“Por favor, monseñor, no se deje matar”

GetAttachment-5.jpgJosé Luis Azcona Hermoso está amenazado de muerte. Narcotraficantes, biopiratas y, sobre todo, los traficantes de personas para su explotación sexual en Europa han colocado a este obispo agustino recoleto en el punto de mira. Sus reiteradas denuncias, con nombres y apellidos, le han convertido en un elemento incómodo para los intereses de aquellos que se enriquecen comerciando con la dignidad de los más desfavorecidos.

Está usted amenazado de muerte, ¿por qué? ¿por quién?

Amenazado por la mafia de la explotación sexual de menores y también del tráfico humano, especialmente para Europa. Posteriormente, el año pasado, el 23 de diciembre, en la cadena O Globo apareció mi nombre junto con otros quince. En este grupo de 16 estamos tres obispos del Pará, de la Amazonia Oriental. Creo con fundamento que estoy siendo buscado por los narcotraficantes porque me opongo directamente y en cuanto tengo ocasión a esta invasión de la barbarie y de la destrucción de la personalidad humana, de la familia y de la sociedad. Y también por parte de algunos grupos de políticos que denuncio en los medios de comunicación por el descuido total y responsable de la vida humana y de los derechos fundamentales de la persona y de la dignidad del hombre. Estoy siendo buscado y tengo que tener cuidado.

¿Por qué ha rechazado los servicios de seguridad y escolta que le ofrece el Estado brasileño?

La he rechazado hasta ahora por varias razones. Primero porque es relativa la seguridad que me puede dar el Estado; como me decía el Promotor de Justicia de Brasil, si me quieren matar me matan. Segunda razón: los guardaespaldas son normalmente padres de familia, esposos, que dejarían toda una familia por defender a una persona. Y tercero, somos unos 200 los que estamos “marcados para morrer” y la mayoría no reciben protección de policía ninguna. Yo creo que no podemos aceptar esa división, esa distinción entre el obispo y el resto de las personas que también están amenazadas de muerte como nosotros.

¿No toma ninguna precaución?

Realmente tengo que tomar algunas medidas básicas. Por ejemplo: generalmente no camino solo, ya no voy en autobús como iba antes, ahora voy en taxi. Por las mañanas cuando tengo que ir de la casa episcopal al puerto le digo al encargado del microómnibus que me llame antes de dos cuadras para bajar y subirme rápidamente sin tener que esperar sentado a exposición de cualquier disparo. Antes yo pensaba en la muerte pero ahora pienso mucho más, efectivamente cuando agarro el barco pienso: “aquí también me pueden matar” sobre todo cuando voy al interior, a las comunidades donde desde una lancha rápida pueden ametrallarme.

¿No tiene miedo?

El pensamiento de la muerte es frecuente pero es un pensamiento pacífico, sereno, tranquilo, no es con ansiedad ni con angustia. Siempre respondo a los periodistas que muchas veces me alegro pensando en la posibilidad de morir mártir, de morir por el Evangelio como dicen los obispos del Brasil en una nota que hicieron pública en el mes de abril explicando nuestra situación. Para mí sería una alegría poder entregar mi vida por Jesucristo el Hijo de Dios que la dio por mí. Para mí sería el mejor final de mi existencia y agradecería a Dios esto como el máximo don que podría recibir de su parte. En este sentido estoy tranquilo.

Parece que en lugar de asustarle, las amenazas le estimulan.
Es interesante ver cómo predicar el evangelio desde esta condición de “marcado para morrer” uno puede hacerlo con más libertad, lo mismo delante de ministros que de abogados del Estado diciendo: “es necesario avanzar, es necesario poner en riesgo la vida”. Si no asumimos una posición decidida y no hacemos una opción por los valores éticos y por el evangelio, no vamos a hacer nada. Desde ahí uno se siente alegre y feliz de poder predicar el Evangelio de una manera sencilla, de una manera inculturada, de una manera realista. Y también de decir: “qué bueno, Señor, porque estando amenazado de muerte, muchos se confirman en la fe y están decididos a ir hasta el final también”.

En su diócesis hay 300 kilómetros de costa amazónica por donde entra y sale todo tipo de mercancías.

Exactamente, la configuración geográfica de nuestra misión es especialmente adecuada para propiciar y facilitar la presencia de grupos mafiosos, de narcotráfico y de los enemigos de la estabilidad social, comenzando por esos 300 kilómetros que forma el delta del Amazonas. Son 300 kilómetros que están desprotegidos, nunca se ve por allí un barco de la marina brasileña, ni grande ni pequeño. Por allí entran armas, entra y sale droga porque es la ruta más fácil para los que vienen de la Amazonia comenzando por Colombia, Ecuador, Perú… todo va por ese río. Además la proximidad con la Guayana Francesa facilita enormemente el tráfico humano así como la biopiratería. Es una región abandonada por completo, es un problema de seguridad nacional del Brasil.

Para que haya venta, oferta, tiene que haber demanda, esa demanda de las mujeres traficadas ¿desde dónde se da?

Esta demanda acontece allí mismo por medio de los jefes de las mafias y de las ramificaciones que tienen en el mismo Marajó. Allí mismo ofrecen a las muchachas posibilidad de salir con engaños –algunas no, algunas saben para qué van- y pensando que en Europa van a encontrar un modo de vivir fácil y también digno. La realidad es un camino sin retorno en el que acaba la dignidad humana y el futuro de familias enteras.

España es uno de los países donde más mujeres traficadas llegan, muchas de ellas menores ¿ha notado el apoyo de la Iglesia española a la hora de denunciar este tráfico de personas?

A mí me preocupa y me angustia enormemente este asunto. Creo que la Iglesia toda en el Brasil y también en España como principal país receptor –no todas se quedan aquí, muchas van para el resto de Europa- deberíamos hacer un trabajo en conjunto y una presión en los órganos oficiales para una mayor vigilancia y fiscalización de este mercado humano desastroso, vergonzoso, tan indigno de la humanidad y tan contrario al puro Evangelio.

¿Qué le dicen los católicos de Marajó al saber que está usted amenazado de muerte?

El pueblo está orando mucho. La mayoría se extraña y se pregunta cómo es posible que amenacen al obispo. Se nota en la acogida, en los abrazos. Hace dos domingos en Melgaço, al despedirme, un padre de familia se me abrazó y se agarraba a mí diciendo: “Por favor, monseñor, no se deje matar, no se deje matar”.

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