Sáhara Occidental: una situación «transitoria» de casi 50 años

Halima es el nombre ficticio de una mujer que reúne las características de las personas, especialmente de las mujeres, que sobreviven en los campamentos saharauis cuyas condiciones de vida son durísimas, como he podido comprobar estando allí.

Los muros de las construcciones de adobe sirven para reivindicar una situación de abandono por parte de la comunidad internacional y de España, que sigue teniendo la responsabilidad por haber sido «potencia colonial». Autor.- JM Medina.

Es una madre de familia con muchas responsabilidades. Su esposo está en la zona militar, en la guerra contra Marruecos por mantener las zonas liberadas del Sáhara Occidental. Pasa una semana en el frente y otra en casa. Además de llevar su casa y atender a sus cuatro hijos, es la persona responsable de barrio de la Media Luna Roja Saharaui. Este compromiso le supone, entre otras responsabilidades, la supervisión de la distribución de la ayuda alimentaria en su barrio, uno de los cuatro en que se divide la daira -algo así como un distrito municipal- en la wilaya de El Aaiún, uno de los cinco campamentos que se ubican en la región argelina de Tinduf, en el desierto.

Una vez al mes, los camiones de la bien organizada Media Luna Roja Saharaui recorren los 116 barrios de los campamentos para distribuir una canasta básica alimentaria provista por el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (PMA). Es una cesta pensada para situaciones de emergencia, limitadas en el tiempo… pero, en este caso, se está prolongando muchos años. Es una ración alimentaria restringida en cantidad, calidad y variedad.

El PMA tiene el compromiso de proveer una ración suficiente para que cada persona beneficiaria consuma 2.100 kilocalorías al día. Pero no está destinada a todas las personas sino a 133.672 de las 173.600 en que se estimó la población de los campamentos en 2018 por parte de un grupo de expertos de organizaciones internacionales (PMA, ACNUR, UNICEF) y ONG.

Actualmente, 133.672 son las personas que el PMA considera que están en situación de inseguridad alimentaria o de alta vulnerabilidad y reciben la canasta básica. Sin embargo, me comenta Halima que ese recuento no ha sido actualizado en los últimos años, no se ha tenido en cuenta el crecimiento de la población, ni tampoco han sido incorporadas las, aproximadamente, 5.000 personas que, en 2020, debido a la guerra con Marruecos, tuvieron que salir de los territorios liberados y buscar refugio en los campamentos.

Además, varias mujeres vecinas de Halima, comentan que la ayuda no solo ha ido disminuyendo en cantidad, sino que ha ido perdiendo calidad. Algunos productos no siempre llegan en buenas condiciones, aunque reconocen que hay abiertos diversos cauces para presentar quejas al respecto. Sin embargo, lo que más les preocupa es la pérdida de variedad. La ración básica que reparte el PMA es una “cesta seca”: cebada, arroz, harina de trigo, lentejas, aceite de girasol, levadura, apenas un kilo de azúcar y poco más. Un grupo de alimentos en los que priman los carbohidratos, pero no contiene productos frescos.

Gracias a algunas ONG y, especialmente, a la Cruz Roja Española, reciben cada mes un kilo de patatas o cebollas y a veces zanahorias. Sólo un kilo al mes. Y una vez al año, en el Ramadán, reciben dátiles.

El pueblo saharaui se ha organizado en estas cinco décadas de refugio de forma solidaria. La participación comunitaria y la cohesión social basada en la buena vecindad responden a limitaciones de todo tipo. Comparten entre todos lo que llega y se esfuerzan por conseguir vías complementarias a su escasa alimentación. La realidad es que, durante mi visita a los campamentos saharauis, no he visto a nadie pidiendo en la calle.

Con enorme esfuerzo, a pesar de las condiciones del desierto, del calor, de la falta de lluvia y de la salinidad de las tierras y del agua, consiguen sacar adelante huertos familiares y comunales, para tener algo más de producto fresco cuya producción es muy limitada frente a las necesidades alimentarias de la población.

En su cultura gastronómica es muy importante la carne y la leche, y por supuesto, el té verde; sin embargo, esos productos no se distribuyen y tienen que comprarlos a precios muy elevados teniendo en cuenta sus limitadísimas fuentes de ingresos. Es difícil hacer comparaciones, pero es algo así como si una persona con un sueldo medio en España tuviera que pagar más de 100 euros por un kilo de carne o de plátanos.

También está muy limitado el acceso al agua. Una vez al mes se reparte a las familias para que llenen sus depósitos. En unos casos, el reparto se hace con camiones cisterna; en otros casos, se han instalado redes que permiten abastecer desde puntos de distribución cercanos a las casas. Apenas tienen 20 litros por persona al día para todas las necesidades de limpieza, aseo y alimentación.

Cuando estuve en la casa de Halima, toda la familia hizo gala de su extremada hospitalidad. A pesar de lo costoso que es para ellos, pude degustar un exquisito guiso de carne de camello con verduras y vivir la bonita experiencia de la ceremonia del té, en la que se genera un espacio de encuentro, de diálogo, de calma, dentro de la familia, con los vecinos y visitantes.

Tuve la enorme suerte de entrar en contacto con el mundo saharaui de la mano de Mundubat, una organización que desde 1996 hace un extraordinario trabajo con los refugiados saharauis. Tiene un gran equipo de personas -la mayoría saharauis- con las que he aprendido y he empezado a descubrir esta realidad.

Enraíza Derechos está colaborando con Mundubat en una investigación sobre la situación del derecho a la alimentación en los campamentos. Sé que sólo he arañado la superficie, pero estoy tan fascinado por el pueblo saharaui como preocupado por el escaso compromiso de la comunidad internacional ante un problema que es responsabilidad suya.

Hace casi 50 años la ONU se comprometió a organizar un referéndum para la libre determinación del pueblo saharaui, pero hasta el momento no se ha conseguido celebrar. Los años pasan y, mientras 200.000 personas sobreviven en el desierto a duras penas, parece que la única receta de Naciones Unidas es seguir esperando.

En el Sáhara Occidental hay dos tipos de muros: unos son militares, con minas y hay otro muro aún peor, es el muro del silencio”. Así resumió la situación en esa región geográfica una persona sabia del pueblo saharaui.

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