Karamoja: entre el hambre y el olvido

nortesur.jpgExisten todavía muchos lugares en África donde se puede palpar la autenticidad de este continente, profundamente desconocido porque de él sólo se saben tópicos y desgracias. Uno de esos sitios es Karamoja (léase Karamoya) una gran región de casi 30.000 kilómetros cuadrados que ocupa el nordeste de Uganda, en la frontera con Kenia y Sudán.

Karamoja es una zona tradicionalmente marginada y muy poco desarrollada, en comparación con el centro y el sur del país. Alejada de los centros de poder y con un clima muy duro, el pueblo karimojón habita tradicionalmente esta región norteña. En estos remotos parajes de Uganda, de difícil acceso, viven y trabajan, entre otros, los misioneros combonianos, que han apostado por permanecer junto al pueblo karimojón. Entre estos misioneros hay un par de españoles: Longinos López y José Juan Verdejo.

La parroquia de Namalu

José Juan trabaja en la parroquia de Namalu. Ya son casi 30 años los que lleva este extremeño en tierras africanas, casi siempre en esta zona de Uganda. La parroquia de Namalu no es demasiado extensa para lo que son los parámetros africanos, pero las carreteras no se lo ponen fácil a los misioneros, que se pasan gran parte del día sufriendo las pésimas condiciones de los caminos. No hay misionero sin miles de kilómetros a sus espaldas.

Las peripecias de José Juan durante sus viajes por la región darían para escribir un libro. Algunas de estas aventuras tienen un tinte dramático, propio de la región de Karamoja, una de las más violentas de Uganda. Las armas y la pobreza forman un cóctel demasiado explosivo. Y varios misioneros combonianos han muerto en este contexto de violencia. José Juan tuvo más suerte: dispararon sobre su coche y mataron a sus acompañantes. El consiguió salir vivo.

En Karamoja, la gente pasa hambre y no es raro encontrar, de vez en cuando, camiones del programa mundial de alimentos repartiendo sacos de maíz o de judías en los poblados de la región. Thomas Awas, un catequista de Namalu, me lo confirma “el pueblo karimoyón es un pueblo que está sufriendo mucho. No sólo por la falta de agua sino porque esa carencia está trayendo otros problemas muy serios. Hay muchas enfermedades. Somos un pueblo que sufre”.

Un pueblo nómada

Tradicionalmente el pueblo karimojón ha sido nómada porque su supervivencia estuvo unida a la de los rebaños de vacas que cuidaban, y que eran su gran tesoro. Eso complicó el trabajo misionero. Hoy día, muchos cultivan y ya se han asentado aunque la falta de lluvias está provocando el hambre del que me habla Thomas.

No muy lejos de Namalu, en Amaler, hay una comunidad de religiosas, las Hermanas Evangelizadoras de María, que se han hecho cargo de un proyecto agrícola que, en su día, inició la ong italiana “Servicio Voluntario Internacional”. El paulatino cambio de actividad del pueblo karimoyón de la ganadería a la agricultura ha facilitado la implantación de proyectos de este tipo.

El trabajo de la Iglesia en regiones muy poco desarrolladas como ésta consiste siempre en abrir caminos en el campo de la salud o de la educación. Luego, se trata de que el Gobierno asuma, a veces demasiado despacio, sus responsabilidades. Mientras, lo único cierto es que los misioneros están al pie del cañón. Me lo cuenta la hermana Therese mientras atiende a madres e hijos en la consulta de su ambulatorio. En Uganda, el 20% de los niños están malnutridos y la hermana no para de atender pacientes en su pequeño dispensario. Ella nos comenta que uno de los problemas que tienen es la gran distancia a la que viven muchas familias, lo que hace subir la mortalidad materna e infantil si los partos se complican. Cuando llegan al dispensario ya es demasiado tarde.

También el Sida

Además de las clásicas patologías propias del nivel de pobreza en el que vive la población, a Karamoya también ha llegado el sida, la gran pandemia que se ha extendido por todo el África subsahariana. Paul Lomilo, un enfermero, me lo confirma: “Antes, Karamoya era la región que tenía el índice más bajo de sida. Esto era un sitio remoto, alejado, donde no venía nadie. Ahora el sida está creciendo alarmantemente. Hacemos los tests y dos de cada diez personas dan positivo. Estamos muy cerca de un campamento de soldados que se ha instalado hace poco. Y también está cerca la prisión. Son gente que ha venido de fuera de Karamoya y se está notando en la transmisión de la enfermedad”

Más al norte, cerca de Moroto, me encuentro con Paulina López Ridruejo, una religiosa del Sagrado Corazón que lleva cuarenta años en Karamoja. He quedado con esta misionera soriana sin más programa previo que acompañarla allá donde vaya. Para nuestra sorpresa, pone rumbo hacia un pequeño poblado. Y, además, lo hace a un ritmo que cuesta seguir.

Nuestro destino resulta ser Rupa, un pequeño y típico poblado karimoyón rodeado por una cerca de ramas y espinos para protegerse de animales salvajes y visitas indeseables. Sólo se puede acceder atravesando pequeñas puertas que requieren ser ágiles como Paulina o entrar a gatas o de rodillas.

El porqué de llegar a Rupa se desvela al fin: Paulina quiere visitar a Natalina, una joven que ha vivido una trágica aventura, muy a su pesar: “un grupo de guerreros que no había podido robar el ganado del clan vecino, descargó su munición contra un grupo de chicas en el que iba Natalina. Las demás murieron. Ella se quedó ciega”.

Paulina salvó la vida a la chica y consiguió llevarla a un centro de educación para niños ciegos que está a cinco horas de camino de su poblado. Ahora Natalina está feliz.

Trabajo por la paz

Karamoja sigue siendo una región insegura y con altos índices de violencia. Tradicionalmente, el pueblo karimoyón ha practicado las “razzias”, es decir, las incursiones para robar ganado a otros clanes o a otros pueblos. Esta práctica, cuando entraron en escena las armas de fuego, está trayendo consecuencias mucho peores.

Paulina sabe bien de esas consecuencias y lleva años trabajando, desde su discreto papel, contra la violencia: “tenemos un grupo por la paz con las mujeres porque son ellas las que `bendicen’ a los que van a robar las vacas. Ya hay varias mujeres que rechazan estas prácticas violentas”.

Visitar un poblado karimojón, en este rincón de Uganda, es hacer un viaje en el tiempo y comprobar cómo, en este mundo globalizado, aún quedan lugares donde la vida de sus habitantes se rige por parámetros y costumbres muy diferentes. Los misioneros terminan por formar parte de este paisaje humano. “Son mi gente, mi segunda familia y yo quiero morir aquí y ser enterrada como un karimojón”, me dice Paulina a quien todos aquí conocen como Nakiru, es decir, “nacida de la lluvia”, ya que esta española llegó a estas tierras en la estación menos seca del año. Muchos años después, esta misionera sigue empeñada en construir un mundo de fraternidad en esta región dejada de la mano de muchos, no de la de Dios.

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