SINDICATOS EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS

De auténtica locura estos días. No podía ser de otra manera. Miles de trabajadores y trabajadoras descolocados, sin saber muy bien qué hacer ni cómo.

“Pero ¿tengo que ir a trabajar?”, “¿Y qué pasa con nuestros hijos?”, “¿Un ERTE?”,  “¿Qué hago si no me dan mascarillas en mi trabajo?”, “¿Me pueden obligar a coger vacaciones si no las estoy disfrutando?”, “¿Me pueden despedir ahora porque dicen que no he superado el período de prueba?”, “¿No entraré en el ERTE si soy trabajador fijo discontinuo y no me han llamado a causa de la crisis del Covid19?”, “¿Qué tengo que hacer para afiliarme? porque esta vez ya se han pasado mucho”…

Algunos ejemplos de los cientos de preguntas que han ido llegando al sindicato. Todas de golpe. Y todas con el marchamo de la incertidumbre. Dudas y más dudas ante una situación totalmente novedosa en nuestro panorama nacional e internacional. 187 de los 194 países del mundo se han visto afectados por esta crisis sanitaria, humanitaria, social y laboral generada por el coronavirus. Una crisis sin precedentes en estos tiempos del neoliberalismo. Según la OIT esta crisis traerá una pérdida global de entre 5,3 y 24,5 millones  de empleos. Y para no variar el guión, como ya pasara en la anterior crisis del 2008, el peso de esta situación se trasladará hacia la gran masa de trabajadores y trabajadoras del mundo.

El sindicalismo mundial también está siendo sensible a esta crisis ocasionada por el coronavirus, y eso pese a que su acción se ha visto limitada por los gobiernos, debido al confinamiento al que se ha abocado la gran masa de trabajadores y a los estados de alarma que han surgido en diferentes países. La Confederación sindical internacional ha recogido en su web algunas de las demandas de los sindicatos a nivel mundial frente a esta pandemia.

Por ejemplo, ACTU de Australia está solicitando un permiso remunerado por dos semanas para la protección de empleos. Del mismo modo, Italia declaró medidas como compensación única para trabajadores independiente, artistas y campesinos, más doce días de licencia remunerada para los trabajadores y trabajadoras. En Japón se creó un subsidio de ajuste al empleo para las pymes que garanticen el empleo. Mientras que en Suecia el gobierno pagará el 90% de los salarios de los trabajadores que se encuentren infectados gracias a la interlocución con el sindicalismo.

A modo de ejemplo, son en definitiva medidas que pretenden ejercer de contrapeso al poder de las grandes empresas que facturan beneficios millonarios cada trimestre y a muchas de ellas que miran hacia otro lado en situaciones como las que estamos atravesando.

Algunas ideas a vuela pluma sobre la situación del trabajo ante la crisis que estamos atravesando. Por la fe sabemos que quien nos salva, que quien  nos libera es Dios mismo, pero también estamos constatando estos días que es la clase trabajadora quien salva el país: el personal médico, los transportistas, las limpiadoras, reponedores, los trabajadores y trabajadoras de las fuerzas de seguridad, las cajeras, etc… sin todos ellos ni las grandes fortunas ni los mercados financieros aguantarían esta situación.

Esta situación excepcional están sirviendo de excusa para recortar en derechos económicos y sociales como consecuencia del estupor ciudadano. Y aunque también podrían aplicarse para redistribuir la riqueza, mucho me temo que esto no sucederá.

Estamos observando como el trabajo presencial no es la única opción. El teletrabajo ha llegado y llegará para quedarse, al menos ocasionalmente. Y esto supone beneficios evidentes: menos desplazamientos, menos contaminación y más ahorro. Y posibilidades reales de conciliación.

Especial relevancia, aparte del colectivo de trabajadores de la sanidad y de los supermercados, han recobrado los trabajadores y trabajadoras del campo. El campo es un sector estratégico, al mismo nivel que la energía o el transporte público. Podemos vivir sin muchas cosas de las que usamos a diario, pero no sin comida.

Algunas empresas, pese a tener ganancias millonarias, no pretenden hacerse cargo de ningún coste que descuadre los beneficios que tienen estipulados. Otras han despedido a trabajadoras precarias cuando tenían opción de ofrecerles un ERTE, para ahorrarse el 25% de las cuotas a la seguridad social. Y también habido alguna, pocas de las grandes, que han hecho un esfuerzo para afrontar esta situación con responsabilidad. 

Así que pese a la centralidad del trabajo en la organización del modelo social, sobre el que esta pandemia ha vuelto a poner el foco, han vuelto a resurgir críticas hacia los sindicatos. Que no se les ve, que si en casa cobrando… Nihil novum sub solem: ¿A quién le interesa desprestigiar con falsedades a las organizaciones que más daño pueden hacer al poder financiero? Al poder que compra y vende la vida, contra el que cantó Pedro Guerra.

Y es que el sindicalismo de clase sigue siendo todavía una trinchera de la que dispone la clase obrera. Una clase obrera que ha recobrado un protagonismo no pretendido en estos días, pero sí merecido. Una clase obrera que está sirviendo de sostén de la sociedad y de la vida. De ahí que cueste entender el mensaje antisindical rebotado acríticamente por amplias capas de la propia clase trabajadora, carne de meme y de mensajes de whatsapp.

¿Dónde estaban los sindicatos? ¿Dónde los sindicalista? Os lo digo yo: defendiendo los intereses de la clase trabajadora, asesorando, acompañando, al pie del cañón, sin horarios estos días, ni fines de semana, negociando ERTES, garantizando la seguridad de las personas y presionando para que se cumplan las medidas necesarias. Son miles los sindicalistas, hombres y mujeres, que hemos estado literalmente enganchados al teléfono, atendiendo llamadas, preocupaciones, consultas, inquietudes… Evitando despidos, apretando a las empresas y también al propio Gobierno. En la lucha, como siempre. Al lado de la clase trabajadora, de los delegados y delegadas sindicales. A la altura de la situación que nos está tocando vivir.

Seguimos en cuaresma, en camino hacia la Pascua. Dios nos llama a escuchar los gemidos de un mundo sufriente para que nos impliquemos y nos detengamos, ahora forzosamente, también en el mundo del trabajo.

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