Permítanme que les cuente

bahia.jpgNo acostumbro a escribir en alandar como si fuera mi diario o mi blog, ni a comunicar mis experiencias personales de los viajes que tengo la suerte de hacer, pero esta vez permítanme que les cuente algo sobre el viaje que he podido hacer recientemente, a Salvador de Bahía, en Brasil.

En éste, como en casi todos los viajes que realizo, compagino el trabajo y el placer, aunque muchas veces el propio trabajo es ya un placer.

La fiesta de la Eucaristía

Una de las tardes que tuvimos libres en Salvador, participamos en una Eucaristía en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de los Negros (los pretos) Esta iglesia fue construida en 1704 por los esclavos fuera de la ciudad, que era el único lugar donde ellos podían construir ya que no tenían permitido el acceso a ésta.

Cien años tardaron en construirla, ya que lo hacían robándole segundos a su tiempo libre, que no era mucho.

En esta Iglesia, y desde sus comienzos, se dio el sincretismo religioso, como se puede ver en su fachada rococó que contiene símbolos relacionados con el candomblé. La religión cristiana se les impuso a los esclavos y éstos lo aceptaron, pero siguieron dando culto a su propia religión, el candomblé, a través de los santos cristianos, y así San Antonio representaba al dios Oxumaré o la diosa africana Iemanjá era presentada como la Virgen María.

Y creo, que aún hoy sigue siendo así, o al menos eso fue lo que yo pude experimentar.

La Eucaristía en la que participé fue una fiesta. Quizá quien lea esto añadirá que la Eucaristía siempre es una fiesta, y a esto yo añadiría que en muchas ocasiones nuestras eucaristías son más bien funerales. Y si no, les invito a que vayan cualquier día a cualquier iglesia del centro de Madrid, seguramente de cualquier ciudad, y participen en la eucaristía. Les sitúo: muy poca gente, puesta lo más lejos posible unas de otras, mucho pelo canoso… y casi todas féminas. A la hora de dar la paz, algunas te darán la mano, sin apretar demasiado, pero la mayoría te saludará con una inclinación de cabeza.

Pero vuelvo a Bahía. Mucho antes de la hora del comienzo de la eucaristía, ya había gente en la iglesia, se saludaban y pronto empezó la preparación: laicos, laicas, negros, blancos, bahianos, brasileiros, latinoamericanos y alguna europea como nosotras. Jóvenes, mayores, hombres, mujeres, raptas… La iglesia era un crisol de razas, culturas… La procesión de entrada estaba compuesta por distintos grupos de la parroquia, incluyendo a todos en la celebración. Concelebraban seis sacerdotes pero no por eso anularon el papel de los laicos o de la mujer, que desde el primer momento estuvo bien presente. Como la música, los tambores, las canciones todas participadas. El sacerdote, un gran negro, empezó preguntando cuantos éramos los que estábamos allí por primera vez, una docena de personas levantamos la mano y la comunidad nos acogió con un fuerte aplauso. Y siguió la fiesta, las canciones, la participación. ¿Saben lo que más me llamó la atención? Cuando se leyó el evangelio y el sacerdote dijo “es palabra de Dios”, el pueblo rompió en un fuerte aplauso. Un aplauso si, como hacemos cuando algo nos gusta, nos convence, nos llena… Y a mí se me saltaron las lágrimas y desee/deseo que nuestras eucaristías fuesen así: una fiesta, donde la palabra de Dios, sea de verdad la luz que llena y que ilumina nuestras vidas. No les voy a contar toda la celebración porque creo que ya pueden hacerse una idea de lo que fue. Por cierto, duró casi dos horas y nadie tenia prisa, es más luego nos quedamos comiendo los panes que se habían ofrecido en el ofertorio porque éste era el momento de estar con la comunidad.

El reto de la acogida

Les cuento todo esto porque creo que en estos momentos, en Europa, en España, la comunidad de creyentes tenemos un gran reto: el reto de la acogida a nuestros hermanos y hermanas en la fe. Ellos vienen de comunidades jóvenes, vivas y ¿con qué se encuentran cuando llegan a España? Con iglesias vacías, comunidades cansadas, con prisas, con un sentido de la celebración muy distinto al que ellos han vivido….
Yo no lo tengo, pero quizá ustedes conozcan el dato de cuántos católicos llegan de los países del Sur, de comunidades de fe fuertes y terminan por alejarse de nuestras iglesias.

Éste creo que es el reto, hacer una buena acogida no sólo desde lo social y lo material sino también desde la fe. Y quizá el reto mayor sea dejarnos evangelizar por ellos, dejar que nos comuniquen su forma viva de vivir la fe.

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