La desnutrición infantil en los países empobrecidos

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© UNICEF/NYHQ2010-3061/PirozziDesde el pasado verano, la hambruna en el Cuerno de África ha traído de nuevo a nuestros hogares imágenes de familias caminando durante días para llegar a campos de refugiados en los que se hacinan cientos de miles de personas. Imágenes de niños desnutridos y de familias haciendo largas colas para conseguir algún alimento. La emergencia nutricional en el Cuerno de África afecta ya a más de trece millones de personas, la mitad de ellas son niños y niñas.

Pero la desnutrición infantil no siempre es tan visible. UNICEF acaba de publicar un informe en el que destaca que en el mundo en desarrollo cerca de 200 millones de niños y niñas menores de cinco años sufren desnutrición crónica, una forma de desnutrición que indica una carencia de los nutrientes necesarios durante un tiempo prolongado. La desnutrición en edades tempranas afecta de tal manera al desarrollo físico e intelectual de la infancia que sus efectos se harán sentir durante el resto de su vida.

La desnutrición se debe a la falta de una alimentación adecuada, en cantidad y en calidad, pero también a una falta de la atención necesaria, a la carencia de agua potable y de sistemas de saneamiento adecuados y a la aparición de enfermedades infecciosas. Detrás de todo ello están la pobreza, las desigualdades (entre países y dentro de ellos) y la escasa atención a las madres. Factores que requieren actuaciones sociales, económicas y políticas de calado.

Porque la desnutrición se perpetúa de generación en generación como un círculo vicioso del que es difícil escapar: las madres desnutridas tienen bebés con bajo peso que tendrán más posibilidades de sufrir desnutrición; además, como la desnutrición crónica afecta al desarrollo intelectual del niño, limita su capacidad de aprendizaje y su rendimiento escolar y, con ello, su futura vida laboral y su capacidad de contribuir al desarrollo de su país.

Decisiones políticas y económicas

En definitiva, se sabe qué hay que hacer para prevenir y tratar la desnutrición infantil, se sabe cómo hacerlo y cuánto cuesta. También sabemos que en el mundo se produce comida suficiente para todos y todas, pero más de mil millones de personas pasan hambre cada día y muchas más no tienen una alimentación adecuada. Mientras tanto, los alimentos son objeto (uno más) de especulación en los mercados financieros y el cambio climático agudiza la sequía en África. Son las distintas caras de un mismo sistema global que hace aguas.

Pero también vivimos momentos de esperanza. De un rincón a otro del planeta las sociedades despiertan y quieren ser parte activa en la búsqueda de soluciones. En este contexto es imprescindible hacer visible el problema de la desnutrición crónica que sufren tantos niños y niñas, sus causas, sus consecuencias y sus soluciones. Para que entre todos exijamos a los gobiernos y a los organismos internacionales que la lucha contra la desnutrición infantil ocupe un lugar destacado en la agenda política y económica.

Hacen falta más recursos, son precisas políticas con un enfoque de equidad que permita llegar a la población más vulnerable, hay que potenciar el papel y la educación de la mujer; pero los gobiernos y los organismos internacionales también tienen que hacer frente a las causas profundas de la desnutrición y analizar sus interrelaciones con otros problemas como el cambio climático, el alza de los precios de los alimentos, la especulación en los mercados financieros, las políticas agrarias y comerciales… Es un imperativo ético y una cuestión de prioridades y de valores.

1.000 días críticos para la vida

UNICEF hace especial hincapié en la necesidad de actuar durante un periodo crítico para prevenir la desnutrición infantil: el embarazo y los dos primeros años de vida de la persona son la etapa que se conoce como los 1.000 días críticos para la vida. La falta de una alimentación y atención adecuadas durante este periodo, en la que se produce el desarrollo básico del ser humano, genera daños irreversibles que afectarán a su salud y a su desarrollo intelectual durante toda su vida.

En estos 1.000 días hay cuatro etapas –embarazo, nacimiento, de 0-6 meses y de 6-24 meses– que requieren actuaciones diferentes. Veamos algunos ejemplos:

 Fomentar la lactancia materna temprana (en la primera hora de vida) y la lactancia exclusiva durante los primeros seis meses de edad no solo proporciona al bebé los nutrientes necesarios sino que estimula el desarrollo de su sistema inmunológico y le protege de enfermedades.

 Aportar vitaminas y minerales esenciales como hierro, ácido fólico, vitamina A, zinc y yodo posibilita el buen funcionamiento del metabolismo y el desarrollo del bebé y previene la aparición de distintas enfermedades.

 Promover hábitos de alimentación saludables y prácticas de higiene tan sencillas como lavarse las manos con jabón reduce el riesgo de contraer diarrea y otras enfermedades. Un estudio realizado en Nepal ha demostrado que cuando las mujeres que dan a luz y las personas que las atienden se lavan las manos, las tasas de supervivencia de los recién nacidos aumentan hasta un 44%. Además, el lavado de manos puede reducir casi a la mitad la incidencia de la diarrea en menores de cinco años.

 Crear las instalaciones necesarias para disponer de agua potable y de sistemas de saneamiento.

 Tratar adecuadamente la desnutrición. La alternativa más reciente para ello son los llamados alimentos terapéuticos listos para usar que se pueden tomar en el propio hogar, lo que facilita el tratamiento de los pequeños que sufren desnutrición.

 Tratar la diarrea, eliminar los parásitos, actuar para reducir la incidencia y transmisión de VIH/SIDA, reducir la incidencia de las enfermedades infecciosas, como la malaria… son también formas de prevenir la desnutrición infantil.

Emergencia en el Cuerno de África

Una de las regiones en las que la desnutrición infantil es más grave es el Cuerno de África, que se encuentra en situación de emergencia desde principios de 2011. La hambruna y la sequía afectan a un total de 13’3 millones de personas en Somalia, Kenia, Etiopía y Yibuti, según datos de UNICEF.

Más de 320.000 niños y niñas menores de cinco años están gravemente desnutridos en toda la región y su riesgo de muerte es nueve veces superior que el de los menores en condiciones normales. Por ello, la emergencia nutricional se ha convertido en una crisis de supervivencia infantil.

El epicentro de la sequía y de la hambruna se encuentra en Somalia. Naciones Unidas declaró el estado de hambruna en seis distritos del país y los últimos datos señalan que en algunas áreas las Tasas de Desnutrición Aguda Global rozan el 58%.

En dicho país, cuatro millones de personas están afectadas por la inseguridad alimentaria. En las seis zonas de hambruna en el sur del país, 750.000 personas, incluyendo 160.000 niños y niñas con desnutrición aguda severa, están en riesgo de muerte.

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