Postales desde el Golfo de Guinea

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Foto. J.I. CortésUn mes de vacaciones en Togo, Ghana y Benín, tres países muy similares y muy diferentes al mismo tiempo (en África, muchas cosas lo son, aunque a los occidentales nos parezca todo igual) da para muchas cosas. Para disfrutar de la belleza natural de sus tierras, para conocer mejor a sus gentes y, también, para pensar acerca de hacia dónde se encamina el continente, recién cumplido el medio siglo de independencia de la mayor parte de sus países.

Ghana, Togo y Benín son países que guardan muchas similitudes y muchas diferencias. Tras ser el primer país del África negra en acceder a la independencia de la metrópoli colonial en 1957, la carismática figura del presidente Nkrumah fue difuminándose tras una nube de ambiciosos proyectos panafricanistas y corrupción y fue expulsado del poder por un golpe militar en 1966. El país no recobraría cierta estabilidad hasta que el teniente de aviación Jerry Rawlings se hiciese con el poder en 1981. En los noventa, su dictadura dio paso a una transición democrática que culminó en 2000 con el ascenso al poder de John Kufuor, el líder de la oposición. El descubrimiento de petróleo en los primeros años del nuevo siglo ha hecho de Ghana un país relativamente próspero (a nivel macroeconómico, al menos), además de convertir el país en una democracia bastante estable.

El caso de Togo es distinto, ya que, desde 1967, está gobernado por una dinastía de dictadores. Gnassingbé Eyadéma desalojó del poder en 1963 a Sylvanus Olympio -el primer presidente del país tras su independencia en 1960- y se hizo con el poder absoluto cuatro años después. En 2005, tras su muerte, fue sustituido por su hijo, Faure Gnassingbé. Las manifestaciones contra el régimen corrupto de los Gnassingbé se producen con frecuencia en Lomé, la capital del país. Una ciudad que antes era conocida como la plus belle (la más bella) y que ahora sus habitantes denominan la poubelle (la papelera).
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Benín representa una variante más parecida a la de Ghana. Tras una turbulenta historia de golpes de Estado e inestabilidad, en 1975 el general Mathieu Kerekou impuso un régimen marxista-leninista (la plaza de la Estrella Roja, uno de los pocos atractivos turísticos de Cotonou, la principal ciudad del país, es un buen recuerdo de ello). A finales de los ochenta comenzó una transición que acabó llevando al poder a Nicephore Soglo. Desde entonces, las elecciones se suceden sin problemas y el país es políticamente estable. Sin embargo, pese a la gran cantidad de ayuda internacional que recibe (en Cotonou hay calles enteras en los barrios más chic ocupadas por cuarteles generales de las más diversas ONG), sigue siendo uno de los más pobres del planeta.
Foto. J.I. Cortés
Pese a sus diferentes trayectorias, los tres países guardan evidentes similitudes: variedad étnica, riqueza cultural, paisajes maravillosos, pobreza y ubicación en el oeste del Golfo de Guinea.

El Golfo de Guinea es la clave de la historia de los tres países. La fuente de muchas de sus dichas y desdichas. Es él están los yacimientos de petróleo que hacen subir las cifras del presupuesto de Ghana. Y el lecho del pescado del que ha vivido gran parte de su gente. Pero fue también la puerta de entrada de los comerciantes europeos que a partir del siglo XV llegaron a la costa en busca de oro, madera y, sobre todo, mano de obra esclava.

Ouidah y la esclavitud

Foto. J.I. Cortés
Esclavos. En Ouidah, una apacible ciudad del oeste de Benín, cercana a la frontera con Togo, esa palabra resuena trágica. La Ruta de los Esclavos, un camino de cuatro kilómetros que parte del centro de la villa hasta la playa, llega hasta la Puerta de No Retorno, que marca el lugar en el que más de un millón de personas fueron embarcadas desde finales del siglo XVII hasta mediados del siglo XX con destino a Europa y, sobre todo, América.

