Salud mental en África, una asignatura pendiente

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 Foto. Rachel Strohom.El pasado 13 de abril la Campaña “África cuestión de vida, cuestión debida” de REDES (Red de entidades para el desarrollo solidario) celebró una charla sobre la atención médica en salud mental en el continente africano. La ONGD Juan Ciudad de los hermanos de San Juan de Dios y la Fundación Benito Menni, de las hermanas hospitalarias, fueron las encargadas de acercar al público la situación que allí viven las personas con enfermedades mentales.

Según estas organizaciones, en África “la mayoría de los países dedican menos del 2 % de su presupuesto sanitario a la salud mental”. Por eso, quieren lanzar una llamada de atención a los gobiernos y a los donantes para financiar este tipo de cuidados.

En el mundo hay más de 400 millones de personas que sufren trastornos mentales, neurológicos u otro tipo de problemas relacionados con el abuso de alcohol y drogas. Apenas existen datos sobre la incidencia de enfermedades psiquiátricas y psicológicas en África “y los que hay no son muy fiables, un indicador de la marginación de este tema”, señalaron las ONG. Las personas con trastornos mentales siguen siendo los grandes marginados en la mayoría de los países africanos. En este sentido, la OMS señala que más del 75 por ciento de las personas que sufren problemas mentales en los países en vías desarrollo no reciben tratamiento.

El texto a continuación, publicado por la agencia de noticias IPS, es el relato de vida de una de tantas personas que sufren enfermedades psiquiátricas –en este caso en Sudáfrica- y que no reciben el tratamiento adecuado, además de ser rechazadas por la sociedad.

Personas invisibles
Jamie Elkon (IPS/SNS)

Desde que la atención psiquiátrica fue descentralizada el año pasado en Sudáfrica, muchos pacientes fueron trasladados de hospitales a sanatorios comunitarios que carecen de recursos apropiados para tratar enfermedades mentales.

Como consecuencia, muchas de las personas más vulnerables de la sociedad cayeron en las grietas del sistema y ahora deambulan por las calles, invisibles para los demás. Se puede ver gente caminando a la vera de carreteras, balbuceando y gesticulando, mientras otros se sientan en cuclillas en el pavimento fuera de los restaurantes, ante la generalizada indiferencia de la gente.

Nosipho* es una mujer de 36 años de la Provincia Oriental del Cabo. Aunque creció durante el Apartheid, pudo asistir a una escuela local gracias al apoyo de un maestro. Era una brillante estudiante a la que le gustaba escribir historias en las que fantaseaba con escapar de su pequeña y pobre comunidad. En sus cuentos era siempre una cantante de gospel que viajaba por el mundo y dormía en camas suaves con muchas sábanas limpias que la mantenían segura y caliente.

Incluso a los 15 años estaba convencida de que iba a ser famosa, a pesar de que probablemente debería abandonar la escuela pronto para dedicarse a atender a su hermana menor, ya que su abuela había enfermado.

Pero rápidamente comenzó a sufrir síntomas de desorden mental. Al principio eran pocos y esporádicos. A Nosipho le parecía escuchar su nombre en la radio cada vez que entraba en el cuarto de su abuela. Pronto los síntomas se multiplicaron: le parecía escuchar su nombre susurrado por el viento en cada lugar al que iba.

Sus amigos comenzaron a preguntarle si consumía drogas, porque parecía estar siempre absorta en un ensueño. Su sonrisa se convirtió en una máscara primero para eludir las constantes preguntas y luego para frenar las lágrimas que derramó sobre la tumba de su abuela cuando ésta falleció.

Tras el funeral, los días eran largos y difíciles y, cuando finalmente podía descansar, las voces comenzaban a sonar nuevamente en su cabeza. Sentía que venían de fuera, a veces gritando incoherencias en su oído; otras veces parecían provenir de lejos.

Una de las voces era reconocible. Era la de su abuela, quien le decía que había sido embrujada por un inyanga -un curandero tradicional- y que si no iba a ver a su madre pronto en Ciudad del Cabo su hermana moriría.

Todos los días las voces crecían en intensidad y pronto Nosipho dejó de salir de su casa por temor a ser atacada por lo que entonces ya creía eran espíritus enviados por el inyanga.

La gente de la aldea comenzó a mirarla en forma extraña y a hablar de ella. Una noche, luego de un día difícil en el que fue golpeada por otros niños que la llamaban «maldita», decidió viajar a Ciudad del Cabo para encontrar a su madre. Eso fue hace 20 años.

Hoy Nosipho sigue buscando. Milagrosamente, logró sobrevivir por sí sola en las calles o en cuevas de las lluviosas montañas de Ciudad del Cabo. En el último mes buscó refugio entre las flores rojas que hay bajo mi balcón, donde se cubre la cabeza con bolsas de plástico para tratar de acallar a las voces que la atormentan, incluso cuando duerme.

Hace una semana, fui con Nosipho al hospital para solicitar medicación psiquiátrica, que podría cambiar significativamente su calidad de vida. Pero después de tres horas de esperar en la fila tuve que volver al trabajo y Nosipho huyó poco después, amedrentada por la mirada acusatoria de las otras personas.

Un estudio de 2007 hecho por el Consejo de Investigación Médica reveló que una de cada seis personas en Sudáfrica sufre desórdenes mentales. Muchos de nosotros hemos experimentado momentos de depresión y ansiedad en nuestras vidas, pero la recuperación de enfermedades mentales severas requiere de gran coraje y, por lo general, es una lucha larga y difícil.

Los pacientes admitidos en hospitales psiquiátricos como el de Valkenberg, en Ciudad del Cabo, suelen proceder de comunidades marginadas donde no hay suficientes recursos y falta el apoyo necesario. Muchas familias y comunidades están abrumadas por la carga que entraña cuidar a personas con enfermedades mentales.
Afortunadamente, hay pequeños grupos de voluntarios que trabajan para apoyar a personas como Nosipho. Organizaciones como la Fundación Amigos de Valkenberg y la Salud Mental del Cabo están siempre necesitando colaboración y donaciones de todo tipo. Estos grupos constituyen una oportunidad para que la gente en Sudáfrica abra sus corazones y muestre compasión hacia los más vulnerables. Como dijo el líder pacifista indio Mahatma Gandhi: “Puedes juzgar a la sociedad por cómo trata a sus miembros más débiles”.

* Publicado por IPS en acuerdo con el Street News Service. Originalmente publicado por Big Issue South Africa.

** La historia de Nosipho reúne biografías de dos mujeres para proteger sus identidades.

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