causas de las injusticias, luchar contra ellas, organizarse y, así, forzar un cambio de actitudes y estructuras. Pero la razón que le movía a eso era ser fiel a Jesús de Nazaret, quien lo había seducido y a quien le había prometido seguir: “Abrigábamos el convencimiento evangélico de querer seguir los pasos de Jesús de Nazaret al que veíamos un hombre sencillo que vivió la vida de los pobres de su pueblo”.

Yo creo que está aquí la fuerza dinamizadora de toda la vida de Diamantino. Tener al Nazareno como referente y medida es comprometido. Redescubrir a Jesús de Nazaret es la necesidad fundamental para la conversión de los cristianos y cristianas y para acabar con todas las manipulaciones que con él hemos hecho. La figura de Jesús nos lleva al Cristo y hace suprimir todos los ídolos que en su nombre hemos servido.

Al Señor no lo podemos conocer como salvador ni imitar como hombre si los separamos del contexto humano y sociohistórico de su vida. Jesús es el resucitado por haber sido, primero, testigo de la verdad, defensor de la justicia, abogado de los pobres, gran profeta y, por ello mismo, procesado y crucificado. Acceder a Jesús es aceptar su proyecto, el reinado de Dios como lo último de la vida, lo cual quiere decir que esa utopía puede y debe historificarse, allí sobre todo donde hoy se encuentra mayormente esa multitud de rostros sufrientes, señal, signo y sacramento del rostro mismo de Jesús: “Cuanto con uno de estos hermanos míos más pequeños lo hicisteis, conmigo lo hicisteis”.

Diamantino vive poseído por la certeza de que la verdadera persona cristiana debe hacer lo que hizo Jesús de Nazaret: anunciar la Buena Nueva a los pobres. Sobre él hablaron en la radio así, en la mañana del jueves 9 de febrero:

Diamantino era el corsario de Dios y del hombre, allí donde al hombre no le llegan nunca los encargos de Dios. Y era su abogado y su escudo, su mano y su voz. En el campo y en cualquier lugar donde la pobreza o la marginación necesitara la urgente y casi siempre extrema unción de la palabra y el aliento.

La hostia y el mendrugo a un tiempo. El Padre nuestro y la reivindicación obrera a un tiempo. La Palabra de Dios y el silencio del hombre. La paz para los buenos y la guerra contra los que no les dejaban vivir. Púlpito y olivo. Altar y labrantío. Cáliz y cántaro. Y siempre esa voz insobornable, siempre esa idea, tan pacífica y tan guerrera a un tiempo, contando la verdad sin pliegues, tan sencilla como tú: “Medio mundo se muere de hambre y otro medio de colesterol; y así no puede ser”.

En la mañana del jueves 9 de febrero, Diamantino dijo a Esteban Tabares: “Me voy”. Y así fue. Y yo, en la Misa, abarrotada hasta en las calles próximas y presidida por el cardenal Carlos Amigo con más de cien sacerdotes en el altar, dije:

Es la hora de la verdad última: la muerte nuevo comienzo,
la entrada en la última realidad: “Lo que el ojo humano nunca vio ”.
Un aviso de eternidad, para que la vida presente sea no más
que ese cielo de justicia, de amor y de paz.
Diamantino, hermano: rota la crisálida de tus restos,
te hallas vivo, nuevo, más allá de la muerte.
Has entrado para siempre en el invisible Reino de Dios.
Lo decimos, ¿pero lo creemos?
Hermano Diamantino: ¿te lloramos o nos felicitamos?»

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