Clemencia Carabalí, «Mujeres constructoras de paz».

Cada 72 horas matan a una persona indígena en Colombia. El final del año 2019 ha sido dramático, especialmente en el Valle del Cauca. Clemencia Carabalí, mujer, campesina y negra, víctima de un atentado en mayo, ha estado en Madrid para denunciar la situación y seguir apostando por la paz.

Clemencia Carabalí en un momento de la entrevista. Foto Alandar

135 indígenas asesinados desde que tomó posesión el presidente Duque en agosto de 2018. La violencia en Colombia, especialmente en el Valle del Cauca, se recrudeció, paradójicamente, tras la firma de los acuerdos de paz de 2016.  Detrás –no es difícil deducirlo- hay poderosos intereses que se disputan una zona estratégica. A todas las fuerzas implicadas en actividades ilegales les interesa el control de esa zona del suroeste colombiano que garantiza la salida desde la cordillera al Pacífico, esencial para la exportación de droga.

Cristina Bautista, dirigente indígena, fue asesinada el 29 de octubre. Había dicho: “si nos callamos, nos matan, si hablamos, también; de modo que hablamos”.

Muchas mujeres siguen hablando, entre ellas Clemencia Carabalí, líder afrocolombiana, que se define como “mujer, campesina y negra”. Empezó su compromiso con su comunidad ayudando a otras mujeres construir huertas caseras para mejorar la alimentación de los niños. Descubrió el valor de la solidaridad y la necesidad de apoyarse mutuamente y fundó la Asociación de Mujeres Afrodescendientes del norte del Cauca. “Mujeres constructoras de paz” es uno de sus proyectos. Se trata de defender los territorios, establecer estrategias de seguridad alimentaria y actividades económicas de desarrollo sostenible, prevenir la violencia de género y acompañar a las mujeres en todo este proceso.

Nos la jugamos por los acuerdos de paz, aunque no eran perfectos. Y seguimos apostando por ellos.

Ha estado en España para explicar su trabajo y su apoyo a los acuerdos de paz de 2016: “Nos la jugamos por los acuerdos de paz, aunque no eran perfectos. Y seguimos apostando por ellos, aunque vemos que se les han puesto muchos peros, especialmente a los acuerdos logrados a favor de las poblaciones indígenas”. Denuncia que el gobierno no ha cumplido con su compromiso de apoyar la sustitución progresiva de los cultivos de coca, que no se incentivan los cultivos alternativos de maíz, plátano o café. El alto Comisionado para la paz ha anunciado recientemente inversiones sociales en esa línea. Tras tantas promesas, los indígenas aguardan a ver su realidad y eficacia.

Mientras tanto, paramilitares, narcotraficantes y disidentes de grupos guerrilleros pugnan por su trozo de pastel en esa zona productora de coca. La Procuraduría del pueblo de Colombia viene alertando del fortalecimiento de todos esos actores ilegales, lo que bien explica el nivel de violencia contra las poblaciones indígenas que no se someten a sus designios. Los guardias indígenas, reconocidos por la Constitución, no llevan armamento, su bastón de mando es el símbolo de su función de gestión y pacificación, y son por ello objetivo preferente de todos quienes desean un territorio sin gobierno alguno.

Paramilitares, narcotraficantes y disidentes guerrilleros pugnan por su trozo de pastel en esa zona productora de coca.

“La paz ha de ser para todos, sobre todo para la población local, no para incentivar la llegada de nuevos actores económicos que no cuentan con nosotros”, dice Clemencia.  No sólo el narcocultivo es una amenaza, también lo son los monocultivos, de caña de azúcar, por ejemplo, que acaparan el agua de poblaciones enteras y son fumigados con avionetas, lo que afecta a la salud. Denuncia también el nulo control de los efectos medioambientales de las grandes empresas mineras o de las granjas avícolas, que contaminan para siempre los territorios. Tal vez por ello la acusan de ser un obstáculo para el desarrollo, pero ella afirma que los indígenas no están en contra de la actividad económica, sino que “debería haber una concertación, una consulta con las poblaciones de la zona, pero se va a lo cómodo y rápido”.

La han amenazado de muerte 7 veces, perdió a un hijo por parto prematuro al no poder ser atendida debido al toque de queda impuesto en su territorio, y tuvo que abandonar temporalmente el país por esas amenazas. Pero no ceja en su empeño, no va a abandonar el Cauca porque “el territorio es la vida; y la vida se ama y se defiende”.

La paz ha de ser para todos, sobre todo para la población local, no para incentivar la llegada de nuevos actores económicos que no cuentan con nosotros.

Este año ha recibido el Premio Nacional a la Defensa de los Derechos Humanos en Colombia que otorgan la Iglesia sueca y Diakonía. Se reconoce así su trabajo incansable a favor de la capacitación de las mujeres campesinas para que mejoren su vida y las de sus familias y defiendan sus derechos y los de su comunidad frente a tanta explotación y violencia, incluida la violencia sexual.

Clemencia Carabalí ha estado en España para hablar de su trabajo y reclamar que la comunidad internacional exija el cumplimiento de los acuerdos de paz y la protección de las comunidades indígenas frente a tanta amenaza. Entre otras, la de que esta población, de casi 2 millones de personas, según el censo oficial –muchas más, según las organizaciones indígenas- se vuelva invisible.

Clemencia Carabalí están cansada, a punto de concluir su viaje, pero no pierde la sonrisa. Sus palabras tienen el aroma a verdad de quien habla de lo que vive.

Este año has sufrido un atentado, pero estás aquí apostando por la paz a pesar de todo…

El 4 de mayo de este año sufrí un atentado, pero sigo apostando por la vida; nosotras como mujeres somos dadoras de vida y yo creo que eso es lo que nos alienta, nos anima y nos mantiene, con esa esperanza de que otro mundo es posible y de que tenemos que hacerlo nosotras porque ¿quién va a hacerlo por nosotras?

En tus intervenciones, haces muchas referencias a Dios…

Sí, hablo mucho de Él, porque yo creo que nada en el mundo se mueve si no es por la voluntad de Dios, y Él es mi mayor cuidador y yo creo que a mí no me va a pasar nada si Él no lo permite, y entonces yo oro. Yo creo que sí, hay un ser supremo, y sí, tengo como esa chispa que es la que me sostiene, la fe.

Tu familia y tu fe son tu fuerza…

Y la comunidad, la comunidad siempre, que me sostiene en este proceso.

Tú apuestas por empoderar a las mujeres rurales e indígenas y esto no debe de ser fácil en una zona de conflicto. ¿Cuál es tu mensaje?

El mensaje es insistir, resistir, persistir.