Hasta este siniestro lugar llegaban sólo algunos seres elegidos. Muchos ni siquiera alcanzaban Ouidah. Perecían bajo el fuego de los soldados del rey de Abomey o en el camino desde las llanuras y las montañas del interior de lo que hoy es Benín hasta la costa. Cientos de ellos reposan en la fosa común vecina a la casa en la que se les sometía a la prueba de fuego -y cura de adelgazamiento- de pasar varios días en ayunas. Los más débiles morían y dejaban espacio para que sólo los más fuertes y con más probabilidades de sobrevivir una agónica travesía de varias semanas hasta América fuesen embarcados. Nadie con un mínimo de sensibilidad puede dejar de pensar en todo ello mientras contempla el Golfo de Guinea a través de los arcos de la Puerta de No Retorno.

Lomé y el expolio

Foto. J.I. Cortés
Si la esclavitud es un hecho especialmente horrendo, es solo uno de los aspectos del expolio que ha sufrido y que sigue sufriendo África. De hecho, esa podría ser una buena definición para el continente: un continente expoliado. Ese expolio cambia constantemente de forma, pero continúa.

Si en siglos pasados le privaron de su gente, ahora a África le privan –le privamos, de hecho– de sus materias primas: el coltán del este de la República del Congo (donde la lucha por el control sobre los yacimientos de este mineral ha causado más de cinco millones de muertes desde 1996), los diamantes de Sierra Leona (arrasada por un conflicto en el que divisiones étnicas se explotaron para, en el fondo, llevar a cabo una lucha por los yacimientos de piedras preciosas) o el petróleo de Nigeria.

La playa de Lomé transcurre paralela a una gran avenida que, en la mayor parte de su recorrido, recibe el nombre de Boulevard de la Republique. Sería realmente un lindo lugar si la playa no estuviese sucia y profundamente contaminada. Pese a ello, la brisa, las palmeras, los grupos de paseantes y jugadores de fútbol al atardecer hacen que tenga mucho encanto.

Si se mira hacia el mar, se divisa un trasiego constante de barcos que se encaminan hacia el exterior del Golfo de Guinea. Muchos de ellos son petroleros que vienen de la vecina Nigeria. Este país es el primer productor africano de petróleo y el duodécimo en el mundo. En 2012 produjo una media de más de 2’4 millones de barriles diarios. Sin embargo, los problemas de abastecimiento de combustible en este país gigantesco, que ronda los 170 millones de habitantes, son bastante comunes. El problema: las grandes multinacionales que explotan el oro negro son reticentes a construir refinerías en el país, alegando la falta de seguridad del mismo o de rentabilidad económica de la inversión. Así que el petróleo viaja crudo hasta Europa o América y vuelve convertido en gasolina mucho más cara. ¿No es una incongruencia? Desde luego, no para los estándares de la economía globalizada.

Ada y la desigualdad

Tumbado perezosamente en una hamaca en la playa fluvial del camping Maranatha, en Ada Foah, uno podría imaginarse estar en el paraíso. Ada es una localidad a hora y media de Accra, la capital de Ghana. Enfrente, uno contempla los últimos meandros del gran Volta y, si se vuelve, el bravo Golfo de Guinea, cuyos embates la administración ghaneana ha decidido moderar con un gran rompeolas para impedir que la localidad sea engullida por el mar. Hay palmeras, cervezas frescas y el calor no es asfixiante. Hay algunos pijos libaneses presumiendo de motos de agua, un ambiente relajado que invita a la dolce vita, en suma.

Pero si uno mira a su derecha, el idilio se rompe. Las chozas del vecino poblado de pescadores son construcciones de hoja de palma bastante miserables. En este barrio de Ada Foah, no hay ningún servicio. La gente hace sus necesidades en el río o en el mar. Los niños corretean semidesnudos y se dedican a pedir a occidentales que se aproximan por aquí, la mayor parte personas voluntarios o que trabajan de las empresas que construyen el rompeolas. Hasta hace poco, no había escuela. Solo el compromiso social de Wilfried, el ghanés propietario del camping, ha levantado una.

