Marta del Pozo Barrón, Profesora de Lengua y Literatura
de un IES de Extremadura y Jefa de Estudios en el mismo

Hace unas semanas recibí un correo electrónico de una alumna de 2º de Bachillerato. La alumna mostraba su estado anímico de frustración y desconcierto, indicaba que no era el encierro en sí, sino la incertidumbre. Creo que esa es la palabra que resume el sentir de la sociedad y el sentir de la educación. Pero es verdad que para la fe, la incertidumbre es el camino.

Sus dificultades venían porque se encontraba realizando múltiples tareas a través del ordenador,  que le ocupaban mañana y tarde; pero no era capaz de vislumbrar la finalidad de la tarea, ni el tiempo que invertía, sin saber el camino posterior. No pude decirle que sus profesores tampoco lo sabíamos y que vivíamos las mismas sensaciones.

Docentes y alumnado han tenido que adaptarse a
una nueva forma de aprendizaje. Foto: Julia M Cameron

Y es esto lo que ha derrumbado los conceptos de nuestro hacer y de nuestro sistema. De golpe y porrazo, el docente, custodiado por sus 25 (en primaria) 30 (secundaria) criaturas en un espacio reducido y común de convivencia, ha pasado a convertirse en un profesor virtual, con o sin preparación para ello.

O lo que es aún más terrible: los millares de niños y niñas que se han visto abocados a sumergirse en el mundo tecnológico sin instrumentos ni procedimientos aprendidos para ello. Diferentes estudios apuntan a que la brecha educativa será más profunda tras el confinamiento. Una de las causas, la desigualdad de recursos y de instrumentos digitales en las familias, así como la desigualdad cultural y tecnológica de las mismas.

Sin embargo, cabe destacar que gracias a la labor conjunta de instituciones, docentes y familias hemos sido capaces de descubrir las carencias de nuestro sistema y dar luz a este hecho que permanecía en la sombra. La escuela se ha podido mirar al espejo y descubrir que el traje del rey no era tal traje. Ante este descubrimiento, el profesorado y las instituciones no se han quedado paradas, se han puesto manos a la obra y el esfuerzo titánico de docentes, educadores, directores e instituciones han llegado a esos alumnos y no los han dejado de la mano.

En mi centro, las profesoras de Audición y Lenguaje y la Profesora Terapéutica tratan todos los días de hablar con las chicas y chicos con dificultades de aprendizaje; hemos logrado que a cada uno les llegue su ordenador y garantizado qué posibilidades de red wifi o datos tienen, pero me cuenta una de ellas que han estado explicando al alumno y a la madre cómo se encendía el ordenador. Ahora, imaginad tratar de explicar desde la distancia que se introduzca en la plataforma escolar y en el classroom de google, que descargue un archivo, que suba una foto del cuaderno, que dé a entregar la tarea, que vea un vídeo de youtube y haga el formulario, que no se le olvide dar a enviar; y así en 8 o 9 asignaturas.

Este hecho se añade a la situación de familias que acaban de quedarse en paro, que tienen varios adolescentes en el hogar luchando por su parte de wifi, familias cuya primera preocupación es llenar la despensa o atender al abuelo que vive solo o que padece la enfermedad. No somos conscientes, los educadores, del mundo que están viviendo nuestros alumnos y por ello es muy difícil desde nuestro ordenador poder actuar como tales. Un nuevo reto para la educación que estamos llamados a superar.

Hoy, más que nunca, se hace necesario entender el sentido de la escuela pública y obligatoria como el gran éxito de la sociedad del bienestar. La atención personalizada y diversificada en nuestras aulas, pese a los grandes peros del sistema (masificación, falta de personal, falta de preparación, falta de consenso político) permitía que los niños y niñas en situación de riesgo social tuviesen una oportunidad, un seguimiento y una atención. Desde el confinamiento esa labor queda adormecida.

La gran incertidumbre es ¿qué pasará? El gran miedo es perder a tantos y tantos alumnos que se descuelguen del sistema, acuciados por los problemas más inmediatos que les asedian. Al perder esa conexión con el sistema, esa oportunidad de conocimiento de las estrategias y procedimientos de aprendizaje, dejamos atrás una de las claves de la igualdad de oportunidades. Pierden también el aprendizaje de la convivencia, del contacto con otras formas de ser y estar, de relacionarse y además esta crisis encasilla a los niños y niñas en un entorno cerrado que puede convertirse en gueto.

Están en peligro los principios de igualdad, dignidad y convivencia que daban sentido a la escuela. Mucho debemos pensar los educadores, pedagogos y nuestros líderes para evitar esta brecha que supone la enseñanza no presencial.

Pero, desde la incertidumbre, nos queda la fe. La conciencia que el sector educativo ha adquirido sobre esta brecha, abierta de forma sangrante en el sistema, es el primer paso para trabajar por cerrar esas fisuras y por proteger a los discentes más desfavorecidos en situaciones de crisis. Cuando comenzó este siglo, las revistas pedagógicas y artículos de prensa se servían de titulares como “El gran reto en la Educación del siglo XXI” y todas ellas apuntaban a lo tecnológico. Pues bien, el gran reto del siglo XXI ha llegado ahora y lo ha revelado la pandemia: convertir la educación en instrumento de igualdad.