La penuria de los pescadores contrasta enormemente con las grandes casas que se divisan en las orillas de las islas que pueblan el estuario del Volta. La mayor parte de esas islas son propiedad privada y en las mansiones de sus orillas vive gente adinerada de Líbano que hizo dinero en Ghana con el comercio. La extensa servidumbre de esas casas prepara fiestas para grupos de otras personas de Líbano y de ejecutivos occidentales e hindúes de grandes multinacionales que abandonan la caótica Accra los fines de semana para relajarse en la playa.

Todo esto no es más que el reflejo de una más extensa y profunda: la desigualdad que vive un país cuya economía ha crecido en los últimos años a un ritmo cercano al 10%, pero en el que la riqueza dista mucho de ser redistribuida hasta alcanzar al conjunto de la población.

Meet Me There y el afropesimismo

Cruzando el Volta, lo que se puede hacer en una canoa fueraborda o en el ferry que los miércoles lleva y trae a la gente de Ada Foah hasta el mercado de Anyanui, se llega enseguida al Meet Me There, un cuco hotelito bastante barato y de precios bastante asequibles regentado por un inglés enamorado de África. Allí uno se puede bañar en la pequeña laguna-piscina en torno a la cual se despliegan las habitaciones del hotel, pasear por la kilométrica playa casi desierta, charlar con los pescadores locales o, simplemente, descansar plácidamente y leer, por ejemplo, África, una historia de 50 años de independencia, el excelente libro del periodista e historiador Martin Meredith que resume espléndidamente la historia de África en la segunda mitad del siglo XX y la primera década del siglo XXI.

Es una lectura muy recomendable, pero un poco deprimente. Pese a todos los peros que le podamos poner y a todos los elementos positivos que queramos buscar, la historia del África poscolonial está en buena medida hecha de guerra, corrupción y abuso de los derechos humanos. Así que, para alguien que no conozca África y lea el libro, la única solución intelectual coherente sería el afropesimismo. Ya saben: “África no tiene remedio”. Lo que no mencionan los afropesimistas es que esta frase suele tener un corolario que se omite: “Así pues, dejemos que su gente se mate o se pudra y saquemos partido de sus inmensas riquezas”.

Una última postal

Por grande que sea la tentación, sin embargo, África y su gente merecen más que el afropesimismo. No pretendo entrar en discusiones filosóficas, sociológicas o antropológicas. Tan sólo mandar dos últimas y breves postales. Son postales que no miran al mar del Golfo de Guinea, pero que son significativas igualmente.

Una es, en cierto modo, publicitaria. Y es que Benín, mis acompañantes en el viaje y yo dimos con Eco-Benín, una maravillosa empresa de turismo gestionada por benineses serios, emprendedores, amantes de su país, que nos guiaron por el bellísimo pero duro paisaje humano y natural de la sierra de la Atacora, en el noroeste del país, cuidando de nosotros como se cuida de unos huéspedes y no de unos clientes. A Ángel, Elena y a mí nos gusta considerarlos amigos.

La segunda tiene lugar en Ada. Discutiendo en Radio Ada, una radio comunitaria que emite en la lengua local, el dangme, sobre las entonces futuras elecciones presidenciales que el país vivió con normalidad en diciembre, los redactores y colaboradores de la radio emitían diversas opiniones sobre candidatos y políticas. Pero todos coincidían en una cosa: “Lo más preciado que tenemos es la democracia”.

Si es verdad que la historia del África independiente ha sido una historia dura, no es menos verdad que muchas personas en África viven con el convencimiento de que pueden y deben construir mejores sociedades. Esas personas son una esperanza imprescindible.

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